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El multiculturalismo devora a sus abuelos

Por Flavien Blanchon |

De mortuis nil nisi bonum. "De los muertos no digas nada a menos que sea algo bueno". La antigua locución romana es admirable, en la esfera privada. Pero cuando una operación mediática y política erige el lloriqueo en deber cívico para evitar, sobre todo, que pensemos y garantizar que todo siga igual, entonces decimos ¡No!. Cuando se trata de hacer santi subito (canonizar por la vía rápida), no sólo hombres, sino a una revista, su espíritu y toda su ideología, también decimos ¡No!. Cuando los jefes de gobierno de toda Europa se desplazan para celebrar, según las palabras del Premier británico David Cameron, "los valores que sustentan a Charlie Hebd, seguimos diciendo ¡No!. Cuando en mi pueblo, el alcalde (que por otra parte es una buena persona organiza una concentración bajo el lema "Yo soy Charlie" delante del monumento a los muertos por Francia, en el cual están los nombres de mi tio abuelo y mi tío, yo tengo el derecho de decir que no han muerto por los "valores" de Charlie Hebdo.

La verdad es que Charlie Hebdo no ha dejado durante décadas de arrojar basura a raudales sobre todo lo que es francés: francés de sangre, francés de cultura, francés sobre todo. El odio senil que Charlie repetía incansablemente contra la religión católica (y que tenía algo de satánico, al meno en el sentido en que se califica toda acción antitradicional), era al mismo tiempo un odio antifrancés. El catolicismo de nuestros antepasados era la diana preferida de Charlie Hebdo, y eso lo prueba su encarnizamiento en arrastrar en la mierda las sotanas y las cofias, desaparcidas desde hace lustros, pero que son viñetas de la antigua Francia.

Todos los que se alarmaban de la avalancha migratoria, que advertían contra la bomba de relojería de la sociedad multicultural y multiétnica eran retratados en repugnantes y grotescas caricaturas.

Charlie Hebdo no ha sido el único ni el principal culpable del proceso de degradación que afecta a Francia, pero ha colaborado entusiasta y activamente en ello. Las culpas están por cierto muy repartidas. Entre los que, desde hace 40 años, han organizado la Gran Sustitución y el descerebramiento del pueblo francés figuran incluso muchos burgueses respectables y decorados, gente de derecha que han educado a sus hijos a la manera "tradicional" y que incluso van a misa. Pero Charlie Hebdo ha acompañado este proceso y le ha dado a la sumisión un falso color de rebelión. Es lo que se llama la colaboración de pluma.

No hablaré, para el caso de los redactores y dibujantes de Charlie Hebdo, de justicia inmanente. Muchos otros culpables han muerto en la cama, otros todavía viven, colmados de honores, en los barrios coquetos de Paris. Las personas, de todas maneras, si deben ser juzgadas, ya lo han sido por Aquél que todo lo ve y todo lo sabe. No se trata de justicia o injusticia, sino de causas y de consecuencias. Nuestros actos nos siguen. No hay nada tan frecuente en la Historia que personas devoradas por los monstruos que habían desatado. Charlie Hebdo ha sido asesinao por la sociedad multicultural que Charlie Hebdo, en su terreno y con sus medios, había contribuído a instalar en el suelo de Francia.

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