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Fauna Urbana



Por  Ramón Rivera | 

INTRODUCCIÓN

Todas las ciudades españolas comparten como denominador común: Un paseo y una plaza mayor, si bien, existen peculiaridades diferenciales en cada caso hasta el punto de que resultaría aventurado buscar semejanzas entre la Gran Vía de Bilbao o el Paseo Pereda de Santander con el Espolón de Burgos o el Echegaray de Zaragoza. Yo, que puedo presumir sin jactancia de que todos me son sobradamente conocidos, no me canso de visitarlos, porque en ellos se respira el aroma hogareño de cada población, observando la arquitectura, los comercios y, como no, a los viandantes. Si nos centramos en lo que se refiere a mi terruño natal, La Coruña, no es un caso aparte, desde tiempos inmemoriales los coruñeses nos concentramos en la Plaza de María Pita y paseamos por la calle Real. Esta vía tuvo en sus inicios un cierto aire señorial y en ella confluían los ciudadanos correctamente ataviados, que se descubrían cortésmente al paso de las señoras que contribuían, junto al esplendor de comercios y salones de té, a dar un contenido multicolor y atractivo del entorno a nuestra vista, y mis ancestros se desplazaban lentamente por ella sin más rumbo que el constante “ir y venir” dentro de aquel escaparate social donde se gestaban un mundo de sentimientos interpersonales, amores platónicos, filias y fobias que se reflejaban en las miradas y el calor de los saludos intercambiados. La calle Real no era un paseo al uso, carecía de grandiosidad y constituía más bien un refugio enmarcado por distintos inmuebles que nos protegían de las inclemencias climáticas inherentes a cualquier puerto de mar. En contadas ocasiones, la ciudad se engalanaba modestamente y aquello contribuía a crear un ambiente intimista donde los coruñeses nos sentíamos como una familia cuyos miembros se cruzaban en el pasillo de su casa en sus intentos de ir hora al comedor, hora a la cocina, hora al cuarto de baño, pero ¡eso sí! siempre correctamente vestidos y “dentro de un ambiente de urbanidad y buenas maneras” que nuestros padres nos enseñaban al ir cediendo el paso a aquellos que, por edad o estado, eran merecedores de nuestra ayuda y los niños escoltábamos a nuestros progenitores con el gesto solemne de un macero y por aquello de que ¡Dónde ira el buey que no are! Aprovechando un descuido hostigábamos a nuestras hermanas que ante estos ataques podían reafirmarse en aquellos “juicios de valor” tan femeninos de que los hombres somos, al igual que el escarabajo pelotero, “un mal necesario” que viene a este mundo con el único fin de “putearlas” aun cuando realmente las quisiésemos, y no dudásemos de dar la vida por ellas. De ahí la conocida frase de Lord Byron sobre el hecho de que: “ES MÁS FÁCIL MORIR POR UNA MUJER QUE VIVIR CON ELLA.” Y en ese festivo deambular discurría nuestra vida provinciana que algunos, por desconocimiento, tildarían de existencia gris al carecer de la sensibilidad necesaria para apreciar toda la ternura que encerraba: la degustación del merengue comprado en alguna de las hermosas pastelerías que allí se ubicaban, los nervios cuando esperábamos ansiosos a que nuestra abuela buscase con su mano temblorosa enfundada en sus mitones de encaje aquellas pesetas escondidas en su bolso que suponían para nosotros un pasaje hacia los placeres celestiales: el duro de chocolate, el pequeño juguete de baratija o “el grado 33 de la felicidad” el TBO, con sus entrañables historias de la familia Cebolleta o los brillantes artilugios del inventor Fran de Copenhague. Los cafés de solera competían con los clubs sociales ofreciendo a sus socios o clientes confortables terrazas donde los “hombres incipientes” nos atrincherábamos en esplendidos sillones de mimbre con un único objetivo, atisbar las escuálidas piernas de las jovencitas, posando la mirada en las partes más carnosas de su anatomía para, una vez alcanzado el hartazgo hormonal, dar un descanso a la lívido paladeando el óvalo de los rostros femeninos, recreándonos con especial fijeza en la boca o en la mirada inocente y dulce de nuestra damita, que sabedora del ardor que nos producía con esa maldad pícara de las “mujeres púberes” cuando empiezan a saborear las mieles de su poder frente a los del otro sexo, da rienda suelta a su encantadora coquetería natural. ¡En fin!, nada que ver con las “amazonas” cabreadas vestidas de Mariquita Pérez que hoy nos vilipendian. Y una vez tomados los apuntes visuales los recreábamos descansando en la soledad de nuestros lechos donde ¡si los hados eran favorables! las volvíamos a ver en sueños que, en algunas ocasiones, se trocaban en “húmedos”, pero no siempre ¡QUÉ NO TODOS LOS DÍAS VAN A SER DOMINGO!

Y, ahora que pongo fin a mi intento de situar al posible lector y considerando aquella verdad incontrovertible de que “LA BUENA SALUD ES UN ESTADO TRANSITORIO QUE SIEMPRE TIENDE A EMPEORAR” analizo mi realidad presente, con 72 años vividos y arrastrando las secuelas de una dura enfermedad que me llevó a competir en inestabilidad con mis pequeñas nietas, y como “el hombre es animal de costumbres” y “la cabra tira al monte” trato de retomar mis andanzas por la muy querida calle Real y me veo sumido en un mundo de gentes con atuendos estrafalarios, que se desplazan con apremio, actuando con egoísmo y desconsideración, haciendo caso omiso al deber sagrado de ayudar a los demás. Los otrora antiguos comercios elegantes han cerrado sus puertas inmolándose en aras de lo que algunos cretinos denominan “el progreso” y los imponentes cafés, de cuero y caoba, donde unos profesionales, de exquisita educación, uniformados con chaleco negro y mandil impoluto (ahora ya sólo lo usan los masones, que no hay manera de que abandonen sus arcaicos y alegóricos disfraces) han dado paso a una tropa de jovencitas atractivas entreverada con algún “virulillas” tan escuálido que difícilmente puede soportar el peso de los piercing y al servirnos enseña un bracito esquelético donde, a duras penas, cabe el tatuaje de un corazón atravesado por una flecha, coronado por un nombre “MANOLO”, lo cual, no deja de hacerme pensar. Los escaparates de las jugueterías en extinción ya no despiertan mi interés al estar invadidos por ridículos muñecos “Transformers” carentes de la gallardía de los antiguos Soldaditos de Plomo o la virilidad atlética y aventurera de los “Madelman”.

Y uno, con la vieja máxima zarzuelera de “Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad” bailándole en la cabeza, va asumiendo que ese entorno irremisiblemente lo conduce a acelerar el implacable avance de su incipiente vejez, sueña con volver al confort de su hogar y aislarse en espera del final o ¡del principio, Quilosa!

Y habiendo constatado que el deambular por la actual calle Real es tan potencialmente peligroso para mí como cruzar a nado el delta del Mekong, observo y catalogo los distintos especímenes que entorpecen mi camino, y lo hago con la misma minuciosidad científica con que nuestros ancestros aventureros describían las selvas, otrora vírgenes (eso ya no se lleva) dibujando animales y especies vegetales letales para el ser humano y, como por desgracia para Uds. estas infames Criaturas son fácilmente extrapolables a sus lares, por aquello de “la alianza de civilizaciones” que promulgo “el imbécil de tan infausto recuerdo”, completo mi cuaderno de viaje o animalario con el ferviente deseo de que contribuya a su bienestar o en su defecto le haga afluir una incipiente sonrisa cada vez que identifique a alguno de los aludidos. Y recuerde: ¡Pasee por lugares solitarios, de lo contrario se convertirá, sin quererlo, en un héroe de los aventureros pasajes homéricos! Pero ojo, evite a los menas, a los grupos de carteristas o, lo que es peor, las excursiones de catalanes del IMSERSO parloteando entre sí, ataviados con camiseta estelada y barretina (mental)”. Y ahora, con el permiso de Uds. COMENZAMOS:

Desde que me he hecho mayor, he aprendido a considerar los riesgos que encierra un rápido pasar por determinadas calles y, en mi condición de coruñés, por nuestra querida calle Real, donde uno se enfrenta a la peligrosa “fauna urbana” con nuevos especímenes de reciente aparición. Estos ejemplares “potencialmente dañinos” pueden atacar al hombre educado y hasta causarle la muerte si el suceso se ve agravado por la mala suerte. Por ello, y al objeto de que sirva de información para mis paisanos, publico una detallada descripción de cada ejemplar con mención expresa de su grado de peligrosidad, lo cual espero redunde en una mayor seguridad de los lectores en sus travesías urbanas. Iniciamos esta lista con un animal voluminoso y de actitud resuelta que no sólo no rehúye al ser humano, sino que practica el cuerpo a cuerpo con gran ferocidad: “LA GORDA DE LOS PAQUETES”. Como ya dijimos, se distingue por su abundante anatomía, con extremidades anteriores del grosor de un salami, enormes pechos faltos del más mínimo atractivo y gran profusión de glándulas sudoríparas en la zona de las articulaciones superiores, las cuales emiten un penetrante olor que disuade a los machos en celo de cualquier intento de apareamiento. Actúa en manada con otros animales de su especie y su hábitat natural son las calles comerciales, particularmente las inmediaciones de los grandes almacenes o las vías transitadas donde se desplaza con rapidez, lo cual evidencia su aspecto sofocado. Suele comunicarse a gritos con el resto de su manada que la sigue dócilmente intimidada por su enorme fuerza y gran brutalidad. Su instinto primario es la embestida, con fatales consecuencias para su víctima que puede llegar a besar el suelo sin que la bestia se entere. Al igual que el hipopótamo, al que se asemeja, es terriblemente territorial y cualquier encuentro con ella puede dar lugar a distintas lesiones e incluso la muerte. Su peligrosa agresividad se incrementa en las épocas estivales de rebajas, donde multiplica la extraordinaria actividad de sus glándulas sudoríparas destinadas a marcar su territorio y detectar su presencia cuando el viento está a favor. De sus encuentros ocasionales con los paseantes indefensos afloran pequeños hematomas en el cuerpo, consecuencia de dolorosos golpes con la gran profusión de bolsas que constituyen su defensa. Es una consecuencia de estos tiempos, donde la protección medioambiental ha permitido que ocupen las zonas urbanas abandonando esporádicamente sus hábitats naturales de origen rural. Si la ve, los expertos aconsejan apartarse rápidamente de su trayectoria y no realizar nunca movimientos bruscos que puedan motivar su agresión, ¡Cuidado con los accesos a los edificios! donde se muestran particularmente activas con los codos, al objeto de acceder las primeras. Veredicto: SER REPULSIVO DE ALTA PELIGROSIDAD.

Y tratamos a continuación una especie de reciente aparición: “EL KAMIKAZE DE BICICLETA PROPIA O ALQUILADA”. Suele frisar la edad madura y a veces es sustituido por la “tonta ecológica” que se desplaza sobre el mismo vehículo. Surge de repente por uno de tus flancos obviando las más elementales normas de convivencia. Dado su reducida capacidad craneana uno intuye que carecen de la inteligencia más elemental para calibrar su potencial peligrosidad. A veces se cubren con aditamentos que pueden dejarnos en evidencia ante los demás, dado que al verlos tan ridículos nos pueden producir un deseo incontenible de miccionar como consecuencia de la risa.

“EL GAMBERRETE PEDESTRE O EN MONOPATÍN”. Qué vamos a decir de este pequeño cabrón que no sigue reglas ni respeta nada. Normalmente, se genera por el cruce de “un imbécil con aires de intelectual”, que no le presta atención alguna, y “una tonta politizada”, demasiado absorbida por su actividad asamblearia para asumir la tarea de su educación. Estos ¡y no es broma! ya han causado muertes, pero tienen “patente de corso” concedida por esos cretinos que se denominan “Concejales de movilidad”.

Seguimos con nuestra exposición refiriéndonos en cuarto lugar a un fenómeno que no es más que consecuencia de la desidia de nuestros regidores municipales que persisten erre que erre manteniendo la anarquía en los horarios de transporte ciudadano. Por ello, damos la bienvenida a este nuevo ejemplar que denominaremos: “EL REPARTIDOR DE PAQUETERÍA”. Se desplaza velozmente moviendo una carretilla metálica, que ha extraído de un furgón que ha dejado aparcado en cualquier sitio siempre que este sea prohibido, actúan ignorando que los viandantes tienen pies y canillas, y si causan algún incidente se escudan en el estúpido argumento de “ESTOY TRABAJANDO”.

“LOS VENDEDORES MANTEROS”. Ante la mirada indulgente de la Autoridad Municipal extienden sin freno sus exposiciones dificultando el acceso a los comercios con los que compiten comercialmente. El peatón se ve obligado a saltar entre los bolsos de Gucci y los sombreros de jipijapa. En caso de romper accidentalmente algo, mejor páguelo o se verá perseguido por racista.

“LA VIEJA SCHUMACHER”. Esta especie no es particularmente agresiva, pero tiene una habilidad innata para dificultar la movilidad de los demás. Su nombre proviene del hecho de que cualquier intento de adelantarla se ve fallido por su enorme facilidad para caminar en zigzag. CONSEJO: Si se la encuentra párese un rato y deje espacio entre ambos, sus coronarias no resistirán la explosión nerviosa que le pueden ocasionar. Su edad madura y su apariencia bonancible a veces nos hace olvidar su condición altamente letal.

“EL CHULO DE CHAQUETA APRETADA”. Es un personajillo, normalmente con cuerpo de alfeñique, que camina a toda velocidad como si le fuera la vida en ello. No se entera de las consecuencias de sus envestidas por caminar absorto en el manejo de algún artilugio electrónico. Cuando me lo encuentro de frente siempre pienso que se le puede saltar un botón de la chaqueta y vaciarme un ojo.

Y hablando de peligros para los ojos, nos referimos al animal más letal que pueda existir: “LA ENANA DEL PARAGUAS”. Camina con enorme agilidad entre nosotros y su peligrosidad radica en que, como consecuencia de su corta estatura, los remates del varillaje del paraguas, que constituye un apéndice en su mano, se balancean peligrosamente ante nuestros ojos si osamos ignorar su radio de acción y caminar cerca de ella.

“EL TURISTA OBESO DE PANTALÓN CORTO Y CAMISETA ITALIANA”. Se desplaza con una absoluta dejación del respeto a los demás. Sus extremidades van rematadas por sandalias de fraile y enfundadas en “elegantes calcetines de color negro”. A veces, como sus ancestros patrios que exploraban tierras salvajes, cubren sus cabezas con prendas que nos remontan a un pasado colonial. También recurren a gorras de visera que, a imitación de los negros de Harlem, suelen colocarse al revés. Caminan en parejas y entorpecen la circulación de las personas con sus múltiples e imprevistas paradas ante los escaparates de los comercios donde no compran nada.

“LA MAMÁ PRIMERIZA CON COCHECITO”. Camina convencida de que el mundo la admira por haberse prestado a ciertos juegos con su pareja que han dado lugar a un encantador “rorro” que viaja cómodamente ajeno al mal uso que hace su madre de su vehículo, asomándolo sorpresivamente de un portal o comercio sin fijarse si afecta a la trayectoria de algún paseante. Suele tener un andar irregular en función del grado de interés que le despierte la conversación con su madre o amiga y puede cambiar bruscamente de dirección cuando los objetos expuestos en los escaparates despiertan su curiosidad.

“LOS CASTORES DE SECANO”. Al igual que estos simpáticos animalitos, son especialistas en poner obstáculos que impidan la libre circulación. Acostumbran agruparse en los pasos más estrechos y se ven particularmente atraídos por los andamios que reducen la superficie de la calzada.

“LA PAREJA EN CELO”. Circulan en pareja ¡gracias al cielo, mixta! Atacándose recíprocamente y practicando el juego del cortejo que suele culminar en un morreo descarado que felizmente no llega al clímax. Peligrosidad baja.

“LAS PANDILLAS JUVENILES DE OTOÑALES”. Van caminando cansinamente parándose arbitrariamente para seguir su conversación en “foros improvisados”.

“LOS PAPÁS GUAYS”. Van jugando con sus hijos, a veces usurpando el espacio de los demás, y, de vez en cuando, sonríen cuando el “nene” tira el papel del cucurucho de helado en el suelo y piensan con orgullo ¡De tal palo, tal astilla! mientras dejan caer la cajetilla de tabaco vacía.

“EL TAMBOR MAYOR”, voluminoso y otoñal que acompasa su andar con acrobáticos movimientos de su paraguas cerrado. Es como una majorette, pero en feo, y su imprudencia nos obliga a mantenernos lo más alejados posible de su camino.

“LOS ASQUEROSOS CON INCONTINENCIA”. No se reprimen a la hora de dar alivio a sus necesidades menores orinando en lugares públicos y, a veces, los más evolucionados sonándose con los dedos en mitad de la calle que riegan con sus esputos. (Especie, gracias a Dios, en extinción).

“LAS MANADAS ÉTNICAS”. Proceden normalmente del Este y cazan en manada como las leonas. Su táctica consiste en apabullar al viandante rodeándolo mientras le ofrecen alguna ramita de cualquier arbusto desconocido. A veces, de este encuentro las señoras salen con su bolso “aligerado” y los ancianos sometidos a su acoso miran a los demás suplicando una ayuda que nunca llega. Su proliferación actual por estos lares se debe al estúpido papanatismo de nuestros legisladores que han decidido otorgarles la condición de “ESPECIE PROTEGIDA” ¡Paciencia! Todo sea porque el mundo nos admire como “PAÍS DE ACOGIDA”, término que popularizó un cretino de cuyo nombre no quiero acordarme.

“EL VIRTUOSO DEL RADIOCASETE”. Considerando que los españoles somos idiotas, finge tocar algún instrumento, y uno se sorprende al oír las melodías interpretadas por las grandes orquestas internacionales con coros y demás aditamentos. Aun así, con una cara de cemento armado siguen en su interpretación ofendiendo nuestra inteligencia.

Y para finalizar:

“EL PERRITO ELÁSTICO”. El pobre animal camina asustado entre la gente, con su collar unido al tarado de turno por una correa extensible que sorpresivamente se “materializa” ante nuestros pies sin que el “memo” se entere del peligro que esto supone.

Y ya sólo me resta recomendarles paciencia y resignación, dado que:

¡ASÍ SON NUESTROS “SEMEJANTES”!

Fauna Urbana Fauna Urbana Reviewed by LA GACETA on 2.10.19 Rating: 5

1 comentario:

  1. No se puede explicar mejor...hay mucha mala educación y poco civismo, la sociedad está cambiando, todo son codazos, no hay convivencia ni respeto...
    Me alivia leer al Sr. Moncho Rivera, pues al menos alguien piensa y coincide en una ética basada en la libertad y el respeto por sus semejantes, como yo.
    Gracias. Saludos.

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LA GACETA

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