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Violación de europeas: un paso más en la agenda de islamización y conquista


Por Yolanda Couceiro Morín | 

Las agresiones sexuales masivas de Colonia y otras ciudades alemanas, ocurridas desde 2015, nos han puesto ante la realidad, anticipada por unos y negada por los demás, de la verdadera naturaleza y dimensión del choque de culturas en marcha. Antes de Colonia, esta realidad nos golpeaba en medio de la ocultación de las autoridades o la indiferencia de un público adormecido por el narcótico de la propaganda del Sistema, difundida, mañana, tarde y noche por una multiplicidad de canales y medios. Los acontecimientos de la Nochevieja de hace dos años, por su carácter masivo y por la circunstancia añadida de la reciente ola de "refugiados" acogidos por la soberbia inconsciencia de Mamá Merkel, de cuyas filas provenían no pocos de los agresores, no pudieron ser ocultados. Desde entonces Colonia está en todas partes. No pasa un día sin un episodio, masivo o individual, de este género. Las violaciones en grupo o en solitario de mujeres europeas a manos de musulmanes están convirtiéndose en parte de la cotidianidad de un continente, que hasta hace muy poco era sin duda el lugar más seguro para las mujeres en todo el orbe.

¿Qué está ocurriendo? O mejor dicho ¿por qué está ocurriendo? Los inmigrantes y los "refugiados", acogidos a la generosa hospitalidad de los europeos, están agrediendo y violando a las mujeres de sus benefactores. Las peores predicciones se han cumplido, los malos presagios se han materializado. Ante la imparable islamización de Europa, con el golpe de acelerador de la acogida de millones de nuevos inmigrantes musulmanes que vienen esta vez con la etiqueta de "refugiados", nada de lo que está pasando había escapado a la capacidad de anticipación de las mentes más esclarecidas. No está ocurriendo nada que no estuviera previsto desde hace tiempo. Estamos viviendo el penúltimo capítulo de una larga historia basada en el binomio civilización/barbarie. No es nada nuevo.

Ante la realidad de un mundo que quiere entrar en nuestra casa por las buenas o por las malas, unos advierten de los peligros de abrir las puertas de par en par, mientras tanto otros esperan en el umbral de sus casas con ramos de flores y pancartas de "Welcome Refugees". Pero los roles están distribuidos sin posibilidad de modificación: los "malos" se oponen a acoger toda la miseria y la barbarie del mundo, los "buenos" les abren los brazos y sus corazones. La prudencia de los que todavía no han sido sometidos mentalmente por la propaganda oficial es considera simplemente como la perversa manifestación del egoísmo, del odio, del rechazo, de la intolerancia, etc, etc... El cínico cálculo político de los dirigentes ha sido acogido con aplausos por el buenismo. Hemos asistido a escenas grotescas: jóvenes europeas esperando en los andenes a los "refugiados" con letreros de acogida y repartiendo abrazos y besos.

¿De dónde proviene ese angelismo? La acogida del "refugiado", del demandante de asilo, que supuestamente huye de alguna guerra en Oriente Medio o más allá, se basa en una sobredosis de ingenuidad. Todos estos buenos humanitarios, tan contentos de sí mismos por la exhibición de su solidaridad con los recién llegados, sólo ven en esos "refugiados" su supuesto estatus de perseguidos y desamparados, no su cultura ni sus costumbres. Este "refugiado" es la víctima que recoge la proyección del occidental, la convicción de su deber humanista o su sentimiento de culpabilidad. En ese "refugiado" ven al sobreviviente de una tragedia y olvidan que éste viene de una cultura que tiene su propia visión de Dios, del mundo, del hombre, de la mujer, y de todo lo demás.

La compasión, artificialmente creada por una poderosa red de medios, ha obnubilado a las mentes y la sensiblería ha reemplazado el análisis exacto que la fría racionalidad exigía. Estamos pagando las consecuencias de ese empacho de buenismo, de esa crasa falta de inteligencia, de ese razonamiento viciosamente equivocado, de esa vulgar soberbia autocomplacida que niega la realidad en aras de una ficción que los hechos pronto ha desmentido.

En Occidente, el llamado refugiado y el inmigrante salvará su vida, mejorará su existencia, pero no por ello abandonará su cultura. Precisamente, ocurrirá lo contrario, porque su cultura es lo único que le queda frente a la pérdida de sus raíces y al choque con un nuevo país. La relación con la mujer, un punto esencial de la modernidad occidental, le será incomprensible durante todo el tiempo que permanezca atado física y mentalmente a su cultura de origen, o sea para siempre en la inmensa mayoría de los casos. Sólo tenemos que ver el grado de aceptación de la cultura occidental, la asimilación de la población musulmana en Europa a sus costumbres y valores: después de 3 y hasta 4 generaciones (como en Francia), los musulmanes siguen siendo refractarios a toda forma de integración en sus países de acogida. Y es que ellos nunca se han visto como futuros o cumplidos ciudadanos de tal o cual país, sino como colonizadores destinados a conquistar y dominar.

Y esa conquista y dominación se empieza a ejercer con la mujer del país que le abre las puertas a esa humanidad que no conoce más ley que la supuesta superioridad que le da su condición de creyentes de la verdadera fe frente a la corrupción de la sociedad de acogida. Nuestros países son considerados con el mismo criterio que nos aplican como mujeres europeas: un territorio a conquistar, un objeto a someter, una propiedad disponible.

El musulmán viene de ese universo doloroso y angustioso que es la miseria sexual en el mundo de Alá, la relación enfermiza con la mujer, el cuerpo y el deseo. Acoger a estos "refugiados" en nuestras sociedades no los cura de todos esos males, al contrario exacerba sus frustraciones y sus apetitos y le permite dar rienda suelta a su desenfreno. Si en sus países de origen la brutalidad ambiente ponía freno a sus instintos, con la seguridad de un castigo despiadado a cualquier infracción a los códigos locales, aquí, en el continente de la tolerancia, la acogida, la democracia y los derechos humanos, estas fieras se entregan a la comisión de desmanes bárbaros sin el miedo a unas represalias contundentes.

Esa libertad, el inmigrante, el "refugiado" musulmán es incapaz de asumirla. Occidente es visto a través el cuerpo de la mujer: la libertad de la mujer es vista a través de la categoría religiosa del pecado o de la virtud. El cuerpo de la mujer no es visto como el lugar de la libertad esencial como valor de Occidente, sino como una decadencia, un pecado, una tentación.

El sexo es la mayor miseria en el mundo de Alá. Eso es así al punto de que ha dado nacimiento a ese porno-islamismo que predican esos islamistas para reclutar a sus fieles: descripciones de un paraíso más cercano del burdel que de la recompensa para gente piadosa, fantasías sobre vírgenes para los hombres-bomba, caza de cuerpos en los espacios públicos, puritanismo de las dictaduras islámicas, velo y burka.

El islamismo es un atentado contra el deseo. Y ese deseo viene, a veces, a explotar en Occidente, allí donde la libertad es tan insolente. Porque en tierra de islam sólo hay salida después de la muerte y el juicio final. Mientras tanto, esa prórroga fabrica zombíes, hombres-bomba que sueñan con confundir la muerte con el orgasmo, o frustrados que sueñan con alcanzar Europa para escapar a la trampa de su frustración sexual sin pasar por el martirio y sus soñadas recompensas en el más allá. El islamista no ama la vida, todo en él es una manifestación del odio a la vida, al deseo de vivir, a la creación y la libertad. Pare él la vida no es más que el paso previo a la eternidad, una tentación, un tiempo inútil, un alejamiento de su dios, un retraso a su cita con Alá. La vida no es más que la preparación para ese momento, una oportunidad para hacer méritos de cara a ese gran encuentro.

Las agresiones sexuales contra mujeres europeas y los atentados terroristas de los yihadistas en nuestro suelo son una misma cosa: la violación de una cultura, una civilización y unos valores que están siendo sometidos a la ferocidad vengadora de los soldados del Profeta. Toma de posesión de las mujeres de los infieles, conquista de sus tierras : éste es el programa, y ésta es la función que se está representando en el teatro de nuestra aterradora insensatez, de nuestra imperdonable pasividad, de nuestra inaceptable pusilanimidad.

Colonia nos puso ante una alternativa crucial: cerrar las puertas o cerrar los ojos. El buenismo estúpido, el angelismo suicida, ha decidido cerrar los ojos. Si no nos resignamos a ser arrastrados por esta locura, sólo nos queda someter nuestra inteligencia a la cruda realidad de la tragedia en marcha y cerrar las puertas.

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