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La dictadura de los buenos sentimientos nos está llevando al desastre

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Por Alberto Ramos |

Hace pocas semanas fuimos testigos de un par de episodios (uno particularmente grave y el otro trágico) de una serie que ya se ha convertido en un clásico de la crónica negra de un país irremediablemente manchado en los tonos oscuros de la decadencia y la degradación: las agresiones por parte de extranjeros contra los españoles, ya sean ciudadanos de a pie o agentes del orden. En un caso un policía nacional era asesinado al ser arrojado a las vías del tren por un extranjero ilegal multirreincidente, y en el otro caso, un inmigrange marroquí amenazaba con hacerse explotar en un tren de cercanías en Madrid.

Desde entonces han ocurrido otros muchos asuntos del mismo o similar calibre de los dos tomados aquí únicamente a modo de ejemplo de lo que es la realidad diaria de una España que vive una oleada crimina tal vez inédita en su larga historia, tanto por sus características como por su envergadura.

Los cómplices de esta plaga de criminales extranjeros les llaman "pobres inmigrantes" o "víctimas de la represión policial", pero a esta gente la sociedad española la sufre a diario como un castigo, y tiene que lidiar con ella sin haberlo pedido ni merecido en medio del abandono y la deserción de responsabilidades de los mismos que han generado este problema.

Este tipo de agresiones se inscribe dentro del marco más amplio del fenómeno masivo de la delincuencia y criminalidad de importación que reviste caracteres especialmente preocupantes por su magnitud y por la naturaleza particularmente feroz de sus manifestaciones y que se expresa en el continuo goteo de crímenes y delitos protagonizados por la inmumerable infantería del ejército de ocupación que soporta España.

Los promotores de la inmigración masiva y las asociaciones subvencionadas que viven del negocio del "antirracismo" no dejan de alimentar el propio racismo del inmigrante hacia el elemento autóctono criminalizando a la población española en toda ocasión y justificando por sistema las continuas agresiones de estos contra nuestros compatriotas. La verdad estadística es que la inmensa mayoría de los casos de violencia que implica a españoles e inmigrantes corresponde al patrón siguiente: agresor extranjero/ agredido español.

¿Cuántos inmigrantes son asesinados, asaltados, agredidos, violados por españoles al cabo del año? No deben ser tantos cuando la más mínima agresión que implique a un inmigrante como víctima de un español levanta un escándalo que llega al otro extremo del planeta. Tendríamos los telediarios echando humo todos los días, a todas horas. Y sin embargo no es el caso. Tanto es así que la menor bofetada que recibe un inmigrante es noticia durante meses. En cambio el asesinato del policía nacional empujado a las vías del tren por un africano ilegal hace rato que ha desaparecido de la pantalla tras apenas unos pocos días de protagonismo informativo, y nunca se volverá a mencionar en los medios, podemos estar seguros. Por lo tanto la pregunta que encabeza este párrafo queda respondida: la violencia que sufren los inmigrantes en España es puramente testimonial. Ésta no guarda relación en cuanto a extensión y gravedad con la que en cambio sufren los españoles a mano de inmigrantes.

Esta situación viene a desmentir, una vez más, el mito creado por una propaganda al servicio de la aniquilación del pueblo al que va dirigida, que hace del inmigrante una víctima integral y a perpetuidad de la sociedad de acogida, y contradice el tópico alimentado por la cultura de la culpa y la autoflagelación de una sociedad moralmente enferma que acepta el papel de culpable siendo inocente.

Junto con su condición de extranjero (de preferencia inmigrante tercermundista, pero también miembro de etnias presentes en el suelo europeo pero de orígenes no europeos) éste lleva pegada a la epidermis la condición privilegiada de su eterna inocencia y la carta blanca de su total irresponsabilidad en todo cuanto haga al margen de la ley que obliga al común de los mortales. El ser inmigrante y no blanco ya se ha convertido en una patente de corso que libera de toda obligación moral de someterse a las reglas mínimas de respeto al derecho ajeno, a la dignidad y la misma vida de los demás. Así planteadas las cosas, el inmigrante tiene vía libre para cometer todas las fechorías que se le antoje. ¡Ay del que se encuentre en el camino de esta nueva categoría de seres superiores e intocables con derecho a todo bajo el paraguas de su inalcanzable superioridad sobre el común de esa humanidad sobre la que ya tiene todos los derechos de explotar y maltratar!

La inmigración ha desembocado en la deshumanización total de los autóctonos ante la entronización del hombre superior de este nuevo mundo en gestación: el Inmigrante, el Hombre Supremo. Esta nueva casta de seres excelentes e irreprochables necesita, como condición obligada al nuevo reparto de roles, un elemento inferior sobre el cual asentar su dominio y ejercer su mando, un servidor que aguante el trono del monarca de este nuevo orden: el autóctono, el paria de la sociedad que está surgiendo sobre las ruinas de un mundo en descomposición.

Recordemos los hechos del último episodio de este vía crucis que abarca a todo una población sometida al criminal experimento de una sociedad multicultural: un inmigrante ilegal marfileño con numerosos antecedentes a las espaldas ha empujado a las vías del tren a un agente policial que cumplía con su deber. No se ha tratado de un forcejeo, sino de una asesinato premeditado y incluso anunciado por el asesino en una detención anterior. Los motivos de esa brutal agresión han sido del todo fútiles y rutinarios: un control de identidad de alguien que a todas luces ya era conocido por el personal policial. Todo hubiera quedado en una breva visita a la comisaria más cercana, y otra vez a la calle... a pesar de sus antecedentes y de estar en posesión de una orden de expulsión del territorio nacional. Pero eso ha sido suficiente como para despertar el sádico atavismo de este pagador de pensiones en potencia y futuro “nuevo ciudadano” que ha venido a salvar a los españoles de la decadencia social, la pobreza económica y el marasmo cultural. Esto es lo que nos han metido en casa, esto es lo que anda por las calles...

Si nos vamos a las hemerotecas comprobaremos la cantidad sorprendente de casos similares en los últimos años, los últimos meses y hasta los últimos días, por no decir las últimas horas. Es un goteo imparable de hechos delictivos y criminales protagonizados una inmigración totalmente fuera de control que le está costando sangre y lágrimas al pueblo español. La repetición de este tipo de hechos y la constancia de sus formas y expresiones nos pone ante la evidencia de que estamos antes una especie de ley. Por ejemplo, hace pocos días 5 magrebíes acogidos en un centro de menores agredieron sexualmente a una joven en Málaga. Podríamos alargar la lista...

El caso del policia asesinado ofrece una faceta particularmente siniestra que potencia la indignación legítima sentida por esta clase de hechos. El agresor estaba siendo mantenido por una sociedad, sin dar nada a cambio de tanta generosidad, contra la que el asesino ha vuelto su furia de forajido sanguinario. Ni los perros muerden la mano que les da de comer, a menos que estén rabiosos y enloquecidos. Se sabe de casos de hienas domesticadas que mansamente se dejan alimentar por sus cuidadores. Estamos aquí ante un ser, de apariencia humana, que ha caído por debajo de la más elemental animalidad. Por entre los sentimientos que nos asaltan ante este tipo de sucesos surge por si sola la palabra alimaña con toda la abyección que esta lleva implícita. Este caso es una gota en un mar de hechos del mismo calibre, en España y también el resto de Europa. Es importante resaltar ese detalle: no estamos solos en este drama, y esa circunstancia, el día que ha de venir (¡pobres de nosotros si no llegara a venir!) será la garantía de la unidad de todos los europeos ante el mismo enemigo.

Podríamos hacer una lista interminable de los casos de las agresiones que sufren muchos españoles a mano de inmigrantes. Estos casos son del mismo género que el episodio a quí comentado. Todas presentan una coincidencia en el denominador común de la gratuidad de las agresiones, en su crueldad inaudita, en la bestialidad de los agresores, en la identidad foránea de los criminales y en la nacional de las víctimas. Ninguno de estos criminales hubieran debido de estar entre nosotros. La generosidad y la compasión por esta gente nos traerá (nos está trayendo) a manos llenas una cosecha amarga de desgracias sin fin.

El discurso oficial del sistema pervertido y canallesco que nos domina nos repite, desde sus terminales mediáticas a sueldo de sus amos, la obsesiva cantinela de las bendiciones de la inmigración, la cansina retahíla de mantras homologados: “Han venido a pagarnos las pensiones”, “Los necesitamos”, “La inmigración es una suerte”, etc…

Ningún régimen con vocación de perdurar renuncia nunca a los dogmas sobre los que se levanta su poder. No debemos sorprendernos, pues, que en medio de la oscuridad más espesa de la noche impuesta se siga cantando la luminosidad del día que nos prometen. Más sorprendente y anormal es que, a pesar de la avalancha arrolladora de una realidad imposible ya de esquivar, algunos sigan hipnotizados por la letanía incansablemente repetida de las verdades fundamentales de un sistema que nos quiere engañar a todos y manipula a los elementos más flojos y menos pertrechados intelectual y moralmente de esta sociedad en bancarrota.

Así, cuanto más arrecia la oleada de criminalidad y parasitismo importados, más se desviven los amigos de la decadencia y la degeneración, en brindar apoyo material y cobertura moral a los de fuera. Pues es necesario abandonar ya todo escrúpulo y mojigatería y empezar por el principio, es decir por nombrar a las cosas por su nombre. Esta inmigración, que reviste el carácter de una invasión masiva y una consiguiente colonización es, en términos globales, una calamidad de envergadura bíblica, una tragedia sin precedentes, un verdadero azote de Dios.

Decía J.J. Rousseau: “Desconfien de esos cosmopolitas que van a buscar lejos de su patria unos deberes que desdeñan cumplir en casa. Tal filósofo ama a los tártaros para verse dispensado de amar a sus vecinos”. Estos nuevos filántropos ya no tienen necesidad de ir a buscar a sus "tártaros" a las lejanas estepas: los tienen a domicilio. Y siguen llegando...

A los “generosos”, “solidarios”, católicos o no, de izquierda o de derecha, les decimos: "Si estáis poseídos por la comezón irresistible de la falsa caridad, de la compasión de geometría variable (pues se invoca sistemáticamante para los extranjeros en detrimento de los nacionales), iros a África, a la India, a dónde sea, y dejen de causar tanto daño a esta sociedad que os mantiene y que no merecéis. Vended vuestras pertenencias y propiedades y tomad el camino del sacrificio real y la auténtica entrega a esos “prójimos” que siempre elegís en los más alejados de todo cuanto somos. Allí tendréis toda la miseria y la degradación que tanto os son necesarias para vivir y realizaros, y quedaros allí mientras no hayáis puesto remedio a tanta necesidad y carencias. Pero eso si, hacedlo con el fruto de vuestro esfuerzo, de vuestros sudores y con el contenido de vuestros bolsillos. El hartazgo de un pueblo que no sabe de gazmoñerías os lo diría de manera más clara en oraciones en perfecto castellano cervantino y sin faltas de ortografía: “¡Iros a la mierda y no volváis nunca!”.

Cáritas y demás organizaciones de beneficencia, las ONGs de todo pelaje, bajo el amparo de unas políticas antinacionales reñidas con el principio de sano gobierno, se han convertido en los colaboradores necesarios de esta empresa fundamentalmente destructiva, en agentes del mal que padece España con esta pesadilla mal llamada inmigración, una de cuyas consecuencias más desastrosas ha sido la de despertar las malas inclinaciones de muchos que han encontrado en ella el medio de realizar sus más grotescas y enfermizas fantasías sobre el ser humano y sus elucubraciones sociales más torcidas y esperpénticas.

El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Y ese infierno lo están haciendo entre todos los que de una manera u otra están favoreciendo la instalación y la permanencia de estos colectivos cuya existencia entre nosotros es una fuente inagotable de problemas e injusticias y un extravío histórico de magnitud y trascendencia incomensurables. Las consecuencias de tanto desacierto serán trágicas para una sociedad que no tendrá lágrimas suficientes para llorar el desenlace de tanto desvarío y perversión.

Ningún ser humano y ninguna sociedad están obligados a aceptar aquello que los perjudica y los hiere. Es contrario al orden natural de las cosas e incluso incompatible con la vida misma. No se puede permitir la aberración de considerar que el mal, sea cual sea la forma en que se presenta, tenga derecho alguno. El mal debe ser combatido: es un imperativo moral irrenunciable. Es una necesidadad ineludible. El buenismo interesado o inconsciente de tantos bribones sin escrúpulos y cretinos integrales es un medio de mantener el mal y perpetuarlo bajo la cobertura moral de los buenos sentimientos.

Se impone salir de la dictadura de los buenos sentimientos y retornar al recto camino de la razón y la verdad. Nos va la vida en ello.

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