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Racismo a la inversa


Por Yolanda Couceiro Morín 


Hace pocas fechas hemos sabido de un episodio que ilustra tanto la situación en la que estamos respecto del tema de la inmigración en general y la islámica en particular, como la dirección que están tomando las cosas en España en estos temas.

Una niña española de 8 años ha sido violentamente agredida por un grupo de niños magrebíes (entre siete y una docena según distintas fuentes, de entre 8 y 12 años) en un establecimiento escolar en Mallorca. 

Los términos del parte médico son los siguientes: "Agresión y traumatismo generalizado en mejilla derecha, abdomen, codo y pie derecho, resultado de ecografía con hematoma laminar perirrenal izquierdo y mínimo en hemoperitoneo en pelvis, traumatismo craneal y de cabeza como etiología y causación. En su consecuencia se trata de lesiones producidas en zona vital y otras". Está claro que no se trata de raspaduras y escoriaciones debidas a una accidental caída durante un juego infantil de patio de recreo.


Frente a la gravedad de la agresión y la importancia de las heridas, tanto las autoridades escolares como las autonómicas y las judiciales se han apresurado a dar carpetazo al tema, recurriendo a la ocultación y la manipulación de los datos de la agresión, con la finalidad de echar tierra sobre el asunto para éste que se olvidara lo antes posible. La prensa cómplice ha intendo minimizar el caso dando escasa cobertura mediática al caso que no ha merecido más que unos pocos minutos en los telediarios y que por supuesto no ha generado ningún programa especial ni la intervención muy mediatizada de los profesionales de la defensa de la infancia, de ordinario tan locuaces y combativos en otras ocasiones en que las víctimas y sus agresores pertenecen a la buena distribución de roles.

Si los agresores no presentaran el "inconveniente" de ser magrebíes, la víctima hubiera gozado del favor mediático y su caso hubiera encabezado durante días todos los telediarios de todas las cadenas, con encendidas condenas contra el racismo y lacrimosas muestras de indignación por la criminal intolerancia que cangrena nuestra sociedad. Pero lamentablemente para ella, así ha sido, y por lo tanto su condenable agresión ha dejado de tener el interés y el glamur necesario para concitar la indignación y el rechazo masivo (debidamente orquestrado) de la sociedad. Todos, o casi todos, los que deberían haber hablado alto y claro en este asunto han preferido mirar hacia otra parte, ya que al parecer no es políticamente correcto afearle la conducta a quienes forman parte de determinados colectivos étnicos, raciales, religiosos o culturales. 

A fuerza de querer proteger y auxiliar a determinados grupos se ha acabado por discriminar a otros, como si eso fuera la consecuencia inevitable de esa singular y generalizada preferencia por lo extranjero frente a lo nacional impuesta desde arriba y sufrida por los de abajo. El sistema de discriminación positiva a favor de algunos colectivos ha desembocado en la situación inevitable de discriminación a secas contra los demás. Vivimos la impostura de la dominante ideología antirracista que en realidad encubre y justifica otro racismo. Y ese racismo se ejerce sin el menor escrúpulo ni remordimiento por las propias autoridades que actúan aplicando una doble vara de medir según sea la identidad o la filiación étnica, racial, nacional, religiosa o cultural de unos y de otros.

Estamos en un sistema racista y discriminatorio contra los autóctonos. Los colonos se comportan ya como en territorio conquistado y someten a las poblaciones indígenas al trato que les corresponde por su condición de dominados. Y eso ocurre gracias a la complicidad de nuestros gobernantes. Este sistema racista y discrimatorio contra los autóctonos ha sido puesto en marcha por traidores surgidos del mismo pueblo que han vendido y entregado a los invasores. A lo que estamos asistiendo es a la instauración de un régimen en el que la depredación y la brutalidad de los invasores contra las poblaciones autóctonas es considerada como debida y justificada, un sistema de impunidad para los amos y señores de esta nueva sociedad que se está gestando bajo nuestros propios ojos con el benéplacito y la complicidad de las autoridades y parte de la población, que se ha puesto decididamente de parte de los invasores (por una serie de razones muchas veces distintas según las diferentes categorías de colaboracionistas).

El mensaje que lanzan las autoridades con episodios como éste es que los españoles debemos callarnos, aguantar en silencio y someternos a las tropelías de estos bárbaros que llevan la violencia a flor de piel, unos salvajes ansiosos de dominación, unos depredadores sedientos de sangre que sólo esperan la menor ocasión para ejercer su ferocidad. Los españoles nos hemos convertido en parias en nuestra propia tierra, en presas para la brutalidad de los que han irrumpido en nuestra casa en son de guerra. La gran mayoría de los españoles todavía no se ha dado cuenta de ello.

Las llamadas élites de este país, la casta gobernante, la clase política, se han entregado de lleno a la destrucción de su país y han entregado su pueblo en bandeja a estos cafres. Que nadie espere lo más mínimo de estos desalmados: les importamos menos que nada.

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