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Carta abierta a los niños europeos recién nacidos

Por Michel Geoffroy |

Pobres niños, habéis nacido en un mundo que se acaba y vais a participar a pesar vuestro en su agonía. Como occidentales, vuestra pesadilla no ha hecho más que comenzar.

Os habéis librado del aborto y habéis nacido en lo que queda de la familia en Europa. Esa familia tal vez sea “monoparental”; es decir, constituida por una sola pesona adulta. O tal vez esté compuesta por un hombre y una mujer no unidos formalmente en matrimonio, o incluso por dos personas del mismo sexo. Veréis a vuestros abuelos de vez en cuando, para que os hagan regalos o que os cuiden mientras vuestro padres trabajan o se divierten. Vuestros padres se divorciarán un día (si es que llegaron a casarse).

Vuestra familia se reducirá al derecho de visita. Eso en el mejor de los casos y que vuestra madre no le invente un delito a vuestro padre para impedir que os vea, aunque sólo sea durante unas horas a la semana. No tendréis el consuelo de tener muchos hermanos y hermanas, ya que la demografía occidental se derrumba a marchas forzadas. No tendréis más que colegas, compadres, y muchos contactos en Internet. Os relacionaréis con vuestros amigos virtuales a través de Facebook, Tuenti, Twitter… Os pasaréis 4 horas al día delante de la televisión y el resto del tiempo escucharéis “música” en vuestros MP3, iPod, iPhone y teclearéis en vuestro ordenador-cámara-Gps portá0til.

Leeréis poco o nada y casi nunca un libro de verdad. No tendréis acceso a la cultura más que si vuestros padres son ricos. Os obligarán a ser eternos espectadores del mundo: objetos y no sujetos de la historia.

La escuela pública no os enseñará nada de vuestro pasado, de vuestra historia, de vuestra cultura, de vuestras tradiciones o de vuestra religión. Sólo os enseñará a respetar los mandamientos de la ideología dominante y que copular con vuestro amiguitos y amiguitas es cosa normal y hasta guay. Os enseñará a arrepentiros de vuestra civilización, a despreciar a vuestros ancestros y a sospechar de vuestros padres. En el comedor de la escuela os harán comer halal porque está muy feo discriminar a los niños musulmanes. Os enseñarán a consumir y harán creer que siempre hay que ceder vuestras pulsiones naturales, para que no sepáis que en realidad seréis víctimas de la sugestión publicitaria omnipresente.

Si vuestros padres tienen algo de dinero, os enviarán a la universidad, ya que casi todo el mundo acaba ahí, aunque no sepáis nada de ortografía y menos aun de sintaxis, y apenas alcancéis a interpretar un texto sobre “la vaca que pasta”, contrariamente a vuestros abuelos, que no tenían ni el graduado escolar y sabían escribir, manejaban las cuatro reglas aritméticas y eran capaces de nombrar las capitales de las provincias de su país.

Con un poco de suerte obtendréis un diploma como todo el mundo, incluidos los semianalfabetos (las universidades se han convertido en máquinas expendedoras de diplomas y poco más), y entrararéis en el mundo del trabajo, un mundo donde un empleo duradero y estable será un privilegio escaso. Entraréis en una competencia con el mundo entero: con los chinos y los indios que fabrican en casa lo que nos dicen que tenemos que comprar, así como con todas las razas y etnias acogidas en Europa, que ocupan los trabajos que os corresponderían si vuestra casa tuviera puertas, como las que tienen hasta los prostíbulos.

Además, unas legislaciones destinadas a impedir las “discriminaciones” han sido puestas en marcha para proteger a todos los extraños, pero no a vosotros. Os deberéis contentar con poca cosa si queréis trabajar.

Viviréis en suburbios sin alma, en ciudades grises, sucias y hasta peligrosas. Vuestro “hogar” estará entre el centro comercial y el parking, tal vez cerca de un parque con tres árboles y algunas decenas de seres ociosos y de mala pinta, repantigados en los escasos bancos todavía enteros, entre los berridos de pequeños salvajes de piel oscura y la estólida silueta de mujeres de forma apatatada cubiertas por una especie de toldo. Tendréis que tener cuidado cada vez que salgáis a la calles y tendréis que evitar cruzaros con esos “jóvenes” desaliñados, con capucha y gorra puesta al revés. A veces recibiréis algún golpe, un escupitajo, una cuchillada que otra, aunque en ocasiones os podréis librar pagando un “peaje” a cambio de llegar entero al trabajo, al supermercado o de vuelta a casa. Pero lo mejor será quedaros en casa viendo la televisión. Ahí veréis montones de cosas que nunca podréis comprar y vidas que nunca podréis llevar. Pero eso os hará soñar un poco antes de iros a la cama, pensando en endeudaros un poco más para comprar todos esos objetos inútiles que la televisión os hará creer que os son indispensables.

Tendréis que evitar caer enfermos, sobre todos si no tenéis un trabajo fijo. Porque los sistemas de seguridad social habrán quebrado y la sanidad pública no será más que un recuerdo del pasado. Y si caéis enfermos, que sea por poco tiempo, ya que una baja prolongada os dejará en la calle. Fuera habrá un ejército de parados desesperados esperando una vacante.

No aprenderéis el oficio de las armas ya que el servicio militar ha sido abolido y ya no habrá más que mercenarios de otros países, que serán enrolados preferentemente debido a las leyes de discriminación positiva y el "deber de reparación" y la "deuda histórica" que tenemos desde hace siglos con esos países a los que hemos saqueado en el pasado.

No se os enseñará a ser ciudadanos de vuestro país y a participar en la vida de la ciudad. Os harán militar en causas lejanas y extrañas: “¡Salvemos la Amazonia!”, pero nunca se os enseñará a plantar un árbol en el monte vecino. “¡Apadrine a un camboyano!”, pero nunca se os incitará a cuidar de un compatriota solo y sin recursos. No se os consultará sobre casi nada y en caso de hacerlo será sobre cosas banales e intrascendentes. Os dejarán de lado, sin pediros demasiado. Sólo de vez en cuando os dejarán que vayaís a votar a los candidatos propuestos por la televisión.

Os enseñarán a ser sujetos dóciles, pacíficos ciudadanos, buenos “recursos humanos” al servicio de la economía, seres sin carácter ni opinión propia que confían en las instituciones, en los consejos de administración de las empresas y en los expertos financieros que están aquí para “protegeros”.

Os deberéis acostumbrar a respetar las múltiples prohibiciones con las que os llenarán la existencia (casí todo estará prohibido, lo demás será impuesto como una obligación): seleccionar vuestra basura doméstica, no ir demasido de prisa en coche, ponerse el cinturón de seguridad, no fumar, no comer ni demasiado salado ni demasiado dulce, no beber más de un vaso de vino, no decir palabrotas, no contar chistes de maricones, no tener malos pensamientos…

Os deberéis acostumbrar a la idea de no ser mayoritarios en la patria de vuestros mayores. Deberéis aceptar ser minoritarios, ya que los europeos no serán más que el 7,5 % de la población mundial en el 2050, y en la misma Europa, en menos de una generación, los inmigrantes y sus descendientes serán en algunos países más del 50% de la población. Seréis minoritarios en vuestros propios países porque llevamos abriéndonos a la “diversidad” desde hace décadas, acogiendo las costumbres y mentalidades de todos los que nos hacen el honor de instalarse entre nosostros, aun sin que nadie se los haya pedido.

No deberéis manifestar ninguna disconformidad con esta situación porque seréis llamados racistas y tratados como criminales. Tendréis que acostumbraros a bajar la mirada en la calle, a haceros pequeños y a no llamar la atención.

Con un poco de suerte viviréis hasta los 80 años, en la soledad o en compañía de otra persona que hayáis encontrado. Con vuestra jubilación y algunos ahorros que hayáis podido salvar de las diferentes crisis financieras, arrastraréis una vida inútil y sin meta. Tal vez tengáis hijos para que ellos también gocen de este "paraiso terrestre". Ellos tampoco tendrán una existencia mejor que la vuestra.

A menos, que en un supremo esfuerzo rechazéis este sistema, que decidáis ser hombres y europeos, como vuestros ancestros. Entonces todo lo que precede no habrá sido más que un mal recuerdo o una horrible pesadilla.

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