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El Oro y el Hierro

Por Francisco Albanese

A la aureola de la pasividad contrapongo yo ahora la aureola de la actividad, que con su resplandor circunda al Prometeo de Ésquilo.”


Friedrich Nietzsche, El Nacimiento de la Tragedia



Las invasiones bárbaras de la Antigüedad eran una brutal manera de ayudar a comprender que nada de lo que hace el hombre es eterno. En un momento dado, se gozaba de vivir en medio de una civilización avanzada, tranquila, llena de prodigios, festines de vicios que alegraban el corazón de los comensales, donde el ocio era una moneda corriente y donde también la decadencia tenía su lugar. Así, culturas que se cimentaban sobre una violencia simbólica cuya cara visible era el poder de la riqueza, donde el placer se había vuelto el summum bonum, y la idea de superioridad del hombre se traducía en estar en un diván discutiendo de política con algún rival a la altura, mientras algún esclavo extranjero abanicaba la “acalorada” discusión al tiempo que otro eunuco esclavo se encargaba de depositar delicadamente las frutas de la temporada (que bien podían ser traídas de los confines del Imperio – uno de los cuantos beneficios de la globalización) en las refinadas bocas de los refinados contendientes, eran presa fácil de hordas de montaraces carentes de educación, de dentaduras amarillentas, rebosantes de testosterona, consumidoras funcionales de carne (es decir, que no tenían tiempo para preparar manjares culinarios de artística dedicación), y que eran la antítesis absoluta de todos los elevados valores cívicos que presentaban tan altas culturas.


Las altas culturas eran puestas a prueba mediante un simple examen: sobrevivir o desaparecer. Los complejos sistemas sociales que se habían levantado del, alguna vez, caos primigenio, evolucionaban hasta reducirse en oro. La belleza, el talento y todo lo que se puede estimar como valores de civilidad quedan, tarde o temprano, igualados a oro, y por medio del oro se puede transar todo. De estadios anteriores donde estar vivo dependía primeramente del propio individuo (así como todas y cada una de las necesidades vitales), las sociedades evolucionan inevitablemente en intrincados sistemas donde el ser humano se vuelve una función en particular, olvidándose de sí mismo, cegado en la confianza en que alguien, a cambio del oro que se le entrega por el cumplimiento de un rol, se hará cargo de sus requerimientos básicos. Unos se encargarán de producir el alimento que llena la barriga, otros de defender de las amenazas externas, y otros de mantener el orden cívico dentro de las fronteras.


Pero cuando las amenazas externas penetran las fronteras, ¿qué puede hacer el hombre que ya no es responsable de sí mismo, sino que depende no de su comunidad, sino de una sociedad con la que tiene un trato de cómoda conveniencia? Entonces, es cuando la catarsis comienza, y es cuando se despliegan los gestos nuevos, espectaculares y simbólicos para agitar el adormecimiento, la conciencia anestesiada y despertar la memoria de los orígenes, como ya mencionara Dominique Venner, poco antes de su suicidio en Notre Dame. [1]


El 13 de Noviembre pasado, asistimos a una batalla más de la confrontación entre el Oro y el Hierro. A la visión medieval, brutal, pero transcendental del mundo de unos, se le contrapone una mirada moderna, vacía, materialista, exitista de otros. Las formas arcaicas vuelven llenas de vitalidad, mientras que la modernidad europea se cae a pedazos. Pero no nos engañemos: las tribus del desierto no luchan contra la falta de honor, ni la debilidad, ni la falta de vitalidad, sino que se lanzan en una lucha fanática contra todo aquello que no es semejante o asimilable, aun cuando sea algo honorable, fuerte y vitalista.


Muchas voces tratarán de restarle la importancia a los hechos, y asumirán que Occidente es culpable de los males que aquejan al resto, una actitud propia de la raza blanca, debido a su altruismo patológico [2]. Así, se producen interesantes miradas revisionistas que ocultan un asunto de fondo que no debe ser pasado por alto.


Algunas miradas:





  1. A las avanzadas bélicas islámicas (Guerra de 4ta Generación) en el interior de Europa, se las asume como una respuesta al intervencionismo occidental. Cosa curiosa: el Islam y la Djihad son más antiguos que la idea de Occidente. El islam es una religión revelada y expansionista; es absolutamente de esperar que se produzca una expansión más allá de las fronteras territoriales de los pueblos nativos en el Islam. Es perfectamente lógico librar una Guerra de Cuarta Generación para catalizar una conversión. No se necesita una revancha, porque la motivación existe desde antes, y existe como verdad atemporal, es decir, que transciende los siglos, los territorios y las condiciones. Mientras existan infieles, existirá la necesidad de guerrearlos.




  2. Trata de expiarse la culpa de los flujos musulmanes afromagrebíes, adscribiendo la autoría de los atentados al Islam y a organismos tales como el Mossad y la CIA. Mientras algunos señalan que no puede culparse a todo el Islam por los hechos ocurridos, sino que se trataría exclusivamente de una pequeña fracción, otros (sobre todo los liberales), queriendo ser más radicales, culpan al Islam en su totalidad, igualando a Islam con peligro. Pero se pasa por algo un factor importante: con o sin Islam, Europa está sufriendo un reemplazo con pueblos ajenos, que portan otras culturas, y que cargan un acervo genético distinto al europeo. Estamos atestiguando la batalla silenciosa y no violenta entre una raza moribunda y anciana, sin intenciones de multiplicarse, y otras razas llenas de vitalidad y deseos de dominar los suelos y los recursos.  Aunque el Islam desapareciera mañana de la faz del planeta, seguiría la competencia entre los pueblos nativos europeos y los pueblos afro-magrebíes por la dominación del espacio europeo. Éste es un asunto que no debe ser perdido de vista. En este punto es donde el sionismo puede ser apuntado con un dedo acusador: si bien efectivamente ha cooperado con medidas que desincentivan el avance del Islam en Europa (incluso, fomentando la islamofobia, motivo por el cual el Mossad es acusado de perpetrar los atentados), también ha fomentado las políticas que han desembocado en la apertura de fronteras, en el desarme, y en la desinstalación de la cultura europea para dar paso a una cultura permeable universalista y tolerante, lo que entra en conflicto con el Islam, al tiempo que no ve como algo negativo a los pueblos que portan el Islam.




  3. Se responsabiliza a los servicios secretos atlantistas de la “creación” y entrenamiento de grupos radicales sunnitas, los mismos que golpean a Occidente. Claramente es un error de juicio el que potencias occidentales hayan pactado con estos grupos. Definitivamente, jamás se pensó más allá de un inmediatismo estratégico basado en el interés en establecer hegemonías en ciertos sectores del planeta, sectores que, analizando su realidad racial, geográfica y cultural (donde la religión sería una peligrosa dinamita espiritual), eran polvorines tan inestables como el tolueno. Hablar de “crear” un grupo radical es algo exagerado. Aunque efectivamente se les proporcionó de armas, de técnicas, y de tecnología, hay que pensar que la motivación fundamental de tales grupos es algo que les corresponde exclusivamente a ellos: su visión del mundo y de la vida, y su voluntad de librar una Guerra Santa precedían incluso a la existencia de las potencias occidentales que ayudaron al establecimiento de dichos grupos. Y decir que esto es un ejemplo del perro que muerde la mano del amo que le da de comer, también es algo demasiado inocente: nunca hubo una dominación, sino una colaboración. Y nada más. La fidelidad de Daesh, de Al Qaeda, etc. está con sus ideas, primero y por sobre todo.




Ante esta situación, un pueblo europeo desarmado moral y físicamente, pocas posibilidades tiene de sobreponerse. Paradójicamente, actos como éstos podrían ser positivos, al remecer la pasividad de los procesos de reemplazo genético/demográfico, mostrándose hostiles a los ojos de la tolerancia xenófila y etnofóbica de Europa. En esta catarsis de la raza blanca, cuyo cuerpo leproso está cubierto de las llagas del igualitarismo, se demanda el sacrificio necesario e incuestionable del progresismo, la droga que ha adormecido al cuerpo y lo ha hecho insensible a la entrada cada vez más acelerada de agentes patógenos externos, altamente nocivos y definitivamente letales. Aun cuando la desaparición de la cultura europea sería un panorama devastador, no sería tan grave como la desaparición del pueblo que puede dar origen a esa cultura, y es en esa instancia en que Islam en sí mismo no es el peligro mayor, sino el reemplazo genético, a pesar de que ambas amenazas están íntimamente relacionadas.


Si Europa alguna vez fue cristianizada, entonces mañana podría ser islamizada; pero si deja de ser blanca –sin importar si se vuelve cristiana, musulmana, atea o pagana–, entonces la Europa cuna-de-culturas habrá desaparecido para siempre, ahogada bajo un gigantesco diluvio marrón.


Notas.




  1. Dominique Venner, “La manif du 26 mai et Heidegger” http://www.dominiquevenner.fr/2013/05/la-manif-du-26-mai-et-heidegger/

  2. Kevin MacDonald. “The Origins of the White Man”. radixjournal.com/blog/2015/11/12/the-origins-of-the-white-man


 

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