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Los líderes europeos sin hijos nos hacen ir como sonámbulos hacia el desastre


Por Giulio Meotti | 

Nunca hubo más políticos que no tuvieran hijos liderando Europa que hoy. Son modernos, de mentalidad abierta y saben que "todo termina en ellos". En el corto plazo, no tener hijos supone un alivio, ya que significa que no hay gasto en familias ni sacrificios, y nadie se queja por las futuras consecuencias. Como dice un informe de investigación financiado por la Unión Europea: "¡Sin hijos, sin problemas!".

Ser madre o padre, sin embargo, significa que tienes un interés real por el futuro del país que gobiernas. Los líderes más importantes de Europa no están dejando hijos.

Ninguno de los líderes más importantes de Europa tiene hijos: la canciller alemana, Angela Merkel, el primer ministro holandés, Mark Rutte y el presidente francés, Emmanuel Macron. La lista sigue con el primer ministro sueco, Stefan Löfven, el primer ministro de Luxemburgo, Xavier Bettel, y la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon.

Como los líderes de Europa no tienen hijos, no parece que tengan motivos para preocuparse por el futuro de su continente. El filósofo alemán Rüdiger Safranski escribió:
Para los que no tienen hijos, no es tan importante pensar en relación con las próximas generaciones. Por lo tanto, se comportan como si ellos fuesen los últimos y se ven a sí mismos como el último eslabón de la cadena.
Vivir el presente. Los más importantes líderes europeos, entre los que se cuentan la canciller alemana, Angela Merkel (izquierda), y el primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte (derecha), no tienen hijos. (Imagen: Ministro-presidente Rutte/Flickr).

"Europa se está suicidando. O al menos sus líderes han decidido suicidarse", escribió Douglas Murray en The Times. "Hoy, Europa tiene pocas ganas de reproducirse, de defenderse o incluso de tomar partido por sí misma en una discusión". Murray, en su nuevo libro, titulado The Strange Death of Europe (La extraña muerte de Europa), lo llama "fatiga civilizacional existencial".

Angela Merkel tomó la fatídica decisión de abrir las puertas de Alemania a un millón y medio de migrantes para frenar el invierno demográfico de su país. No es coincidencia que Merkel, que no tiene hijos, haya sido llamada la "madre compasiva" de los migrantes. A Merkel, evidentemente, no le importa que la afluencia masiva de dichos migrantes pueda cambiar la sociedad alemana, probablemente para siempre.

Dennis Sewell escribió hace poco en el Catholic Herald:
Es esta idea de la "civilización occidental" la que complica enormemente el pánico demográfico. Sin ella, la respuesta sería sencilla: Europa no tiene por qué preocuparse por encontrar jóvenes que mantengan a los mayores en sus últimos años de vida. Hay multitud de migrantes jóvenes llamando a golpes a las puertas, tratando de trepar por las alambradas o izando velas en frágiles barcas para llegar a nuestras costas. Lo único que tenemos que hacer es dejarlos entrar.
La circunstancia de que Merkel no tenga hijos es un reflejo de la sociedad alemana: el 30% de las alemanas no han tenido hijos, según las estadísticas de la Unión Europea, y la cifra se eleva hasta el 40% entre las tituladas universitarias. La ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, dijo que, a menos que crezca la tasa de nacimientos, el país podría tener que "apagar las luces".

Según un nuevo estudio publicado por el Institut national d'études démographiques, una cuarta parte de las europeas nacidas en la década de 1970 podrían seguir sin tener hijos. Los líderes de Europa no son diferentes. Una de cada nueve mujeres nacidas en Inglaterra y Gales en la década de 1940 no tenían hijos a la edad de 45 años, frente a una de cada cinco de las nacidas en 1967.

El presidente francés Emmanuel Macron discrepó de su predecesor, François Hollande, respecto a que "Francia tiene un problema con el islam". Macron es contrario a suspender la ciudadanía de los yihadistas, y sigue insistiendo, contra toda evidencia, en que el Estado Islámico no es islámico: "Lo que representa un problema no es el islam, sino ciertos comportamientos que se dicen religiosos y que se les imponen a personas que practican esa religión".

Macron predica una suerte de buffet multicultural. Habla del colonialismo como "un crimen contra la humanidad". Está a favor de las "fronteras abiertas" y para él, de nuevo contra toda evidencia, no hay una "cultura francesa".

Según el filósofo Mathieu Bock-Coté, Macron, de 39 años, casado con su exprofesora de 64 años, es el símbolo de una "globalización feliz, liberada del recuerdo de la gloria perdida de Francia". No es casualidad que Manif Pour Tous, un movimiento que se opuso a la legalización del matrimonio gai en Francia, urgiera a votar contra Macron por ser el "candidato antifamilia". El eslogan de Macron, "En Marche!" ("¡Adelante!") encarna a las élites globalizadas que reducen la política a un ejercicio, a un acto de representación.

Para eso el líder turco, Erdogan, urgió a los musulmanes a tener "cinco hijos" y los imanes islámicos están urgiendo a los fieles a "criar hijos": para conquistar Europa. Los supremacistas islámicos están ocupados construyendo un choque de civilizaciones en el seno de Europa, y retratan a sus países de acogida en Occidente como si estuviesen colapsando: sin población, sin valores y abandonando su propia cultura.

Si observamos a Merkel, Rutte, Macron y otros, ¿están tan equivocados estos supremacistas islámicos? Nuestros líderes europeos nos están haciendo ir como sonámbulos hacia el desastre. ¿Por qué les iba a importar, si cuando lleguen al final de su existencia Europa ya no será Europa? Como explicó Joshua Mitchell en un ensayo, "encontrarnos a nosotros mismos se vuelve más importante que construir un mundo. La larga cadena de generaciones ya lo ha hecho por nosotros. Ahora vamos a jugar".

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