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Cataluña kitsch

Alberto Ramos |

Fiel a su imagen de marca, Cataluña ha vivido un capítulo más de su existencia tal como lo manda su vocación de republiqueta bananera. En efecto, conociendo lo que es a día de hoy Cataluña, sus instituciones, su cultura vigente y su condición guiñolesca, no cabía esperar otra cosa que el esperpéntico espectáculo que ha escenificado esa insignificante y cacareante casta nacionalista catalana, y en el que han participado interactivamente un par de millones de idiotas con código de barras. Se trataba en principio de un referéndum, pero bien hubiera podido ser un intento de pulverizar el Record Guinness de concentración de cretinos en un sólo día y por un mismo motivo. En ese caso creo que el objetivo ha sido alcanzado con creces. Con el entrenamiento que tienen los catalanes en esta clase de charlotadas, era difícil que no hicieran historia. Cada día ponen el listón de su imbecilidad algo más alto.

El lema de Cataluña debería ser: "Soy grotesco porque yo lo valgo".

Cataluña es una realidad kitsch: El tamboriler del Bruch, Salvador Dalí, los "menjadore de calçots", la barretina, la sardana, los castellers, Jordi Pujol y su familia, "Els Segadors", la Diada, Joan Miró, la Torre Agbar (un colosal dildo para una ciudad icono del mundo gay), el "Barça més que un club", el caganer, el "pá amb tomaca", "La Fura del Baus", la rumba catalana, etc, etc... Es un país de chiste, una caricatura. ¿Qué se puede esperar de serio en esas condiciones? Es digno de estudio la inclinación inveterada de esta gente por la patochada.

Cataluña, la Cataluña oficial hay que puntualizar, es ridícula e irrisoria porque, contradiciendo ese típico y tópico complejo de excelencia y superioridad catalán, que les lleva a los catalanes (no todos hay que decir) a menospreciar a los demás españoles (menos a los vascos con los cuales alimentan un claro complejo de inferioridad), sin fijarse en la realidad que no pocas veces desmiente esa pretensión, la verdad que perciben los sentidos le devuelve la verdadera imagen de lo que es: un quiero y no puedo incesante, una rabieta sin fin, una frustración sin remedio.

A las viejas manías y resentimientos de la burguesía catalana que ha logrado contaminar a gran parte de una sociedad con sus neuras de clase, se une ahora los trastornos mentales y la mortificante crisis de identidad de una porción de la población de origen no catalán, un charneguismo acomplejado que sólo encuentran alivio y consuelo a su dolor por no haber nacido con los apellidos "com cal "en la sobrepuja en la adhesión vociferante al catalanismo más extremo. Y es que en Cataluña algunos llevan como una cruz el apellidarse Martínez o García cuando queda tan bien y abre tantas puertas el llamarse Puigbadaló i Moltfulleda o Bertomeu del Fuet. Como única salida al desprecio de los catalanes "de debó" algunos no han encontrado otra salida a esa penitencia de unos orígenes indignos que ser más papistas que el Papa y adorar a sus despreciadores en la esperanza de ser escupidos un poco menos por estos.

A fuerza de darse de narices con la realidad, los nacionalistas catalanes han llegado a la conclusión de que si no son mejores de lo que son es porque otros le ponen trabas a su destino manifiesto de grandeza. De ahí que el nacionalismo catalán sea eminentemente rencoroso, acomplejado, resentido, despreciativo, lleno de negatividad, de odio y de revanchismo. Esas cualidades son las que caracterizan a los nacionalistas. Cualquiera que los conozca de lejos o de cerca, se habrá percatado que no hay en ellos nada noble o elevado. Ni en lo moral, ni en lo espiritual, ni en lo intelectual... En esta gente todo es mezquino, rastrero, bajo, pequeño, despreciable, ruin. Piensen en Jordi 1º de Catalunya y la sarta de sabandijas que ha salido de sus prolíficos genes. "Eso" es la viva imagen del nacionalismo catalán. Todas las virtudes patrias están encarnadas en este ejemplar y su ralea. Pareciera que la condición sine qua non para ser nacionalista catalán es ser un cretino integral y un perfecto mierda. No sé a ciencia cierta si el nacionalismo vuelve idiotas a los malvados o si la maldad vuelve nacionalistas a los idiotas. La respuesta sin duda está en la observación detenida de los Pujol, Mas, Junqueras (éste, francamente parece que salió de una casa de orates un día de puertas abiertas y nunca más regresó. Este gañán denota un claro problema de riego cerebral y algún cromosoma desparejado) y el largo etcétera de especímenes salidos de las filas del catalanismo más rancio y más auténtico.

En cuanto al referéndum en sí, ¿cabe perder el tiempo con semejante cutrería? Han votado los moros del Rif, los cafres del Monomotapa, los rumanos del cobre, y hasta una pareja de agapornis. La pantomima fue mayúscula: sin censo, sin papeletas custodiadas, sin seguridad, sin pluralismo, sin jornada de reflexión, sin oposición, sin interventores, sin observadores, sin nada de lo que se exige en una votación democrática occidental: un referéndum "de los chinos". Todo fue muy catalán, todo muy kitsch, estrafalario y pretensioso. Nada nuevo. Cataluña sigue igual a ella misma. O sea diferente. Fíjense que en medio de todas esas carencias, el referéndum ha gozado de una novedad inédita en ambos hemisferios: la posibilidad de votar hasta 15 días después del 9 de noviembre. Ni en Venezuela se atreven a tanto.

De momento sigue el circo. Otra cosa no cabe esperar de una congregación de payasos.

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