Última hora

“Una resistencia olvidada”. Del Historiador Víctor Javier Ibáñez


Por. José Vte. García Puig | 

El pasado sábado, 2 de Diciembre, después de venir de la presentación en Valencia del libro de Víctor Javier Ibáñez, de encontrarme con muchos amigos y algún curioso, que se ha acercado hacia el Casino La Agricultura, donde solo esperaban a unas ochenta personas y han acudido unos doscientas. Un éxito total por parte de los organizadores -C.C. Abanderado de la Tradición- me atrevo a escribir sobre el libro de mi amigo Víctor Javier, que hace meses en el Pardo me lo dedico, y también basándome en entrevistas y varios comentarios que de éste libro ha hecho me pongo a comentarlo.
Cuando empiezas a leer este libro, -el que hoy se presente en Valencia- sientes una doble contradicción de sensaciones. La primera la tristeza al contemplar cómo las victimas del terrorismo de ETA fueron totalmente humilladas, aisladas, despreciadas…. No solo por sus verdugos, sino también por la sociedad que les rodeaba y la casta política de la transición que se estaba forjando y que hoy tantas lecciones, de moralidad y patriotismo nos quieren dar. Pero también, y sería la segunda, despierta la alegría y la esperanza de que estas páginas, escritas con amor –y a la vez rigor- nos permita perpetuar su recuerdo y memoria obligada. El texto que leemos se centra, bien es verdad, en aquellos carlistas que fueron asesinados por ETA. Muchos de ellos vascohablantes, euskaros por los cuatro costados, foralistas, euskalzales y, sin embargo, profundamente españoles.

El joven historiador, Víctor Javier, realiza una labor verdaderamente, sabia, concreta y estudiosa. Ha buscado y se ha metido en la verdadera época, en publicaciones, en testimonios orales, rescatando del olvido, el incalculable valor de la biografía de los asesinados, ha recopilado, fotografías que ponen rostro a los listados de nombres, y, ha circunscrito muy bien. Los asesinatos por parte de ETA de carlistas en las Vascongadas durante la transición era parte de una estrategia y no fue mera casualidad.


“UNA RESISTENCIA OLVIDADA” no se limita a una lista de mártires. Afronta también el análisis del mundo abertzale y lo que realmente ha representado. El mundo etarra tuvo sus evoluciones ideológicas y buscó modelos en Israel, en los movimientos de liberación tercermundistas o en el marxismo, pero siempre tuvo un último objetivo: monopolizar todo lo que representara o se dijera vascuence. Por eso en el carlismo encontró su primer enemigo.

Cuando una inexperta ETA, empieza sus primero ataques se dirigieron contra los carlistas. Ejemplo de ello fue el intento de hacer descarrilar, el 18 de julio de 1961, un tren que transportaba más de 500 requetés vascos excombatientes a San Sebastián. A este infructuoso ataque siguieron asaltos a Iglesias donde se hallaban banderas de tercios carlistas vascongados, para quemarlas; o destrucción de monolitos y monumentos que recordaban la ofrenda martirial de requetés vascos y navarros en la Cruzada del 36. O, en otro orden de agresiones, la presión brutal que recibió El pensamiento Navarro, los ataques hasta con bombas, los robos de ejemplares para evitar su distribución, en fin, toda una serie de acciones hasta que lograron su cierre en 1981.

Los ataques más cercanos pronto alcanzaron incluso las viviendas de los tradicionalistas más significativos. Donde, por ejemplo, en 1968 destruyeron el caserío del alcalde tradicionalista de Lazcano. No fue el único. Igual suerte sufrieron los Landaluce y muchos otros carlistas que vieron saltar hechos pedazos sus caseríos. Meritorio reconocimiento es el que hace el autor a la familia Baleztena, en Leiza, en la Navarra más vascohablante y que fuera señera del carlismo navarro. Su caserón en la plaza principal del pueblo, fue testigo y recoge recuerdos de casi dos siglos de historia vasco-navarra. Pero poco importa a los abertzales que siempre, aún hoy, han convertido el caserón en objeto de sus iras y agresiones.

Pero también llegaron los asesinatos de personas reales y concretas. En este punto el libro recoge perfectamente la estrategia de ETA: cada asesinato implicaba terror, desmoralización, desmovilización e incluso la diáspora, de aquellos que se enfrentaban cara a cara al nacionalismo, fuera del PNV, fuera de ETA. Ello queda reflejado en un libro de Florencio Dominguez, cuando relata el asesinato del tradicionalista Carlos Arguimberri: “La extensión del miedo se produce cuando diferentes sectores de la sociedad vasca empiezan a sentir que corren peligro de ser atacados … con el asesinato de Carlos Arguimberri, ETA comienza a atacar ciudadanos vascos de a pié … desde 1975 a 1977, la práctica totalidad de las víctimas son de origen vasco como lo revelan sus apellidos” (p. 39) y carlistas, añadimos nosotros.

Víctor Javier Ibáñez, teje muy bien el ambiente que creaban estos asesinatos: “Esta limpieza ideológica iba paradójicamente acompañada de una limpieza étnica pues el clima de imposición nacionalista se ceba contra muchos linajes históricamente vascos … (que) se encontraron socialmente aislados y desamparados de toda protección pública”.


Muchos carlistas-tradicionalistas asesinados eran bien conocidos en sus pueblos y, por tanto, víctimas fáciles. El gobierno central se destacó por su inoperancia y falta de responsabilidad para con las víctimas potenciales. Tardaría mucho en llegar los dispositivos de seguridad pública y privada especialmente para los políticos de los grandes partidos ya sentados en el poder. Por el contrario, en los orígenes de la transición, muchos carlistas que aún mantenía el rescoldo de lo que era la herencia de un siglo y medio de resistencia, se comprometieron en la política local. La falta de una estructura política en el carlismo suficientemente sólida (por impedimentos del anterior régimen), le llevó a militar en los nuevos partidos que se habían formado. Pero fueron asesinados por carlistas, no por militantes de partidos democráticos.

El mundo abertzale, con estos asesinatos pretendía influir directamente en el estatuto vasco que se estaba negociando. En la República el Estatuto fue refrendado por los alcaldes, y por ello vieron que toda presión contra los cargos municipales permitiría un estatuto con grandes beneficios para sus intereses. Dejando de lado este asunto, el autor consigue aproximar al lector a la complejidad que vivía el carlismo vasco y por ende el español. El desgaste ante el Régimen franquista, las desviaciones eclesiásticas hacia el nacionalismo, las dificultades dinásticas en las que quedó inmerso, por no decir atascado, el propio carlismo y, sobre todo, el desastre doctrinal posconciliar, dejaron al carlismo en ciernes. Aun así, sus ganas de luchar por la foralidad y la españolidad de las Vascongadas, les colocaron a muchos en el disparadero.

No hay comentarios