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Matrimonio de ancianos se queda en la calle porque su casa es tomada por unos okupas


Los “intrusos” estaban usando “su casa, sus enseres, su televisión, su agua, su luz, su nevera, su ropa de cama, su despensa en la que guardan las chucherías para los nietos... O sea, todo lo que se puede tener en una casa habitada por unos abuelos”.


En la calle. Así se han visto Jaime y Guadalupe, matrimonio septuagenario, y propietarios de un piso de tres dormitorios situado en la avenida Príncipe de Asturias de La Línea de la Concepción.

Su esfuerzo y su capacidad de ahorro de toda una vida se han ido al traste en cuestión de minutos. Su vivienda ha sido okupada y poco pueden hacer, salvo esperar a que la Justicia intervenga, tras la denuncia que presentaron el viernes pasado.

Como cada viernes, el 11 de noviembre se desplazó desde su otra vivienda en el Puerto de Santa María a La Línea para poder pasar el fin de semana completo con sus nietos. “Es difícil saber quien tiene más ilusión, si los que van o los que los esperan”, explicaba el yerno del matrimonio, Jesús. Pero en esta ocasión el sentimiento no fue de alegría, sino de absoluta desolación, rabia e impotencia. Habían cambiado la cerradura, y la llave de Jaime y Guadalupe no podría abrir la puerta de su hogar. La casa estaba okupada desde la noche anterior por unos desconocidos. “Una pareja de La Línea, sin hijos, aunque ella esta embarazada”, decía Jesús.

Los “intrusos” estaban usando “su casa, sus enseres, su televisión, su agua, su luz, su nevera, su ropa de cama, su despensa en la que guardan las chucherías para los nietos... O sea, todo lo que se puede tener en una casa habitada por unos abuelos”.

Allanamiento de morada

Jaime y Guadalupe solo esperan que el asunto se quede zanjado y han puesto el caso en manos de un abogado. Pero la preocupación aflora a cada segundo. Temen que “estos desalmados” hayan hecho destrozos en su casa, afirma su yerno, Jesús.

Lamentan el talante de chulería del que los okupas hicieron gala el viernes pasado, cuando los propietarios del inmueble intentaron acceder a la vivienda: “Ya se lo advirtieron los propios okupas que les dijeron nos quedaremos y a vosotros os echarán”. Así, Jesús considera que “parece obvio que estos individuos, sin haber estudiado Derecho conocen mejor las leyes que cualquier persona honrada y licita de este país”.

Es más, expone que “tal como predijo la sabiduría de una de las okupas, la policía obliga a los mayores a marcharse de su propia casa, si no quieren ser arrestados por allanamiento de morada. Sí, suena increíble y sobre todo patético. ¡En qué país vivimos!. ¿O será solo caso de nuestra ciudad?... Allanamiento de morada de su propia casa. ¡ Increíble pero cierto!”, afirma indignado el familiar del matrimonio que se queda sin poder hacer uso de su vivienda. “Lo que sé es que los que no tienen culpa, son los que se han quedado sin poder dormir en su casa, los que han tenido que ser atendidos por el 061 por un ataque de ansiedad por ver cómo los echaban de su propio domicilio”.

Según explica Jesús, el de sus suegros no es el único piso okupado en este mismo edificio. Hay otros cuatro, con propietarios, en la misma situación.

A buscarse la vida

Jesús relató las “horas de desasosiego que estos abueletes sufrieron, el lector puede imaginarse la situación si esto les ocurriera a sus padres”.

No es de extrañar, pues este piso, que tiene un valor de mercado de entre 170.000 y 180.000 euros, es el lugar en el que pasan casi la mitad de la semana. Una tras otra, para poder estar con su familia en los últimos años de su vida.

“Teniendo un humilde piso para pasar la noche, se ven obligados a poner una denuncia y buscar un hostal para pasar lo que iba a ser un idílico fin de semana en familia”, relató Jesús.

Ahora no les queda otra que confiar en que “la Justicia sea justa”.

Mientras tanto, estos abuelos seguirán pagando una hipoteca, unos recibos de agua y luz “para que otros, de manera ilegal, lo disfruten”.

Y peor aún para ellos es, según su yerno, que de manera injustificada, estos abuelos se ven privados de tener un lugar donde poder reunirse cada fin de semana con sus nietos.

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