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Trump, ¿el próximo Kennedy?


Por Manuel Montes | 

Si hay algo en lo que se parece la democracia a otros sistemas de poder es en que está gobernada por humanos, esto es, por miembros de la misma especie que dirigen la dictaduras o las teocracias. Es ahí, donde todos los sistemas políticos convergen, en tanto que todos ellos son precedidos, promovidos y mantenidos por las miserias y las virtudes propias de la especie humana.

La democracia se ha vislumbrado como la más justa y perfecta forma de defender al hombre frente a los abusos del poder, es decir, frente a los abusos de poder cometidos por otros hombres con las mismas envidias, rencores y virtudes que sus dominados.

Lo pluscuamperfecto de la democracia, se basa en que la totalidad de las personas de cualquier proveniencia, inteligencia o preparación, tienen el mismo derecho a elegir a quién les gobierna. Aunque, a veces, queridos lectores, las personas que han promovido y alentado nuestra pluscuamperfecta democracia, esto es, la élite democrática, muestran su parte más vil y humana, dejando de lado a la soberanía popular democrática, o sea, a los votantes. La elección de Trump es una buena muestra de ello, es más, toda la carrera hacia la presidencia ha evidenciado cómo el establishment democrático deja de ser democrático cuando le conviene, un establishment al que no le falta tiempo para sacar a pasear su armamento propagandístico en pos de desacreditar a quien no coma de su mano.

La campaña anti-Trump por parte del establishment es un fenómeno nuevo, puesto que la élite está acostumbra a lidiar con candidatos dóciles y manejables. Fue el establishment el que, por ejemplo, encumbró a Obama como mito viviente, como un nuevo mesías que continuó haciendo lo mismo que su predecesor, George W. Bush.

El establishment del que hablo, queridos lectores, no está compuesto ni mucho menos de santos, sino de un conglomerado de bancos, corporaciones financieras, medios de propaganda, asociaciones, etc. encargadas de hacer y deshacer en todo el globo de un modo poco pacífico y democrático, precisamente. Son ellos, los mismos que han desacreditado a Trump y auparon a Obama, los que hicieron desaparecer al presidente Kennedy cuando éste quiso nacionalizar la Reserva Federal Americana. Por ello, todos nosotros, demócratas convencidos, tenemos la responsabilidad de respetar la decisión del pueblo soberano americano y oponernos, en la medida de nuestras posibilidades, a que el candidato elegido por la mayoría, Donald Trump, pase a ser otra víctima del dictatorial establishment.

El tiempo nos dirá si la de Trump es una alternativa real al establishment o si es otra farsa. Todo dependerá de lo continuista que sea con un discurso que se oponía a todas las políticas de la élite, representada esta vez por la candidata Hillary. Ante todo, conviene recordar, que nuestra pluscuamperfecta democracia ha sido la artífice de la elección de Trump y, ahora, todos los que gozamos de tan vanagloriado sistema, carecemos de fuerza moral para cambiarnos de chaqueta y pasar a convertirnos en aprendices de dictadores que vilipendien lo que la mayoría del pueblo estadounidense ha decidido.


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