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Emil Cioran, “La desgarradura”, 1979

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“Las instituciones, las sociedades, las civilizaciones, difieren en duración y en significado. Están sometidas a una ley según la cual el impulso indomable, factor de su ascenso, se relaja y se amansa al cabo de un tiempo. La decadencia corresponde a un aflojamiento de ese generador de fuerza que es el delirio.

Después de periodos de expansión, de demencia en realidad, los periodos de declive parecen juiciosos, incluso lo son demasiado (lo que les vuelve casi tan funestos como los otros).

Un pueblo que ha alcanzado una meta, que ha gastado sus talentos y ha explotado hasta el límite los recursos de su genio, expía ese éxito dejando de producir nada después. Ha cumplido con su deber, y ya aspira sólo a vegetar, pero para su desgracia no podrá hacerlo tranquilamente.

Cuando los romanos (o lo que quedaba de ellos) quiseron reposarse, se estremecieron en masa. Leemos en un manual sobre las invasiones que los germanos que servían en el ejército y en la administración del Imperio tomaban hasta la mitad del siglo V nombres latinos. A partir de ese momento, el nombre germánico fue de rigor. Los amos extenuados, en retroceso en todos los sectores, ya no eran ni temidos ni respectados. ¿Para qué entonces llamarse como ellos? “Un fatal adormecimiento reinaba por todas partes”, señalaba Salviano, el más mordaz censor de la delicuescencia antigua en su última fase.

Una noche en el metro de Paris, miraba atentamente a mi alrededor, todos habíamos llegado de otras partes… Entre nosotros había dos o tres figuras, siluetas incómodas que parecían pedir perdón por estar ahí. Otro tanto en Londres.

Las migraciones ya no se hacen por desplazamientos compactos, sino por infiltraciones contínuas: se insinúan poco a poco entre los “indígenas”, demasiados exangües y distinguidos para rebajarse a la idea de un “territorio”. Después de mil años de vigilancia, se abren las puertas…

Cuando pensamos en las largas rivalidades entre francese e ingleses, y después entre franceses y alemanes, pareciera que todos ellos, al debilitarse mutuamente, no tenían otra misión que la de accelerar la hora de la descomposicón común para que otros especímenes de humanidad vinieran a tomar el relevo. Al igual que la antigua, la nueva Volkerwanderung (migración de pueblos) provocará una confusión étnica de la cual no podemos prever las distintas fases.

Ante esa caras tan disparatadas, la idea de una comunidad medianamente homogénea es inconcebible. La misma posibilidad de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ocupa ya no existía entre los autóctonos el deseo de salvaguardar aunque sea una sombra de su identidad. En Roma, en el siglo III de nuestra era, sobre un millón de habitantes, apenas 60.000 eran latinos de pura cepa. Cuando un pueblo ha llevado a cabo la idea histórica que tenía la misión de encarnar, ya no tiene ningún motivo para preservar su diferencia, de cuidar su singularidad, de salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros.

Después de haber regido dos hemisferios, los occcidentales están en trance de convertirse en la irrisión del mundo: unos espectros sutiles, unos fines de raza en el sentido real de la palabra destinados a una condición de parias, de esclavos desfallecientes y flácidos, de la cual se librarán tal vez los rusos, los últimos blancos. Y es que estos todavía tienen orgullo, ese motor, mejor dicho, esa causa de la Historia”.

Emil Cioran, “La desgarradura”, 1979

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