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Islamistas y multiculturalistas: una alianza estratégica

Hélios d'Alexandrie |


El concepto occidental de los derechos humanos es incompatible con la sharia. No se puede, por un lado, sostener que los derechos humanos inscritos en nuestras constituciones occidentales sean universales, y por otro lado aceptar el islamismo en nombre del multiculturalismo, ya que al hacer eso renunciamos a la universalidad, lo que arruina todo el sistema. Ya puestos, bien podríamos denunciar la Declaración Universal de los Derechos Humanos como un texto “islamófobo” y occidentalmente centrado.

La potente subida del islam radical y el favor del que goza en Occidente son fenómenos que requieren ser explicados. No basta con denunciarlos, hay que comprenderlos con la finalidad de hacerlos fracasar. Cuando examinamos objetivamente la situación nos damos cuenta de la existencia de dos factores principales que influyen en estos fenómenos: los islamistas propagadores de la ideología coránica y los multiculturalistas occidentales.

Conocer en profundidad la mentalidad islamista no constituye un lujo, es una necesidad: los musulmanes radicales son cada día más numerosos, su impacto se hace sentir en nuestras sociedades en las cuales constituyen un factor importante de división. Su activismo se inscribe dentro de una lógica de conflicto y dominación. Nuestras sociedades occidentales posmodernas, en las cuales los diferendos son habitualmente resueltos por el compromiso, están mal equipadas para gestionar el tipo de conflicto que los islamistas nos imponen y seguirán imponiéndonos de manera cada vez más creciente. En ese contexto se vuelve importante comprender su mentalidad, sus motivaciones y sus métodos.

Los islamistas son por esencia reaccionarios y retrógrados, son responsables de una forma de contrarrevolución a escala planetaria. Alimentada por los petrodólares esta contrarrevolución busca promover el islam de los orígenes, el de los tiempos de Mahoma y sus sucesores inmediatos. Ese mítico islam sólo existe en el imaginario de los musulmanes, y creer en la posibilidad de hacerlo revivir pertenece al terreno del delirio. Cuando se observa de cerca, se ve claramente el sentimiento que motiva a los islamistas: es la fobia de ser “contaminados” por todo aquello que es occidental. Eso lo explica todo, el aislamiento, las reivindicaciones, el supremacismo y el terrorismo. Otra característica de su mentalidad es la sumisión a la autoridad despótica: Alá y su profeta Mahoma tienen todos los atributos de los déspotas.

El islamismo no siente más que desprecio por los débiles o aquellos que se comportan como tales según su criterio. Un Estado de derecho es débil en la medida en que renuncia a la fuerza bruta, y por el hecho que llama a la adhesión y no a la sumisión. Es por ello que los gobiernos árabo-musulmanes llamados “laícos” como los de Egipto, Libia, Túnez (antes de la “primaver árabe”), Siria, Argelia o Iraq son en los hechos gobiernos islámicos, y lo son de tal manera que se dejan infiltrar por el fundamentalismo islámico más intolerante sin que su funcionamiento habitual se vea mínimamente modificado.

Los musulmanes radicales gustan particularmente de los medios de comunicación masivos que instrumentaliza a su favor. Cuando las noticias hablan de terrorismo, de atentados, de revueltas, de gritos de odio en las manifestaciones, de persecuciones contra los no musulmanes, de fatuas contra tal o cual escritor o pensador, de crímenes de honor, de poligamia, de casamientos forzados, de bodas de niñas impúberes, de ablaciones de jóvenes, de lapidaciones de mujeres, de amputaciones de manos por robo, de pena de muerte por apostasia, adulterio u homosexualidad, etc, los occidentales establecen inmediatamente la relación con el islam y los musulmanes. Un experto en publicidad diría que los musulmanes tienen un serio problema de imagen, pero se sorprendería si supiera que sus avances son debidos precisamente a esa imagen negativa: en efecto, los islamistas buscan deliberadamente inspirar miedo ya que es a través del miedo y la intimidación que imponen su voluntad.

Los omnipresentes multiculturalistas se han convertido en los aliados incondicionales de los islamistas. Universitarios, hombres de ley, políticos y activistas de izquierda, tecnócratas, periodistas, escritores y otros han adoptado una visión común en lo concerniente a la sociedad moderna: debe ser multinacional, multiétnica, multicultural, y no tiene que compartir más valores comunes que aquellos que son necesarios para la convivencia. Según esta teoría la sociedad multicultural ha de ser como un tren en el que cada comunidad ocupa un vagón que le pertenece en exclusiva y en el interior del cual puede mantener sus rasgos culturales y sus particularismos.

Los multiculturalistas están de acuerdo en un punto: Occidente debe cambiar radicalmente, todo debe ser puesto en marcha para que ese cambio sea efectivo lo antes posible. La cuestión de consultar a los pueblos destinados a ese cambio ni se plantea, pues no hay que ponerle obstáculos a la marcha de la Historia. Los multiculturalistas están convencidos de que Occidente está en pleno declive, no ya en el aspecto demográfico sino también en el plano cultural y por tanto no le queda otra opción que ser marginalizado, y ceder tanto espacio como sea posible para permitir desplazamientos mayores de poblaciones hacia sus territorios. Los pueblos autóctonos no han de gozar de ningún derecho por “antigüedad”, ni su cultura ni la civilización que han erigido son en ningún caso superiores y en consecuencia no deben ser privilegiadas ni consideradas como modelos.

Los islamistas y los multiculturalistas están unidos por intereses comunes, por un destino común, y se instrumentalizan mutuamente para llegar a sus fines. Los islamistas necesitan a los multiculturalistas para seguir ganando terreno. Los multiculturalistas necesitan a los islamistas para seguir existiendo. Los islamistas necesitan a los multiculturalistas para legitimar su ideología difrazándola de cultura y los multiculturalistas necesitan a los islamistas para transformar la sociedad de agogida según su visión. Pero también están unidos por el odio a la civilización occidental. El odio de los islamistas se explica por su incapacidad a alcanzar esa civilización sin renegar fundamentalmente de su ideología extremista y sus fundamentos históricos y religiosos. El odio de los multiculturalistas se explica por su profundo malestar frente a la expresión de la voluntad popular, por su rechazo a aceptar o reconocer los fundamentos éticos de la civilización occidental, su carácter inclusivo y el papel central que ha jugado en la elevación del ser humano en la escala de la dignidad.

Los islamistas y los multiculturalistas son fundamentalmente totalitarios tanto por su ideología como por su vocación, sólo el uso de la violencia los diferencia. No solicitan la adhesión de las personas sino que les imponene por la fuerza unos cambios y unos comportamientos degradantes y extraños a su naturaleza. Su objetivo es transformar la sociedad por la coacción y hacer aceptar esa coacción como aceptable y legítima.

A medida que el público vaya tomando conciencia de esta alianza estratégica entre islamistas y multiculturalistas sus objeciones se harán cada vez más numerosas y cada vez más audibles, y será consciente cada vez más de la camisa de fuerza que el multiculturalismo, bien presente y bien vivo en el seno del aparato legal y judicial, ha logrado imponerle. A medida que la niebla se va disipando, la realidad se muestra en toda su fealdad, la realidad de la agresión de la cual son víctimas nuestros valores y nuestro modo de vida, pero igualmente la constatación de nuestra impotencia frente a esta agresión.

La pareja infernal que forman los islamistas y los multiculturalistas puede y debe ser derrotada, pero no bastará con una elección para cambiar radicalmente la situación. Los partidos políticos en el poder tienen la molesta costumbre de renegar de sus promesas, en todo o en parte. Sólo una ola de fondo popular tiene posibilidades de frenar el avance del islamismo. Es por ello que debemos seguir con nuestro trabajo de hormigas que consiste en informar a la gente de la importancia de su compromiso personal en la preservación de nuestro modo de vida y la defensa de nuestros valores.

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