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La progresiva islamización de Francia y los nuevos colaboracionistas


Por Giulio Meotti |

Hace unos días fue juzgado Abdelkader Merah, hermano del terrorista islámico que mató a disparos a cuatro judíos en Toulouse en 2012, acusado de cómplice de terrorismo. "A partir de 2012, entramos en una nueva era del terrorismo, donde antes nos creíamos seguros. Fue un punto de inflexión en la historia francesa", dijo Mathieu Guidere, profesor de Estudios Islámicos en París.

Desde entonces, Francia ha sufrido varios ataques de los fundamentalistas islámicos en Europa. El presidente francés, Emmanuel Macron, está intentando ahora gestionar una situación terrible: actualmente hay unos 350 terroristas en la cárcel; 5.800 están siendo vigilados por la policía; y otros 17.000 han sido clasificados como "amenaza potencial", mientras que, desde 2015, el terrorismo yihadista ha acabado con 240 vidas.

Parece que Francia ha decidido aceptar lo que quizá considera inevitable: la toma islámica de partes del país. Esta visión se refleja en la propia idea del "estado de emergencia". La cámara baja del Parlamento francés acaba de aprobar una nueva ley antiterrorista, por la cual se toman medidas que llevaban aplicándose dos años bajo el anterior "estado de emergencia", y que ahora han sido consagradas como leyes.

Tras el ataque asesino de enero de 2015 en las oficinas de la revista satírica Charlie Hebdo, el predecesor de Macron, el presidente François Hollande, declaró oficialmente que "Francia está en guerra". Hasta ahora, sin embargo, la guerra sólo la ha librado una parte: los fundamentalistas islámicos.
Aunque algunos estudiosos, como Gilles Kepel, creen que podría estallar una "guerra civil" en el futuro, hay un escenario más realista: un país dividido en torno a líneas demográficas y religiosas, la república laica francesa frente a los enclaves islámicos, los "cien Molenbeeks franceses", tomando el nombre del nido yihadista de Bruselas.

Francia se consideraba la joya de la civilización. Uno de los grandes intelectuales franceses, Alain Finkielkraut, dijo hace poco: "Francia se ha convertido para mí en un país físico, ya que su desaparición ha entrado en el orden de lo posible". Finkielkraut, miembro del lugar más sagrado de la civilización francesa, la Académie Française, no estaba pensando en la desaparición física de las panaderías, las tiendas de ropa o los bulevares franceses, sino que se refería a la desaparición de Francia como la capital de la cultura occidental.

Bajo el ataque del islam radical, se está minando a la civilización francesa desde dentro. Y ahora hay grandes partes de la cultura francesa que están echando agua al molino del islam. A ellas se ha referido justamente Le Figaro como "agentes de influencia del islam". Intelectuales, periodistas, políticos. Todos los que consideran a los musulmanes "los nuevos oprimidos".

El ensayista francés Michel Onfray los llamó hace poco "los nuevos colaboracionistas", como los franceses que se pusieron del lado de los nazis:
Son los que creen que el islam es una religión de paz, tolerancia y amor, y no quieren enterarse del islam de la guerra, la intolerancia y el odio. El colaboracionista sólo quiere ver el primer [tipo de] islam, creyendo que el segundo no tiene nada que ver con el islam. Estos colaboracionistas son los islamoizquierdistas.
Y están ganando la guerra cultural.

¿Cómo puede impedir Francia la toma islámica de partes del país con metástasis letales para todo el continente europeo? "Para desarmar a los terroristas, tenemos que desarmar las conciencias", ha escrito Damien Le Guay en un nuevo libro titulado La guerre civile qui vient est déjà là (La próxima guerra civil ya está aquí).

Francia tiene que dejar de hablar con los "islamistas no violentos" como los Hermanos Musulmanes, y hablar en su lugar con los verdaderos reformistas liberales, los disidentes internos del islam. El diario Le Figaro dedicó recientemente todo un número a las mujeres musulmanas de Francia que están intentando combatir el islam radical. Son periodistas, activistas y escritoras que quieren la igualdad entre hombres y mujeres, libertad de expresión y libertad sexual. Es obvio que a estas musulmanas les importa más la Ilustración francesa que a muchos no musulmanes que defienden el apaciguamiento de los islamistas.

Francia también tiene que cerrar sus fronteras a la inmigración masiva y seleccionar a los que llegan en función de su voluntad de conservar la actual cultura de Francia, y abandonar el multiculturalismo a favor de la pluralidad de confesiones en el espacio público. Eso significa reconsiderar el falso laicismo francés, que es agresivo con el catolicismo pero débil y pasivo con el islam.

Francia tiene que cerrar las mezquitas salafistas y prohibir predicar a los imanes radicales que incitan a las comunidades musulmanas contra los "infieles" y urgen a los musulmanes a separarse del resto de la población.

Francia tiene que impedir la llegada de propaganda de los regímenes dictatoriales de Oriente Medio: sus mezquitas, sus canales por satélite, sus panfletos, sus bibliotecas y sus libros.

Francia tiene que prohibir la poligamia; la sharia, la ley islámica; la mutilación genital femenina (MGF), el supremacismo islámico y los matrimonios forzosos.

Francia tiene que reforzar su alianza con Israel, el único puesto de avanzada de la cultura occidental en una región que la ha rechazado. Israel es el único aliado verdadero de Occidente en una región que se está desmoronando bajo el peso del islam radical.

Francia tiene que proteger y renovar sus tesoros cristianos. Hace unas semanas, la Catedral de Notre Dame de París lanzó un proyecto para recaudar fondos para ayudar a salvar al edificio de su deterioro. Las autoridades francesas tienen que cumplir el papel que les corresponde y no descuidar el patrimonio cristiano de Francia. Francia tiene que enviar a los islamistas el mensaje de que Francia es un país secular, no un país descristianizado.

Francia tiene que proteger a su comunidad judía, que en diez años ha perdido a 40.000 personas que han huido del país a causa de la reacción de indiferencia hacia el antisemitismo.

Francia tiene que reforzar la cultura occidental en las escuelas, los museos, las universidades y las editoriales: la Ilustración, como la fundación de la libertad de conciencia, de expresión y de religión, de la separación entre Estado e Iglesia; y la tradición judeocristiana como origen de todos los grandes logros de la cultura europea.

Francia tiene que exigir reciprocidad. El derecho a construir una mezquita en Francia debería ir asociado al derecho de los cristianos en Oriente Medio a practicar su religión: una mezquita por cada iglesia. Francia tiene las conexiones políticas y diplomáticas en África del Norte y Oriente Medio para imponer esta reciprocidad. Lo que no tiene es la voluntad política.

En resumen, Francia tiene que empezar a promover su bando en esta guerra cultural. Aunque sea demasiado tarde para recuperar todo el terreno perdido, si Francia no empieza inmediatamente, sino que se limita a "gestionar" este "estado de emergencia", las luces que se apagarán no serán sólo las de la Torre Eiffel, como ocurre tras cada atentado, sino también las de una de las más grandes civilizaciones que la historia nos ha dado jamás

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