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La sombra de Caín

Por Alberto Ramos |

La editora de este diario ha visto su negocio destrozado por unos vándalos que a estas horas ya estarán fumándose el cuarto o quinto poro del día. Los autores de este ataque han sido identificados como especímenes de la infecta calaña que lleva atormentando al País Vasco y a España entera desde hace varias décadas. Aunque no hubiesen sido detenido prácticamente en el lugar de los hechos, tampoco hubiese sido un ejercicio de gran clarividencia dar con la identidad de estos cafres. Hay fechorías que llevan la firma en letras mayúsculas.

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A lo mejor a la proprietaria del local devastado le sirva de consuelo saber que este acto de afirmación democrática ha sido llevado a cabo con la mejor de las intenciones y un elevado sentido cívico y ciudadano. En efecto, la furia vindicativa de estos joviales mozos ha sido motivado por el amor a la Humanidad y la Justicia Universal. Su intención ha sido vengar a los Derechos Humanos, vilmente atropellados, un día si y el otro también, en ese antro fascista, donde bajo la cobertura de un inocente local de copas y tapas, la siniestra clientela se divierte mientras conspira, entre risotadas, con la fascinerosa de su regenta para acabar con la democracia, la tolerancia, el sistema bicameral, el Estado de las autonomías y la dieta mediterránea. Menos mal que algunos están ojo avizor.

Siendo así, la tal Yolanda debería mostrar algo menos de mal humor contra lo que ha sido en definitiva un acto justiciero y filantrópico que ha de inscribirse en el marco de los esfuerzos multiseculares del hombre en pos de "ese día de justicia conquistada en la lucha, ese vasto día de la lucha final, ese día inmenso", que cantara el Poeta. Siendo así, hasta estaríamos tentados de ver las cosas de otra manera. ¿O no?

La realidad es más prosaica. O carecemos de vis poética, simplemente.

Hablando en castellano cervantino, estos energúmenos son poco menos que cachos de carne con ojos y su acción una manifestación típica de ese sujeto histórico e antropológico que podemos denominar "el bárbaro de Iberia", corto de ideas y pletórico de mala leche, todavía abundante y activo en gran parte de la geografía nacional. Difícilmente, con las distintas partes de todos los miembros de esta pandilla de bestias de pulgar oponible se podría hacer un único hombre normal, tanto en lo físico como en lo moral y lo intelectual. Y eso sin ser demasiado exigentes y pedirle a este hipotético injerto un cociente intelectual de más de 50 puntos en la escala pertinente. Hay que pedir milagros, si, pero nunca lo imposible. Perderíamos toda credibilidad.

Estos tipos son como los islamistas. Si estos últimos te matan en nombre de sus creencias para demostrar que el islam es la religión de la paz y la concordia estos progres te saltan a los ojos para demostrarte lo democráticos y tolerantes que son.

El parentesco espiritual entre estas dos categorías es total. Los mismos perros con distintos collares. No es de extrañar que estas dos variantes de un mismo género de furiosos desequilibrados vayan por esos caminos de Dios (o de Alá), y estén destinados a hacer todo el mal que puedan, por separado o juntos cogidos de la mano. Quienes se parecen terminan andando juntos. Es sin duda una extraña e inesperada coyunda, pero sólo en lo aparente y lo superficial.

En el fondo participan de un similar universo mental: están hermanados por el mismo fanatismo (de turbante o boina calada hasta la ceja, esa única ceja que les cruza la frente como si tuvieran la inteligencia de luto), la misma maldad, la misma ignorancia, la misma brutalidad, la misma degradación moral, el mismo descalabro espiritual, la misma inclinación por el crimen, el mismo amor por la barbarie, el mismo afán de destrucción, la misma incapacidad de crear nada, la misma voluntad de pasar por la vida dejando tras de sí un reguero de suciedad, destrucción y sufrimiento. No se puede dar lo que no se tiene, ni ser distinto en lo exterior a lo que se lleva en el interior. Por sus frutos conocemos al árbol. La mala savia no da frutos dulces.

Buscan superar sus complejos e insuficiencias con la violencia cobarde y la agresión artera que es la marca de fábrica de esta subespecie de mamíferos bípedos. Vagos y maleantes, inútiles y perversos, cobardes y dañinos que necesitan suplir la carencia de vida genuina y su debilidad intrínseca con la excitación efímera y el engañoso sentimiento de poder cuando se actúa en jauría: la embriaguez de la manada.

Es interesante y sobre todo necesario resaltar lo obvio: en los 70 años que han transcurrido desde el final de nuestra guerra civil hasta hoy, la violencia política que ha castigado a esta nación ha sido la obra exclusiva de los izquierdistas, los nacionalistas (vasco, catalán, gallego y hasta canario) y por último los islamistas. Lo peor de nuestro pasado reciente y lejano se unen en una comunidad espiritual y de objetivos: destruir España, arrasar con todo cuanto representa, implantar la tiranía de las más brutales quimeras nacidas del cerebro torcido y del corazón mal puesto de estas raleas de delirantes y criminales.

Vale decir que lo peor que ha producido España en su larga historia, se reunen en el sendero común de su obra destructiva. Y es llamativo comprobar que la resurgencia del islamismo en nuestras tierras se viene hoy a unir, en una comunión de metas y de métodos a lo más bajo y ruin que se arrastra entre nosotros desde tiempos remotos. La inmundicia de afuera con la basura de adentro: el matrimonio perfecto, la unión de los iguales: los enemigos de la paz, la tolerancia, el progreso, la convivencia, la democracia, los derechos humanos... Lo que pueden engendrar en el lecho de sus viciosas inclinaciones estos dos rancios y feroces linajes asusta. Sólo nos consuela la certeza que de ambos están destinados a las letrinas de la Historia.

Mientras tanto llega ese día inevitable, sobre el páramo desolado de esta España a la que algunos se obstinan en querer anclar en lo peor de su pasado, vuelve a errar la sombra de Caín de los versos de Machado.

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