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Welcome Refugees: La emoción como política de estado


Por Yolanda Couceiro Morín | 

En Europa vivimos en el tiempo de la emoción, del lamento y el lloriqueo. El buenismo de nuestro mundo exige en contrapartida obligada a su reblandecimiento, su falta de energía, su incapacidad para la acción, y su aptitud para la empatía para con todo el planeta antes que su interés por el bienestar general de nuestras sociedades.

Ante la avalancha continua de "refugiados" que llegan en oleadas cada día a nuestras costas o nuestros aeropuertos, los gobernantes europeos toman decisiones basadas en las emociones y no en la más cruda realidad: nuestros países no pueden acoger a todos estos supuestos refugiados. Y por lo demás, tampoco deben hacerlo por simple seguridad nacional. Nuestras sociedades se ven fragilizadas, amenazadas y violentadas por esta invasión organizada, y son expuestas a peligros de todo tipo con la llegada masiva de millones de personas de otras culturas y hábitos, que no tienen, la mayoría de ellas ninguna intención de respetar a los países de acogida ni hacer el menor intento de integrarse en ellos.

En Europa rige actualmente el imperio de la emoción, debidamente fomentado por los grandes medios. A falta de políticas de Estado coherentes y benéficas para los pueblos, los gobiernos de muchos países europeos ceden a la presión de una avalancha migratoria sin precedentes. Y la única explicación que le dan a sus ciudadanos para llevar acabo tales despropósitos es el recurso ininterrumpido a la emoción. Como apelar a la razón sería totalmente ineficaz, vista la magnitud y gravedad de la rueda de molino con la que se quiere hacer comulgar a los pueblos europeos, se recurre al sentimentalismo, a la sensiblería. Lo que no entre por la cabeza que entre por el corazón. La emoción antes que la razón, el sentir antes que el pensar. Ese parece ser el método de las élites europeas para imponer y hacer aceptable a los europeos su invasión por una marea incontrolable de seres que les están desplazando a marchas forzadas de sus tierras ancestrales.

La foto de Aylan, el niño sirio ahogado en la playa turca de Bodrum, fue uno de los detonantes de lo que se ha dado en llamar la "dictadura de la emoción", que intenta forzar mediante lágrimas e indignación las últimas resistencias basadas en la razón ante esta invasión que se está llevando por delante miles de años de civilización europea.

El precio, mejor dicho la recompensa a esa foto, fue la apertura de las fronteras de Europa a cerca de 1.500.000 de "refugiados" sirios, muchos de los cuales eran en realidad, afganos, somalíes, sudaneses, pakistaníes, etc... Desde entonces la llegada de esos candidatos al "paraíso europeo" no se ha detenido, a pesar de las trabas que han empezado a erigirse en varios países del centro de Europa. Hasta los propios alemanes se han dado cuenta que la gravedad de lo que han propiciado e intentan ahora frenar en lo posible esa migración masiva y descontrolada. Pero nada indica que no vayamos a asistir en cualquier momento a otro capítulo de esta programada invasión. En cuanto "los que mandan de verdad" les dén las órdenes pertinentes a sus subalternos, estos ejecutarán sin rechistar esas directrices.

La idea del reparto de cientos de miles de estos llamados refugiados entre los países de la Unión Europea está estancado, de momento. Cuatro países de Europa Central, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia se oponen a este reparto obligatorio. Muchos otros, no dicen nada, pero se alegran del fracaso de las negociaciones. Otros se resignan a asumir la cuota decidida desde Bruselas, Berlín y París. La tendencia general, sin embargo, es a la prudencia en estos momentos, por no decir al rechazo de nuevos contingentes de "refugiados". Las victorias, hace pocas fechas en Austria y República Checa, de los partidos antiinmigración (xenófobos en la jerga oficial de la prensa y la política bienpensante) nos da el tono general de una Europa que empieza a preocuparse en serio por esta invasión sin precedentes de poblaciones extrañas a su cultura.

España, para ser diferente, no sólo no se opone sino que reclama a voz en grito "refugiados". Lo hemos visto no hace mucho en Barcelona y en otras ciudades de este "país de países", como algunos definen ahora a España. Pero si España parece haber cambiado de nombre, sigue al parecer con su vocación de ser "diferente". O sea a contracorriente de la tendencia general a su alrededor.

España no tiene ni para pagar las pensiones, la crisis catalana puede pasar una factura que haga entrar a esa región en recesión y que afecte al conjunto de España, y el gobierno se permite el lujo de recibir hace apenas una semana (26/10/2017) a 194 nuevos "refugiados", cuando lo que deberían hacer estos es volver a sus casas, puesto que sólo queda en manos de los fanáticos del Estado Islámico el 10% del territorio sirio.

Y todo el arco político español llorando por la "vergüenza" de incumplir con su cupo de colonizadores mahometanos, exigiendo acoger más y más "refugiados", para que vengan a sembrar el desorden, la ruina y el conflicto. Eso es lo único en que parecen estar de acuerdo todos: aquí no hay disensión ni disparidad de criterios.

Estos mal llamados refugiados vienen a vivir a costa del arruinado contribuyente español. Desde septiembre de 2015, España ha recibido, por el capricho del gobierno y la imposición de Bruselas, 2.190 "refugiados" musulmanes, a gastos pagados. ¿Qué gana España y los españoles con eso? Es un misterio envuelto en un enigma. O no.

Pero para la mayoría de la gente, lo que dicen los grandes medios (extrañamente de acuerdo en este punto) es la Biblia en arameo. La necesidad de sentirse buenos, generosos y solidarios (con los ajenos antes que con los propios, por cierto) prima sobre el simple sentido común. Una vez que la propaganda ha calado en las personas, la ideología sustituye a la realidad. Es una especie de droga: enajena y se vuelve adictiva. Saturados de esa Verdad, que le sirven en dosis diarias los medios, los afectados ya no distinguen la noche del día y toda acción o palabra encaminada a sacarlos de esa distorsión de la realidad es sentida como una blasfemia, como una herejía, como una locura, como un crimen.

Miles de personas se hacinan en las fronteras internas de Europa. Otros sueñan desde sus campamentos del Líbano, Turquía, Jordania o Libia con llegar también a Europa. Las imágenes, convenientemente aderezadas con todos los condimentos del drama y la sensiblería, por los medios de comunicación del Sistema, de niños, ancianos, mujeres y hombres desesperados, bañados en polvo, barro y lágrimas, van a seguir alimentando la emoción de muchos europeos.

Que unos ciudadanos se conmuevan y saquen de sus armarios las camisas y pantalones que ya no les sirven, para ofrecérselos a gente supuestamente necesitada es algo que podemos comprender, pero que los gobiernos caigan en el mismo reflejo parece algo más que ingenuo. Europa no puede dar refugio a los millones de personas que se agolpan ante sus puertas. A los políticos no se les puede pedir la resolución automática de todos los problemas. Pero, al menos, se les debe exigir que sus decisiones no supongan la creación de más problemas para sus pueblos. De momento es lo que hacen: crear problemas donde antes no los había.

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