Por Yolanda Couceiro Morín |

He querido dejar pasar unos días antes de escribir sobre este tema para poder ver la reacción de los medios oficiales y de los propios políticos ante el asesinato del ex-legionario Laínez a manos de un okupa antisistema y hacer una reflexión en frío. Me he dedicado a leer y repasar comentarios en blogs, periódicos digitales y sobre todo, en las redes sociales. He leído declaraciones de políticos de todo pelaje y condición y opiniones de gente desconocida. Twitter sobre todo arde con frases a favor del asesinato, justificándolo, apoyándolo y alegrándose con la muerte del "nazi". Curiosamente, no parece que ningún fiscal haya presentado denuncia alguna ante comentarios tan llenos de odio y que constituyen una clara apología del crimen.

Un primer y llamativo aspecto de este terrible suceso es que los españoles vivimos bajo la ley del embudo. Muchos nos hemos preguntado qué habría pasado de haber sido al revés: probablemente hasta el presidente del gobierno habría salido en televisión para declarar su repulsa por el hecho, y el mismo rey hubiera sin duda mencionado el luctuoso episodio en su mensaje navideño. Habríamos tenido noticias del ataque en todos telediarios durante muchos días y aun semanas, a todas horas, y habríamos visto desfilar a todos los políticos de todos los partidos mostrando su apoyo y solidaridad a la familia de la víctima y manifestando su condena. No hubiera faltado a la cita de la indignación el minuto de silencio en los ayuntamientos de toda España e incluso algunas manifestaciones en las calles al grito de "¡Fuera fascistas de nuestros barrios!", "¡No pasarán!"...

Pero no ha sido al revés, nunca es al revés. La izquierda, en su curiosa esquizofrenia mental, afirma una cosa y la contraria, según le convenga. Los mismos que piden respeto, que exigen libertad de expresión y de pensamiento, no dudaron en desear la muerte de ancianos y pueblerinos, a los que consideran votantes del PP. Los mismos que llaman "presos políticos" a secesionistas u "hombres de paz" a terroristas convictos justifican el asesinato de un hombre por llevar unos tirantes con los colores de España o hacen chistes burlándose de las víctimas del terrorismo. Los mismos que matan españoles o que justifican que otros lo hagan son los que llevan camisetas de "Wellcome Refugees". El amor a los otros suele ser demasiadas veces la contrapartida obligada del odio a los nuestros. Los que gritan consignas pidiendo refugiados acompañan a menudo sus enfermizas vociferaciones con aullidos de odio a los españoles.


Porque en realidad todo viene a ser lo mismo: odio a España, odio a lo español, deseo de destruirla de cualquier modo y a cualquier precio. La violencia de la izquierda es siempre "libertad de expresión". La violencia de la derecha es inexistente o casi, pero da igual: hay que matar a los "malos", dicen claramente los "buenos", los autoproclamados defensores de la Humanidad, en sus tuits, donde ascienden a "fascista" o "nazi" a todo aquél que piense a contracorriente de su pervertida ideología de odio e intolerancia.

En el neolenguaje actual ser nazi es lo peor de lo peor. Violador de niños, asesino de ancianas, terrorista con sangre hasta las cejas...: todo eso es poca cosa ante la maldad suprema de ser de "extrema derecha" o "nazi". El problema siempre es la extrema derecha, nunca los asesinos, los verdaderos violentos.

Por supuesto, los medios digitales han recogido la noticia de modo acorde a su ideología de fondo, pero todos, incluso los menos sospechosos de simpatías por la filiación política del asesinado reconocen que, según la autopsia y los testigos del hecho, Laínez fue atacado por la espalda, y que cuando estaba moribundo en el suelo fue pateado en la cara por su asesino. Por tanto, sólo cabe creer en la profesionalidad de los forenses y en la honestidad de los testigos. ¿Todos han mentido? Dice un refrán que "piensa el ladrón que todos son de su condición". Quizás los más acostumbrados a mentir y manipular son los que primero sospechan de manipulación cuando las noticias no son a su favor. Porque, no nos engañemos: matar a sangre fría a un hombre por considerarlo fascista es propio de asesinos. Un fascista, real o supuesto no tiene derecho a la vida: es un principio indiscutible para esta clase de fanáticos odiadores sedientos de sangre.

Nada más. El asesinato de este hombre es un claro ejemplo de hasta dónde es posible ser estúpido y malvado. Twitter se ha llenado de mensajes en los que se acusa a los medios de manipular la muerte para presentar como víctima al asesino. Sin embargo, tanto la autopsia como los testigos cuentan la misma versión: no ha habido manipulación. Lógicamente, el asesino cuenta su versión de los hechos, como la mayor parte de los pillados en un delito niegan lo sucedido o, si no pueden negarlo, intentan justificarlo como sea: "Él me atacó, fue en defensa propia..." (versión que desmienten la autopsia y los testigos).

¿Por qué hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos llegado a que se mate a un hombre por llevar unos tirantes con la bandera de España? La realidad es que en España son muchos los agredidos y los amenazados de muerte por exhibir banderas de España o por querer hablar español en España, por amar a su país, un crimen supremo, una aberración imperdonable que se ha de pagar con sangre. El odio ante lo español se ha ido fomentando desde todos los ámbitos de la vida política durante décadas. Defender lo español es propio de "fascistas" y por tanto, a todo aquel que defienda lo español está bien atacarlo, agredirlo, amenazarlo o incluso matarlo. Los mismos políticos y medios que manifiestan su desprecio a la bandera, a las tradiciones, a nuestra cultura, son los que fomentan la violencia contra España y los españoles que aman y defienden su país.

Decía que un primer y llamativo aspecto es la ley del embudo. Pero un segundo y peor aspecto es la vuelta a la tortilla que son capaces de hacer para interpretar la realidad a su conveniencia. No es la primera vez y no será la última. Si el primer aspecto es más bien de tipo legal, este segundo aspecto es de tipo más bien moral. En ese dar la vuelta a la tortilla cabe cualquier cosa que sirva para justificar lo injustificable. "Difama, que algo queda", parece ser uno de los lemas de esta izquierda casposa y sin más ideas ni principios que la destrucción de la España que odian.

Para justificar el asesinato empiezan a correr rumores sin contrastar. Rumores que se difunden y se siguen difundiendo sin otra finalidad que sembrar la duda en los que los leen: desde que era mentira que llevara tirantes, hasta que el asesinado llevaba una navaja y pretendió atacar a su asesino, pasando por todo tipo de historias intermedias que hemos tenido que soportar en las redes sociales. Todas ellas cuentan una verdad que la autopsia y los testigos desmienten. A eso podríamos sumar que el asesino ya dejó tetrapléjico a un policía y cumplió una corta pena de cárcel por ello (apenas dos años de los cinco de su condena inicial). Sabemos que en España sale barato matar o destrozar la vida de un hombre, sobre todo si éste no pertenece al bando de los "buenos". Y en todo caso da igual su pasado y antecedentes violentos: lo que ha hecho ahora es condenable en sí mismo. El asesinado podría tener la ideología que tuviera (¿eso es en sí un crimen?), pero hasta donde he podido buscar, no tenía antecedentes penales como su asesino. Sin embargo, se justifica que se mate a una persona inocente y pacífica por su forma de pensar, y se justifica que una persona que fue condenada porque con su violencia destrozó la vida de un hombre dejándolo tetrapléjico lo mate. ¿Alguien puede entender esta aberración? Este episodio, como tantos otros de similar naturaleza pinta una imagen lamentable e inquietante del estado moral de la sociedad española y augura una deriva de aterradoras consecuencias.

Estamos en un sistema de subversión de valores: se lanza el mensaje, y no de modo muy sutil, ciertamente, que por ser de una ideología concreta un ser humano merece la muerte. Sólo un partido político ha reaccionado presentando una querella criminal contra el asesino.

Los demás se pierden en retóricas, y mientras hablan del mar y los peces, un hombre ha muerto violentamente asesinado por pensar de un modo diferente al de su asesino, y no son pocos los políticos que lo justifican y hasta se alegran en su fuero interno.

Estamos tan inmersos en ese sistema, que no nos damos cuenta de hasta qué punto hemos llegado, asomándonos al abismo. Y probablemente no podremos salir de ahí, ya que somos pocos los que reflexionamos sobre los acontecimientos con una cierta distancia emocional, necesaria por otra parte para poder sacar conclusiones racionales. Vivimos en la España del doble rasero, esa España donde los "malos" lo son por pensar cosas concretas, no por dejar tetrapléjico a un hombre que hacía su trabajo, donde los noticieros prefieren hablar de pasarelas de moda o de los programas estrella que se retransmitirán a la noche en la misma cadena en lugar de hablar del asesinato de un hombre inocente por sus ideas, donde el odio sólo es odio cuando viene de un lado, y siempre del mismo. Es como si el odio sólo existiera en un sentido, nunca en el otro.

Estamos alimentando un monstruo: el odio como forma de convivencia y sistema de relación humana. Nuestra sociedad camina hacia escenarios de violencia y derramamiento de sangre. Unos hacen como si no se enteraran y miran hacia otro lado, y otros se frotan las manos, satisfechos de la buena marcha de su programa de intolerancia, odio y muerte.

Mi análisis: A tres semanas del asesinato de Víctor Laínez


Por Yolanda Couceiro Morín |

He querido dejar pasar unos días antes de escribir sobre este tema para poder ver la reacción de los medios oficiales y de los propios políticos ante el asesinato del ex-legionario Laínez a manos de un okupa antisistema y hacer una reflexión en frío. Me he dedicado a leer y repasar comentarios en blogs, periódicos digitales y sobre todo, en las redes sociales. He leído declaraciones de políticos de todo pelaje y condición y opiniones de gente desconocida. Twitter sobre todo arde con frases a favor del asesinato, justificándolo, apoyándolo y alegrándose con la muerte del "nazi". Curiosamente, no parece que ningún fiscal haya presentado denuncia alguna ante comentarios tan llenos de odio y que constituyen una clara apología del crimen.

Un primer y llamativo aspecto de este terrible suceso es que los españoles vivimos bajo la ley del embudo. Muchos nos hemos preguntado qué habría pasado de haber sido al revés: probablemente hasta el presidente del gobierno habría salido en televisión para declarar su repulsa por el hecho, y el mismo rey hubiera sin duda mencionado el luctuoso episodio en su mensaje navideño. Habríamos tenido noticias del ataque en todos telediarios durante muchos días y aun semanas, a todas horas, y habríamos visto desfilar a todos los políticos de todos los partidos mostrando su apoyo y solidaridad a la familia de la víctima y manifestando su condena. No hubiera faltado a la cita de la indignación el minuto de silencio en los ayuntamientos de toda España e incluso algunas manifestaciones en las calles al grito de "¡Fuera fascistas de nuestros barrios!", "¡No pasarán!"...

Pero no ha sido al revés, nunca es al revés. La izquierda, en su curiosa esquizofrenia mental, afirma una cosa y la contraria, según le convenga. Los mismos que piden respeto, que exigen libertad de expresión y de pensamiento, no dudaron en desear la muerte de ancianos y pueblerinos, a los que consideran votantes del PP. Los mismos que llaman "presos políticos" a secesionistas u "hombres de paz" a terroristas convictos justifican el asesinato de un hombre por llevar unos tirantes con los colores de España o hacen chistes burlándose de las víctimas del terrorismo. Los mismos que matan españoles o que justifican que otros lo hagan son los que llevan camisetas de "Wellcome Refugees". El amor a los otros suele ser demasiadas veces la contrapartida obligada del odio a los nuestros. Los que gritan consignas pidiendo refugiados acompañan a menudo sus enfermizas vociferaciones con aullidos de odio a los españoles.


Porque en realidad todo viene a ser lo mismo: odio a España, odio a lo español, deseo de destruirla de cualquier modo y a cualquier precio. La violencia de la izquierda es siempre "libertad de expresión". La violencia de la derecha es inexistente o casi, pero da igual: hay que matar a los "malos", dicen claramente los "buenos", los autoproclamados defensores de la Humanidad, en sus tuits, donde ascienden a "fascista" o "nazi" a todo aquél que piense a contracorriente de su pervertida ideología de odio e intolerancia.

En el neolenguaje actual ser nazi es lo peor de lo peor. Violador de niños, asesino de ancianas, terrorista con sangre hasta las cejas...: todo eso es poca cosa ante la maldad suprema de ser de "extrema derecha" o "nazi". El problema siempre es la extrema derecha, nunca los asesinos, los verdaderos violentos.

Por supuesto, los medios digitales han recogido la noticia de modo acorde a su ideología de fondo, pero todos, incluso los menos sospechosos de simpatías por la filiación política del asesinado reconocen que, según la autopsia y los testigos del hecho, Laínez fue atacado por la espalda, y que cuando estaba moribundo en el suelo fue pateado en la cara por su asesino. Por tanto, sólo cabe creer en la profesionalidad de los forenses y en la honestidad de los testigos. ¿Todos han mentido? Dice un refrán que "piensa el ladrón que todos son de su condición". Quizás los más acostumbrados a mentir y manipular son los que primero sospechan de manipulación cuando las noticias no son a su favor. Porque, no nos engañemos: matar a sangre fría a un hombre por considerarlo fascista es propio de asesinos. Un fascista, real o supuesto no tiene derecho a la vida: es un principio indiscutible para esta clase de fanáticos odiadores sedientos de sangre.

Nada más. El asesinato de este hombre es un claro ejemplo de hasta dónde es posible ser estúpido y malvado. Twitter se ha llenado de mensajes en los que se acusa a los medios de manipular la muerte para presentar como víctima al asesino. Sin embargo, tanto la autopsia como los testigos cuentan la misma versión: no ha habido manipulación. Lógicamente, el asesino cuenta su versión de los hechos, como la mayor parte de los pillados en un delito niegan lo sucedido o, si no pueden negarlo, intentan justificarlo como sea: "Él me atacó, fue en defensa propia..." (versión que desmienten la autopsia y los testigos).

¿Por qué hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos llegado a que se mate a un hombre por llevar unos tirantes con la bandera de España? La realidad es que en España son muchos los agredidos y los amenazados de muerte por exhibir banderas de España o por querer hablar español en España, por amar a su país, un crimen supremo, una aberración imperdonable que se ha de pagar con sangre. El odio ante lo español se ha ido fomentando desde todos los ámbitos de la vida política durante décadas. Defender lo español es propio de "fascistas" y por tanto, a todo aquel que defienda lo español está bien atacarlo, agredirlo, amenazarlo o incluso matarlo. Los mismos políticos y medios que manifiestan su desprecio a la bandera, a las tradiciones, a nuestra cultura, son los que fomentan la violencia contra España y los españoles que aman y defienden su país.

Decía que un primer y llamativo aspecto es la ley del embudo. Pero un segundo y peor aspecto es la vuelta a la tortilla que son capaces de hacer para interpretar la realidad a su conveniencia. No es la primera vez y no será la última. Si el primer aspecto es más bien de tipo legal, este segundo aspecto es de tipo más bien moral. En ese dar la vuelta a la tortilla cabe cualquier cosa que sirva para justificar lo injustificable. "Difama, que algo queda", parece ser uno de los lemas de esta izquierda casposa y sin más ideas ni principios que la destrucción de la España que odian.

Para justificar el asesinato empiezan a correr rumores sin contrastar. Rumores que se difunden y se siguen difundiendo sin otra finalidad que sembrar la duda en los que los leen: desde que era mentira que llevara tirantes, hasta que el asesinado llevaba una navaja y pretendió atacar a su asesino, pasando por todo tipo de historias intermedias que hemos tenido que soportar en las redes sociales. Todas ellas cuentan una verdad que la autopsia y los testigos desmienten. A eso podríamos sumar que el asesino ya dejó tetrapléjico a un policía y cumplió una corta pena de cárcel por ello (apenas dos años de los cinco de su condena inicial). Sabemos que en España sale barato matar o destrozar la vida de un hombre, sobre todo si éste no pertenece al bando de los "buenos". Y en todo caso da igual su pasado y antecedentes violentos: lo que ha hecho ahora es condenable en sí mismo. El asesinado podría tener la ideología que tuviera (¿eso es en sí un crimen?), pero hasta donde he podido buscar, no tenía antecedentes penales como su asesino. Sin embargo, se justifica que se mate a una persona inocente y pacífica por su forma de pensar, y se justifica que una persona que fue condenada porque con su violencia destrozó la vida de un hombre dejándolo tetrapléjico lo mate. ¿Alguien puede entender esta aberración? Este episodio, como tantos otros de similar naturaleza pinta una imagen lamentable e inquietante del estado moral de la sociedad española y augura una deriva de aterradoras consecuencias.

Estamos en un sistema de subversión de valores: se lanza el mensaje, y no de modo muy sutil, ciertamente, que por ser de una ideología concreta un ser humano merece la muerte. Sólo un partido político ha reaccionado presentando una querella criminal contra el asesino.

Los demás se pierden en retóricas, y mientras hablan del mar y los peces, un hombre ha muerto violentamente asesinado por pensar de un modo diferente al de su asesino, y no son pocos los políticos que lo justifican y hasta se alegran en su fuero interno.

Estamos tan inmersos en ese sistema, que no nos damos cuenta de hasta qué punto hemos llegado, asomándonos al abismo. Y probablemente no podremos salir de ahí, ya que somos pocos los que reflexionamos sobre los acontecimientos con una cierta distancia emocional, necesaria por otra parte para poder sacar conclusiones racionales. Vivimos en la España del doble rasero, esa España donde los "malos" lo son por pensar cosas concretas, no por dejar tetrapléjico a un hombre que hacía su trabajo, donde los noticieros prefieren hablar de pasarelas de moda o de los programas estrella que se retransmitirán a la noche en la misma cadena en lugar de hablar del asesinato de un hombre inocente por sus ideas, donde el odio sólo es odio cuando viene de un lado, y siempre del mismo. Es como si el odio sólo existiera en un sentido, nunca en el otro.

Estamos alimentando un monstruo: el odio como forma de convivencia y sistema de relación humana. Nuestra sociedad camina hacia escenarios de violencia y derramamiento de sangre. Unos hacen como si no se enteraran y miran hacia otro lado, y otros se frotan las manos, satisfechos de la buena marcha de su programa de intolerancia, odio y muerte.

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