Por James Neilson |

A veces parecería que el presidente norteamericano Donald Trump es el único mandatario occidental al que le cuesta creer que el Islam realmente es, como decían una y otra vez sus antecesores George W. Bush y Barack Obama, “la religión de la paz”. Para indignación de casi todos los políticos e intelectuales de la parte más próspera de Europa, además de los progresistas de su propio país, sigue insistiendo en que sería un grave error abrir las puertas de Estados Unidos para que entren millones de musulmanes porque a buen seguro incluirían a yihadistas como aquellos que ya han perpetrado atentados sanguinarios en diversas ciudades de Francia, el Reino Unido, Alemania y Bélgica.

Fue de prever, pues, que la decisión de Trump de reconocer que Jerusalén es la capital de Israel –como ya había hecho, por una mayoría abrumadora, el Congreso norteamericano en 1995 y como hizo el gobierno ruso en abril pasado– provocara el repudio indignado de los biempensantes de medio planeta que lo acusaron de agravar todavía más una situación ya explosiva.

Estarían en lo cierto si, como tantos afirman creer, hubiera motivos para suponer que la violencia que está convulsionando el Oriente Medio tiene su origen en el conflicto entre los israelíes y los árabes palestinos, pero sólo se trata de una ilusión que es cara a los occidentales porque les permite analizar los problemas de la región conforme a sus propias pautas.

En las semanas que siguieron al anuncio de que Estados Unidos trasladaría la embajada de su país desde Tel Aviv a Jerusalén, los líderes de medio centenar de países islámicos se encargaron de aclarar que para ellos el enfrentamiento con Israel no es una mera disputa territorial, una que podría solucionarse con cierta facilidad, sino una prioridad religiosa.

La verdad en que a personajes como el presidente turco Recep Erdogan, los ayatolás iraníes y los emires del Golfo Pérsico les importan muy poco los presuntos derechos de los palestinos que, al fin y al cabo, han sufrido mucho más a manos de sus correligionarios que de los israelíes. Lo que quiere “el mundo musulmán” no es un arreglo territorial más o menos equitativo sino, como dicen sin tapujos los teócratas iraníes, los yihadistas sunitas y hasta los palestinos “moderados”, borrar el “ente sionista” de la faz de la Tierra.

Por razones propagandísticas, desde el siglo VI los musulmanes se han apropiado sistemáticamente de sitios sagrados ajenos. En cuanto hayan podido, convirtieron en mezquitas las iglesias, sinagogas, templos hindúes o budistas que encontraron en su paso a fin de subrayar su supremacía.

Es lo que hicieron con Jerusalén: juran que la ciudad les es tan sagrada como lo es para los judíos y cristianos porque Mahoma la visitó brevemente montado sobre un caballo alado, Buraq. Puede que la tradición del célebre “viaje nocturno” del profeta no sea muy convincente, pero los políticos e intelectuales occidentales, tan escépticos ellos hacia las creencias cristianas, prefieren mantener un silencio respetuoso por miedo a lo que sucedería si se atrevieran a burlarse de quienes dicen tomarla en serio.

Hasta ahora, los dirigentes europeos han procurado apaciguar a los musulmanes dándoles lo que piden, pero a juzgar por todas las encuestas de opinión el grueso de sus compatriotas ha llegado a la conclusión de que los esfuerzos en tal sentido son contraproducentes.

Aunque a pocos europeos occidentales les gusta Trump, la mayoría simpatiza con su forma de enfrentar el desafío planteado por el islam militante que es mucho más que un culto religioso, ya que entraña un proyecto político expansionista.

La experiencia reciente les ha enseñado a los europeos del montón que, en virtualmente todas sus muchas variantes, el islam es incompatible con la democracia laica. Temen que, si alcanza una masa crítica, como bien podría en Francia, Alemania, Suecia y el Reino Unido en los años próximos, Europa se transformará en una zona tan conflictiva como el Oriente Medio, África del Norte, Pakistán y Afganistán. ¿Exageran? Es posible, pero la preocupación que tantos sienten puede comprenderse.

En las décadas últimas, una proporción sustancial de los europeos ha dado la espalda al cristianismo.

Hay señales de que algo parecido está sucediendo en el mundo musulmán, pero quienes se aferran a la fe ancestral están mucho más resueltos que sus equivalentes cristianos a impedir que los racionalistas canten victoria, razón por la que los apóstatas, si tienen suerte, se ven expulsados de las comunidades en que se formaron o, si no la tienen, sufren la pena de muerte que está prevista por la ley islámica.

Los europeos frente al desafío islámico


Por James Neilson |

A veces parecería que el presidente norteamericano Donald Trump es el único mandatario occidental al que le cuesta creer que el Islam realmente es, como decían una y otra vez sus antecesores George W. Bush y Barack Obama, “la religión de la paz”. Para indignación de casi todos los políticos e intelectuales de la parte más próspera de Europa, además de los progresistas de su propio país, sigue insistiendo en que sería un grave error abrir las puertas de Estados Unidos para que entren millones de musulmanes porque a buen seguro incluirían a yihadistas como aquellos que ya han perpetrado atentados sanguinarios en diversas ciudades de Francia, el Reino Unido, Alemania y Bélgica.

Fue de prever, pues, que la decisión de Trump de reconocer que Jerusalén es la capital de Israel –como ya había hecho, por una mayoría abrumadora, el Congreso norteamericano en 1995 y como hizo el gobierno ruso en abril pasado– provocara el repudio indignado de los biempensantes de medio planeta que lo acusaron de agravar todavía más una situación ya explosiva.

Estarían en lo cierto si, como tantos afirman creer, hubiera motivos para suponer que la violencia que está convulsionando el Oriente Medio tiene su origen en el conflicto entre los israelíes y los árabes palestinos, pero sólo se trata de una ilusión que es cara a los occidentales porque les permite analizar los problemas de la región conforme a sus propias pautas.

En las semanas que siguieron al anuncio de que Estados Unidos trasladaría la embajada de su país desde Tel Aviv a Jerusalén, los líderes de medio centenar de países islámicos se encargaron de aclarar que para ellos el enfrentamiento con Israel no es una mera disputa territorial, una que podría solucionarse con cierta facilidad, sino una prioridad religiosa.

La verdad en que a personajes como el presidente turco Recep Erdogan, los ayatolás iraníes y los emires del Golfo Pérsico les importan muy poco los presuntos derechos de los palestinos que, al fin y al cabo, han sufrido mucho más a manos de sus correligionarios que de los israelíes. Lo que quiere “el mundo musulmán” no es un arreglo territorial más o menos equitativo sino, como dicen sin tapujos los teócratas iraníes, los yihadistas sunitas y hasta los palestinos “moderados”, borrar el “ente sionista” de la faz de la Tierra.

Por razones propagandísticas, desde el siglo VI los musulmanes se han apropiado sistemáticamente de sitios sagrados ajenos. En cuanto hayan podido, convirtieron en mezquitas las iglesias, sinagogas, templos hindúes o budistas que encontraron en su paso a fin de subrayar su supremacía.

Es lo que hicieron con Jerusalén: juran que la ciudad les es tan sagrada como lo es para los judíos y cristianos porque Mahoma la visitó brevemente montado sobre un caballo alado, Buraq. Puede que la tradición del célebre “viaje nocturno” del profeta no sea muy convincente, pero los políticos e intelectuales occidentales, tan escépticos ellos hacia las creencias cristianas, prefieren mantener un silencio respetuoso por miedo a lo que sucedería si se atrevieran a burlarse de quienes dicen tomarla en serio.

Hasta ahora, los dirigentes europeos han procurado apaciguar a los musulmanes dándoles lo que piden, pero a juzgar por todas las encuestas de opinión el grueso de sus compatriotas ha llegado a la conclusión de que los esfuerzos en tal sentido son contraproducentes.

Aunque a pocos europeos occidentales les gusta Trump, la mayoría simpatiza con su forma de enfrentar el desafío planteado por el islam militante que es mucho más que un culto religioso, ya que entraña un proyecto político expansionista.

La experiencia reciente les ha enseñado a los europeos del montón que, en virtualmente todas sus muchas variantes, el islam es incompatible con la democracia laica. Temen que, si alcanza una masa crítica, como bien podría en Francia, Alemania, Suecia y el Reino Unido en los años próximos, Europa se transformará en una zona tan conflictiva como el Oriente Medio, África del Norte, Pakistán y Afganistán. ¿Exageran? Es posible, pero la preocupación que tantos sienten puede comprenderse.

En las décadas últimas, una proporción sustancial de los europeos ha dado la espalda al cristianismo.

Hay señales de que algo parecido está sucediendo en el mundo musulmán, pero quienes se aferran a la fe ancestral están mucho más resueltos que sus equivalentes cristianos a impedir que los racionalistas canten victoria, razón por la que los apóstatas, si tienen suerte, se ven expulsados de las comunidades en que se formaron o, si no la tienen, sufren la pena de muerte que está prevista por la ley islámica.

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