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El ocaso de una civilización


Por Yolanda Couceiro Morín |

La manifestación de Barcelona, que de alguna manera marcaba el cierre del "protocolo europeo" para atentados (velitas, "Pray for...", minutos de silencio, lemas contra la islamofobia...), ha sido probablemente uno de los temas más comentados, examinados y criticados de los últimos tiempos. Incluso quizás más que el atentado en sí mismo.

Sin embargo, sí hay una cuestión en la que no se ha incidido lo suficiente. Y es el hecho de que la manifestación en sí no fue una respuesta a un atentado como muchos quieren hacer creer: a los que (supuestamente) va dirigida, no les importa que nos manifestemos. Seguirán matando y seguirán haciéndolo riéndose de nuestra complacencia cobarde en eslóganes tan tontos como carentes de significado: "No tengo miedo", "No nos quitarán la libertad", y por el estilo. No. La manifestación es un síntoma más, o quizás, el síntoma más evidente, de que nuestra civilización ha llegado a su ocaso. Que ya no hay más nada que rascar en este pueblo cobarde e idiotizado, aborregado por lo políticamente correcto, adoctrinado por los cantos de sirena de la multicultura, la ficticia convivencia entre culturas que chocan en su modo de entender y aceptar la vida, la pretendida e imposible tolerancia incluso hacia los intolerantes que desean imponer sus leyes mediante la violencia y el terror.

La manifestación no fue, propiamente hablando, una respuesta a quienes quieren alcanzar el paraíso mediante el asesinato de los infieles. Tampoco fue, desde luego, la expresión de dolor de un pueblo unido y coherente. Ni mucho menos fue una defensa de nuestros cacareados valores de solidaridad, tolerancia y diálogo. Y lo peor de todo: no fue una expresión de apoyo y respaldo a los familiares de las víctimas, ni fue una petición de justicia para los muertos. La manifestación fue, de principio a fin, un conjunto de despropósitos exteriorizados en las sorprendentes pancartas que portaban los asistentes y en los eslóganes que coreaban, una demostración inequívoca de la confusión de un pueblo que carece de horizontes, de ideales, de valor. Nos matan, y cantamos Imagine". Nos matan, y ponemos velas. Nos matan, y llevamos peluches al lugar de los atentados. Nos matan en nombre del islam, y coreamos "No a la islamofobia". Todos estos síntomas, por separado, quizás nos hablarían de un pueblo manipulado, un pueblo engreído y ridículo que presume de ser tolerante con quienes quieren destruirlo, convencidos, tal vez, de que su superioridad moral hará el milagro de convencer a los terroristas de que depongan las armas. Ésta es una sociedad enferma de soberbia y de autocomplacencia. Quizás todos esos síntomas, por separado, nos convenzan de que hay un pueblo dividido entre la razón y la emoción, entre la realidad que vive en su mente y la realidad que hay en las calles. Pero todos en conjunto simplemente nos muestran el fin de una civilización.

Se atribuye a Aristóteles una frase que retrata a la perfección nuestra realidad: "La tolerancia y la apatía son las virtudes de una sociedad que se está muriendo". Y efectivamente, vimos mucho de eso en la manifestación de Barcelona. Tolerancia hacia la ideología religiosa que se atribuye el asesinato. Apatía hacia las víctimas mortales, puesto que los separatistas catalanes convirtieron la manifestación en una declaración de sus paranoias y reivindicaciones ignorando el sentido común y el hecho de que ni era momento ni era lugar. Si hacemos caso a la frase de Aristóteles podríamos concluir que nuestra sociedad se está muriendo. A menos que ya esté muerta.

Por un lado, la tolerancia suicida lleva a un pueblo golpeado por el terrorismo a posicionarse a favor de la ideología religiosa en cuyo nombre se realiza, se reivindica y se produce la matanza. No nos debe valer como excusa que son "buena gente" que "no ha entendido bien el Corán". No es culpa nuestra ni de los muertos, sino en todo caso, de quienes deben transmitir "correctamente" las enseñanzas coránicas y no lo hacen, o de quienes deben corregir a quienes las entienden mal y no lo hacen. Los comunicados de algunas asociaciones musulmanas condenando los hechos y diciendo que "no representan al verdadero islam" vienen a ser el equivalente a los ositos y las velas: quizá buena voluntad, pero a todas luces, algo total, absoluta, y completamente insuficiente. De todas maneras, el hecho de que los terroristas estén equivocados o, por el contrario, sean los que mejor siguen su libro santo, da lo mismo: eso no quita los muertos. Del polo Norte al polo Sur, de Este a Oeste, todos los atentados en nombre de una religión son cometidos en nombre de una única religión: el islam. Y hay algo de incoherente, y a la vez esclarecedor, en el hecho de que nunca, en ninguna manifestación, los que dicen alejarse de la violencia cometida en nombre de su fe jamás griten "No al terrorismo en nombre de Alá", sino "No a la islamofobia".

Por otro, la apatía de un pueblo dividido y manipulado por una casta política que fomenta la fragmentación con la excusa de agravios históricos inexistentes, y que poca o ninguna empatía manifiesta hacia las víctimas y hacia los que sobrevivieron. Ese pueblo, perdido en sus fantasmas y sus fantasías, camina a la deriva. Si la unión hace la fuerza, somos el país más débil del mundo. Si el valor de una nación no es otro que el valor de los individuos que la componen, como decía Montesquieu, pues... la consecuencia está clara: esta nación vale bien poco.

No puede haber esperanza para una sociedad cuando las masas están a favor de políticas suicidas, de preferir a los extraños antes que a los tuyos, de llegar al extremo de repoblar sus pueblos y sus ciudades con extraños en vez de hacer políticas favoreciendo la natalidad propia, de seguir votando una y otra vez a quienes muestran su absoluto desprecio por ellas, de gritar "No a la islamofobia" cuando el islam siembra la calle de muertos, de convertir un duelo en una reivindicación política. No puede haber esperanza para una civilización que ya está en caída libre, y simplemente, durará lo que tarde en llegar al fondo.

Éste es el único análisis que se impone de los hechos recién vividos. Pero me temo que de lo ocurrido no se sacarán las lecciones pertinentes. Estamos condenados a dar vueltas en círculos.

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