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Por Yolanda Couceiro Morín |

Cada vez que llega la Navidad, y de forma exponencial año tras año, nos invaden las noticias de prohibiciones y más prohibiciones. Algunas son simplemente un despropósito, como la normativa municipal de Madrid que prohíbe a los peatones circular libremente por la calle durante estas fechas para evitar las típicas aglomeraciones, aunque suena más a una inocentada periodística de cualquier 28 de diciembre.

Decía Tácito: "Cuando más corrupto es un gobierno, más leyes tiene". Y eso era en los primeros siglos del milenio anterior. Hoy, el exceso de leyes en todas las materias, ámbitos y situaciones da mucho que pensar al respecto.

Pero al hablar de las noticias relacionadas con la Navidad no me refiero a estos dislates, sino a las que dan realmente miedo: Europa está siendo sometida, lenta pero imparablemente, al islam. En muy pocos colegios (incluso de confesión religiosa) se celebran ya estas fiestas: se han ido prohibiendo progresivamente los villancicos en las escuelas, después los belenes, luego las decoraciones típicamente navideñas y por último se prohíbe incluso hablar de Navidad, pasando a ser "fiestas de invierno", "vacaciones de invierno" o por el estilo. Y si fuera sólo en los colegios, todavía. Pero la prohibición se extiende a muchos más ámbitos de nuestra sociedad.

Podríamos hacer, siendo bien pensados y bastante cortos de mente, todo hay que decirlo, una analogía con un invitado a comer: si nuestro invitado es vegano, por poner un ejemplo, no le pondríamos carne para no ofenderle. De igual modo, prohibimos la Navidad porque nuestros "invitados" se ofenden si la celebramos. Pero un ejemplo tan simplista y tan absurdo sólo puede ser válido para gente igualmente simple y absurda. Vamos con ello.

Primero, a tu casa invitas a quién tú quieres, no a quien te imponga el vecino del quinto o el presidente de la comunidad de vecinos. Y siendo nuestro país la casa de todos, lo primero que se tendría que haber hecho es preguntarnos a todos los españoles, a todos, si queremos invitar a extraños y, sobre todo, en qué condiciones. Cuando las cosas afectan a toda la comunidad de vecinos, debe decidirse por votación y al menos mayoría, si no consenso. Cuando las costumbres de los "invitados" afectan a las nuestras, debe preguntarse a todos.

Segundo, está el famoso tema de la "integración". Hay bastantes asociaciones de todo tipo y pelaje que cobran cuantiosas subvenciones para ayudar a la integración de llegados de otras culturas. No deben aprovechar bien el dinero recibido, ya que la integración no funciona, y aunque lo resuelven diciendo que es insuficiente y necesitan más y más, la realidad es que nunca va a funcionar porque estos "invitados" no quieren integrarse: aprecian sus valores y sus costumbres, y no sólo no piensan renunciar a ellos, sino que, como nos ven débiles y tolerantes exigen con intolerancia absoluta que reneguemos de lo nuestro para, poco a poco, imponer lo suyo.

Y tercero, no por último menos importante, si hablamos de multicultura, ese famoso concepto completamente inútil que supondría que todas las culturas podamos convivir en paz manteniendo cada una sus valores y sus costumbres, pues tampoco se estaría cumpliendo, ya que sólo y siempre está cediendo una de las dos partes afectadas. Si a mi me ofende el sacrificio del cordero tras el ramadán, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende la Navidad, se suprime. Si a mi me ofende ver las vestimentas mahometanas, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofenden los bikinis, se prohíben. Si a mi me ofende la masacre halal, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende el sacrificio incruento de animales (que se consiguió en Europa tras largos años de batallar por los derechos de los animales) se prohíbe en favor del sacrificio cruento halal. Si a mi me ofende ver las calles de París, de Londres o Mollet del Vallés, por citar solo tres, ocupadas por mahometanos rezando, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende ver un árbol de Navidad en un centro comercial, se prohíbe. ¿No vemos el fuerte desequilibrio, la disparidad y la desigualdad que nos lleva a acabar siendo extraños, extranjeros, en nuestros propios países, aceptando vestimentas, ritos y costumbres ajenos a nosotros, y soportando la prohibición de los nuestros? En realidad, multicultura es una forma breve de decir "desaparición de la cultura europea".

Mientras muchos se preguntan por qué no se atajan estas exigencias, cada vez mayores, que se disfrazan de tolerancia, vemos que los que exigen respeto no conceden el más mínimo a quienes no piensan como ellos, gritando libertad, pero coartando la libertad de todos los demás. Quizá se aplican a sí mismos, por supuesto sin saberlo, aquella frase de Voltaire: "Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo".

La situación es un despropósito continuo y lo que es peor, no parece que tenga visos de acabar. Más bien tenemos la impresión de que apenas empieza. Cada día leemos noticias (en medios digitales, porque en los medios pesebreros no suelen mencionarlas) de árboles de Navidad atacados y destruidos por musulmanes, de destrozos en belenes, de prohibiciones no ya en colegios, sino en pueblos enteros, de celebrar la Navidad para no ofender a quienes de todos modos se ofenden igual. Pero el fanatismo no atiende a razones ni argumentos, todo vale y vale todo. Incluso los que presumen de tolerancia no se dan cuenta de que están haciendo el juego a los intolerantes.

"Divide et impera", proclamaba Julio César hace veinte siglos, y nada ha cambiado desde entonces. Europa está dividida, y España no es menos. Muchos desprecian nuestras tradiciones por simple odio a su país y su civilización. Otros, por buenismo estúpido y mal entendido. Algunos, porque quieren presumir de tolerantes y de acogedores, de "buenos anfitriones", y todos, contribuyendo al final de nuestra cultura, al final de nuestras tradiciones y costumbres, al final de Europa como tal. Los políticos, quizás por mantener "la paz social", por no tener conflictos con los musulmanes (que cada vez son más, y más fuertes, y más exigentes) alientan y apoyan cualquier tipo de prohibición relacionada con estas fechas. Al final, se empieza prohibiendo cantar villancicos en las escuelas y se acaba prohibiendo celebrar la Navidad.

Quizás dentro de unos años tengamos que decir como en la Segunda Guerra Mundial, que algunos quieren evitar el conflicto a costa de su honor, pero como ya sabemos, al final tendrán la guerra y de propina tendrán el deshonor. O quizás no, quizás aceptemos gustosos la nueva situación a la que vamos abocados, ya que, divididos como estamos, es probable que no consigamos ponernos de acuerdo en si preferimos perder nuestras tradiciones y someternos a las que nos impondrán a continuación, o mantenerlas. Y una cosa es que evolucionen al hilo del progreso y puedan desaparecer por la propia inercia de esa evolución y otra muy distinta que se prohíban para "no ofender" a quienes no tendrán reparo en imponernos las suyas.

Pero por si todo esto nos pareciera poco, hay un factor que muy poca gente está considerando estos días: que la invasión islámica, silenciosa pero constante y en crecimiento exponencial, sigue sin parar. No debemos olvidar que los musulmanes están a la espera del restablecimiento de su idealizado paraíso perdido de Al-Ándalus. Y llegan cada día en pateras o sin ellas para seguir aumentando hasta llegar a la masa crítica necesaria para imponerse mientras nosotros caminamos desnortados, ahítos de tolerancia, borrachos de buenismo y estupidizados por el bienestar y los medios, y exigiendo, nosotros mismos, el final de nuestras tradiciones por respeto a quienes no respetan nada de lo nuestro. Estamos dando señales de debilidad, confusión y discordia. Y bien sabrán aprovecharlas.

Mientras, el mensaje que nuestros gobiernos y políticos transmiten es desolador para nosotros: los gobiernos europeos no hacen nada por frenar una situación que parece superarles, las políticas de apaciguamiento seguidas por todos los gobiernos, aunque clara y absolutamente inútiles, siguen siendo las elegidas por quienes están en el poder. Prohibir nuestras tradiciones, a ver si nos vamos acostumbrando, y dejar hacer a los que exigen que se prohíban, incluso con destrucción y violencia (no son pocos los árboles navideños destrozados en varios países de Europa), contentar a los que protestan por la decoración de los centros públicos, a los que intentan imponer su criterio sin considerar el nuestro. ¿Qué pasará cuando, a la vista de esta dejadez de funciones, miles y miles de mahometanos invadan las calles exigiendo su "independencia" legal y jurídica y la implantación de la sharia? Si los separatistas catalanes han llevado su desvarío al extremo de proclamar la república catalana, los islamistas no dejan de soñar con la quimérica restauración del califato de Córdoba. Quizás no falta mucho para que lo veamos expresado a plena luz del día. Quizás llegue el día en que se prohibirá hasta decorar las casas, y al igual que hoy vemos a los municipales de la Carmena controlando a los peatones, lleguemos a ver registros en nuestros hogares para ver si hemos cometido un delito de "odio": poner un nacimiento, un árbol, o cantar un villancico en una fiesta familiar entre amigos. Y quizás, como en otro orden de cosas sucedió también entre municipales de Madrid, algún infiltrado nos denuncie por ese delito de "odio". Todas las posibilidades están abiertas.

Europa involuciona. No vamos hacia el progreso: huimos de él en nombre de una mal entendida tolerancia y un mal entendido respeto. Se avecinan tiempos convulsos. Lo pagaremos caro. Pero mientras, la Navidad ya no suena tanto a paz y amor, sino a prohibición y a conflicto.

Navidad con sabor a prohibición


Por Yolanda Couceiro Morín |

Cada vez que llega la Navidad, y de forma exponencial año tras año, nos invaden las noticias de prohibiciones y más prohibiciones. Algunas son simplemente un despropósito, como la normativa municipal de Madrid que prohíbe a los peatones circular libremente por la calle durante estas fechas para evitar las típicas aglomeraciones, aunque suena más a una inocentada periodística de cualquier 28 de diciembre.

Decía Tácito: "Cuando más corrupto es un gobierno, más leyes tiene". Y eso era en los primeros siglos del milenio anterior. Hoy, el exceso de leyes en todas las materias, ámbitos y situaciones da mucho que pensar al respecto.

Pero al hablar de las noticias relacionadas con la Navidad no me refiero a estos dislates, sino a las que dan realmente miedo: Europa está siendo sometida, lenta pero imparablemente, al islam. En muy pocos colegios (incluso de confesión religiosa) se celebran ya estas fiestas: se han ido prohibiendo progresivamente los villancicos en las escuelas, después los belenes, luego las decoraciones típicamente navideñas y por último se prohíbe incluso hablar de Navidad, pasando a ser "fiestas de invierno", "vacaciones de invierno" o por el estilo. Y si fuera sólo en los colegios, todavía. Pero la prohibición se extiende a muchos más ámbitos de nuestra sociedad.

Podríamos hacer, siendo bien pensados y bastante cortos de mente, todo hay que decirlo, una analogía con un invitado a comer: si nuestro invitado es vegano, por poner un ejemplo, no le pondríamos carne para no ofenderle. De igual modo, prohibimos la Navidad porque nuestros "invitados" se ofenden si la celebramos. Pero un ejemplo tan simplista y tan absurdo sólo puede ser válido para gente igualmente simple y absurda. Vamos con ello.

Primero, a tu casa invitas a quién tú quieres, no a quien te imponga el vecino del quinto o el presidente de la comunidad de vecinos. Y siendo nuestro país la casa de todos, lo primero que se tendría que haber hecho es preguntarnos a todos los españoles, a todos, si queremos invitar a extraños y, sobre todo, en qué condiciones. Cuando las cosas afectan a toda la comunidad de vecinos, debe decidirse por votación y al menos mayoría, si no consenso. Cuando las costumbres de los "invitados" afectan a las nuestras, debe preguntarse a todos.

Segundo, está el famoso tema de la "integración". Hay bastantes asociaciones de todo tipo y pelaje que cobran cuantiosas subvenciones para ayudar a la integración de llegados de otras culturas. No deben aprovechar bien el dinero recibido, ya que la integración no funciona, y aunque lo resuelven diciendo que es insuficiente y necesitan más y más, la realidad es que nunca va a funcionar porque estos "invitados" no quieren integrarse: aprecian sus valores y sus costumbres, y no sólo no piensan renunciar a ellos, sino que, como nos ven débiles y tolerantes exigen con intolerancia absoluta que reneguemos de lo nuestro para, poco a poco, imponer lo suyo.

Y tercero, no por último menos importante, si hablamos de multicultura, ese famoso concepto completamente inútil que supondría que todas las culturas podamos convivir en paz manteniendo cada una sus valores y sus costumbres, pues tampoco se estaría cumpliendo, ya que sólo y siempre está cediendo una de las dos partes afectadas. Si a mi me ofende el sacrificio del cordero tras el ramadán, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende la Navidad, se suprime. Si a mi me ofende ver las vestimentas mahometanas, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofenden los bikinis, se prohíben. Si a mi me ofende la masacre halal, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende el sacrificio incruento de animales (que se consiguió en Europa tras largos años de batallar por los derechos de los animales) se prohíbe en favor del sacrificio cruento halal. Si a mi me ofende ver las calles de París, de Londres o Mollet del Vallés, por citar solo tres, ocupadas por mahometanos rezando, me tengo que aguantar. Pero si a ellos les ofende ver un árbol de Navidad en un centro comercial, se prohíbe. ¿No vemos el fuerte desequilibrio, la disparidad y la desigualdad que nos lleva a acabar siendo extraños, extranjeros, en nuestros propios países, aceptando vestimentas, ritos y costumbres ajenos a nosotros, y soportando la prohibición de los nuestros? En realidad, multicultura es una forma breve de decir "desaparición de la cultura europea".

Mientras muchos se preguntan por qué no se atajan estas exigencias, cada vez mayores, que se disfrazan de tolerancia, vemos que los que exigen respeto no conceden el más mínimo a quienes no piensan como ellos, gritando libertad, pero coartando la libertad de todos los demás. Quizá se aplican a sí mismos, por supuesto sin saberlo, aquella frase de Voltaire: "Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo".

La situación es un despropósito continuo y lo que es peor, no parece que tenga visos de acabar. Más bien tenemos la impresión de que apenas empieza. Cada día leemos noticias (en medios digitales, porque en los medios pesebreros no suelen mencionarlas) de árboles de Navidad atacados y destruidos por musulmanes, de destrozos en belenes, de prohibiciones no ya en colegios, sino en pueblos enteros, de celebrar la Navidad para no ofender a quienes de todos modos se ofenden igual. Pero el fanatismo no atiende a razones ni argumentos, todo vale y vale todo. Incluso los que presumen de tolerancia no se dan cuenta de que están haciendo el juego a los intolerantes.

"Divide et impera", proclamaba Julio César hace veinte siglos, y nada ha cambiado desde entonces. Europa está dividida, y España no es menos. Muchos desprecian nuestras tradiciones por simple odio a su país y su civilización. Otros, por buenismo estúpido y mal entendido. Algunos, porque quieren presumir de tolerantes y de acogedores, de "buenos anfitriones", y todos, contribuyendo al final de nuestra cultura, al final de nuestras tradiciones y costumbres, al final de Europa como tal. Los políticos, quizás por mantener "la paz social", por no tener conflictos con los musulmanes (que cada vez son más, y más fuertes, y más exigentes) alientan y apoyan cualquier tipo de prohibición relacionada con estas fechas. Al final, se empieza prohibiendo cantar villancicos en las escuelas y se acaba prohibiendo celebrar la Navidad.

Quizás dentro de unos años tengamos que decir como en la Segunda Guerra Mundial, que algunos quieren evitar el conflicto a costa de su honor, pero como ya sabemos, al final tendrán la guerra y de propina tendrán el deshonor. O quizás no, quizás aceptemos gustosos la nueva situación a la que vamos abocados, ya que, divididos como estamos, es probable que no consigamos ponernos de acuerdo en si preferimos perder nuestras tradiciones y someternos a las que nos impondrán a continuación, o mantenerlas. Y una cosa es que evolucionen al hilo del progreso y puedan desaparecer por la propia inercia de esa evolución y otra muy distinta que se prohíban para "no ofender" a quienes no tendrán reparo en imponernos las suyas.

Pero por si todo esto nos pareciera poco, hay un factor que muy poca gente está considerando estos días: que la invasión islámica, silenciosa pero constante y en crecimiento exponencial, sigue sin parar. No debemos olvidar que los musulmanes están a la espera del restablecimiento de su idealizado paraíso perdido de Al-Ándalus. Y llegan cada día en pateras o sin ellas para seguir aumentando hasta llegar a la masa crítica necesaria para imponerse mientras nosotros caminamos desnortados, ahítos de tolerancia, borrachos de buenismo y estupidizados por el bienestar y los medios, y exigiendo, nosotros mismos, el final de nuestras tradiciones por respeto a quienes no respetan nada de lo nuestro. Estamos dando señales de debilidad, confusión y discordia. Y bien sabrán aprovecharlas.

Mientras, el mensaje que nuestros gobiernos y políticos transmiten es desolador para nosotros: los gobiernos europeos no hacen nada por frenar una situación que parece superarles, las políticas de apaciguamiento seguidas por todos los gobiernos, aunque clara y absolutamente inútiles, siguen siendo las elegidas por quienes están en el poder. Prohibir nuestras tradiciones, a ver si nos vamos acostumbrando, y dejar hacer a los que exigen que se prohíban, incluso con destrucción y violencia (no son pocos los árboles navideños destrozados en varios países de Europa), contentar a los que protestan por la decoración de los centros públicos, a los que intentan imponer su criterio sin considerar el nuestro. ¿Qué pasará cuando, a la vista de esta dejadez de funciones, miles y miles de mahometanos invadan las calles exigiendo su "independencia" legal y jurídica y la implantación de la sharia? Si los separatistas catalanes han llevado su desvarío al extremo de proclamar la república catalana, los islamistas no dejan de soñar con la quimérica restauración del califato de Córdoba. Quizás no falta mucho para que lo veamos expresado a plena luz del día. Quizás llegue el día en que se prohibirá hasta decorar las casas, y al igual que hoy vemos a los municipales de la Carmena controlando a los peatones, lleguemos a ver registros en nuestros hogares para ver si hemos cometido un delito de "odio": poner un nacimiento, un árbol, o cantar un villancico en una fiesta familiar entre amigos. Y quizás, como en otro orden de cosas sucedió también entre municipales de Madrid, algún infiltrado nos denuncie por ese delito de "odio". Todas las posibilidades están abiertas.

Europa involuciona. No vamos hacia el progreso: huimos de él en nombre de una mal entendida tolerancia y un mal entendido respeto. Se avecinan tiempos convulsos. Lo pagaremos caro. Pero mientras, la Navidad ya no suena tanto a paz y amor, sino a prohibición y a conflicto.

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