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Acuerdo PNV-PSE: transversalmente nacionalista


Análisis FAES | Fundación para el análisis y los estudios sociales

La noticia del acuerdo de gobierno entre el PNV y el PSE suscitó una respuesta típica. Se subrayó la diferente actitud de los nacionalismos vasco y catalán; se agotaron los calificativos encomiásticos del concepto de moda: ‘transversalidad’. Cuando, más tarde, se publica el documento que instrumentaba el acuerdo, comienzan los recelos y la polémica acapara portadas.

El documento incluye una agenda de reforma estatutaria y sitúa en el centro del debate público el reconocimiento nacional del País Vasco, el derecho a decidir ([sic] por autodeterminación) del “Pueblo Vasco”, la liquidación de la política de dispersión de personas presas ([sic] por reclusos terroristas), y un detallado dispositivo de reacción a la presunta voracidad recentralizadora de la Administración central. Nada que sorprenda a quien haya querido escuchar y leer los pronunciamientos del PNV durante los últimos años. Es cierto que no han sido demasiado tenidos en cuenta. En el contexto actual, cualquier nacionalista que no promueva un referéndum de secesión en un plazo menor de ocho meses es tenido por un dechado de prudencia. La lectura del documento arroja serias dudas sobre la aportación socialista a su redacción; el conjunto del texto y, especialmente, sus contenidos más sustanciales, destilan lenguaje y programa netamente nacionalistas. Singularmente, en todo lo relacionado con la política ¿antiterrorista? (“de convivencia y derechos humanos”) y con la superación confederal del marco estatutario y constitucional (“actualización del autogobierno”).

Así, se comienza haciendo un cálido elogio del Estatuto, para apostar, acto seguido, en buena lógica nacionalista, por superarlo. La tarea recaerá en una ponencia parlamentaria que deberá tener redactado un borrador de nuevo estatuto en el plazo de ocho meses. En la ponencia se abordarán también todas las propuestas que quieran ser planteadas, sin sujeción material alguna a la legalidad constitucional: reconocimiento de Euskadi como nación, “derecho a decidir”, y una deseable reforma constitucional para “ampliar las potencialidades del autogobierno vasco”. Se alude además a las relaciones inter-territoriales con la Comunidad Foral de Navarra y con la futura institución única que aglutinará los territorios vascos radicados en el Estado francés.

Es claro que los nacionalistas han impuesto su agenda. La subordinación socialista pretende justificarse defendiendo la presencia del PSE en el gobierno como elemento “equilibrador”. En el mismo instante en que la Gestora del PSOE aducía ese argumento, Idoia Mendía se aplicaba a “moderar” al nacionalismo relativizando el concepto de "Nación": vuelven las viejas cantinelas que distinguen ‘nación cultural’ y ‘nación política’; la tranquilizadora música sobre lo impolítico de embarcarse en disputas nominalistas acerca del significado de conceptos discutidos y discutibles. Total, palabras… cuya inserción en normas institucionales básicas parece importar poco. Ningún problema en convertir la Ley en un acertijo. Todavía está fresca la tinta del acuerdo y los socialistas ya mutan de equilibradores en equilibristas.

La experiencia de otros gobiernos de coalición no parece haber dejado en el recuerdo de muchos socialistas sino una huella tornasolada. Pero la memoria más frágil puede recordar cómo en 1990, gobernando en coalición, el PNV no tuvo problemas en promover una declaración autodeterminista; cómo en 1998 no los tuvo en irse a Estella. Las memorias de José Ramón Recalde, consejero socialista de uno de esos gobiernos, no dejan dudas acerca de cómo entiende el PNV gobernar en coalición.

El PSE ha contribuido a poner en marcha un proceso gobernado por la lógica nacionalista; cuando a esa lógica se sume la aritmética nacionalista (un Parlamento vasco con mayoría de fuerzas partidarias del “derecho a decidir”), podrá medirse la fuerza “equilibradora” de los nueve escaños socialistas. La transversalidad dicen. Porque en Euskadi, ya se sabe, que la transversalidad aceptada es el nacionalismo. Y al nacionalismo le importan algunas palabras mucho más de lo que algunos piensan”.

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