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La condición de la conquista

Por Renaud Camus |

El flujo actual de los inmigrantes ilegales tendría todos los carácteres de la farsa si no estuviera preñado de amenazas para nuestra civilización, o por lo menos para lo que nos queda de ella. Durante 30 años hemos tenido los refugiados de las dictaduras norteafricanas, he aquí que tenemos ahora los refugiados de la libertad (prohijada por la "primavera árabe") de esas naciones. Desde hace varios años asistimos a oleada tras oleada de nuevos inmigrantes y otros "refugiados", provenientes ahora principalmente de Túnez y de Libia, que no remiten ni parece que vayan a hacerlo en breve.

Toda referencia al derecho de asilo es poco a poco abandonada, como un viejo pretexto vuelto inútil. Los recién llegados abandonan sus países al calor de los progresos democráticos (eso nos dicen nuestros medios, siempre tan bien informados) que ocurren allí. Se aprovechan del desorden traído por el derrumbe de los antiguos poderes para alcanzar tierras más "remuneradoras". Eso es todo, no se trata de otra cosa. Sus patrias no son más miserables que antes, sin duda menos estables, eso si. Pero sería para estos inmigrantes el momento justo para contribuir al desarrollo histórico, económico e institucional de sus países. Pero no, prefieren venir a Europa, donde nadie los llama ni los necesita para gozar de nuestro desarrollo, al precio de comprometerlo y paralizarlo por la continua llegada de otros como ellos, y por su absoluta incomprensión de las exigencias del buen funcinamiento de las sociedades a las que llegan como manadas de bueyes en el salón de una casa limpia y ordenada.

Cuando los berberiscos se presentaban armados hasta los dientes antes nuestras antiguas murallas, en sus bajeles de piratas o sus caballos árabes, los rechazábamos como podíamos, y a veces esa empresa nos costaba 7 u ocho siglos. Sus descendiente han encontrado en nuestra aberración ideológica el medio de lograr sus objetivos allí donde sus antepasados fracasaron. La condición es simple, aunque inesperada y paradójica: les basta abordar nuestras costas y nuestras fronteras, no ya en su agresivo esplendor, con sus estandartes, sus cimitarras y sus arcos, sino con su miseria (simulada si es necesario) y sus manos desnudas.

Los mismos que recibíamos antaño a cañonazos cuando nos atacaban nos conquistan mucho más seguramente llamando a las puertas de nuestro sensible corazón, a nuestras leyes inverosímiles, a nuestro sentimiento de culpabilidad (que ellos desconocen completamente) y a la traición entusiasta y solícita de los amigos del desastre. No se lo pueden creer. Y si, es como les habían dicho, por más increible que pueda parecer: Europa no opone ninguna resistencia seria a la invasión a la que es sometida. Muy por el contrario, a pesar de algunos simulacros para la galería, destinados a los más refunfuñones, acoge a brazos abiertos a sus humildes colonizadores, pone a su dispocisión autobuses, aviones, barcos y trenes para que puedan avanzar más rápido hasta su corazón más deseable. Les distribuye "papeles" de todo tipo para facilitarles la estancia y el movimiento, les da de comer, les da subvenciones, pensiones, indenizaciones por la molestia que se han tomado al violar nuestras leyes (leyes vueltas inoperantes por otras leyes que reducen a nada las primeras y sirven para burlarlas) después de haber entrado en nuestra casa por la fuerza.

Los beneficiarios de esta sorprendente acogida saben que sobre todo no deben dar las gracias, ni mostrarse humildes y obligados con sus salvadores: eso podría despetar a los durmientes, hacer nacer la sospecha en el espíritu del colonizado encantado de serlo. Los conquistadores desarmados deben por el contrario quejarse en voz alta de ser tratados como perros. Eso es muy importante, se les ha repetido muchas veces que deben indignarse de que nada haya sido preparado para recibirlos, aunque desembarquen en una roca pelada, e invocar el derecho de gentes, ellos que nunca han hecho nada en su favor en sus países.

Han aprendido bien la lección: saben que mientras se presenten como mendigos atrabiliarios y reivindicativos el país que los recibe estará sometido, por no se sabe qué encantamiento inexplicable. Después del fantástico éxito de sus reivindicaciones de miserables siempre será tiempo para ellos, un poco más tarde cuando sean los dueños de la situación, de presentar exigencias de amos.

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