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Islamización: En todas partes es el mismo problema

rezocalle

El islamismo no conoce fronteras. Esta ideología se adapta a su entorno allá donde se instala. Canadá acaba de descubrir esta triste realidad. Ese país que acoge cada año a decenas de miles de inmigrantes en un modelo de sociedad comunitarista, se encuentra frente a la misma problemática que desafía a Europa. ¿Cómo hacer para convivir con el islam cuando sabemos que los musulmanes, por regla general, son educados en la detestación de Occidente? ¿Cómo no ver a los musulmanes que viven entre nosotros continuamente tentados por el odio a los que los acogen y la fascinación de no pocos de ellos por el yihadismo?

Para luchar contra las discriminaciones, Canadá siempre quiso ser el buen alumno de la clase. Al manifestar su intención de autorizar los tribunales islámicos para los asuntos familiares, las autoridades canadienses provovaron la indignación de gran parte de la sociedad. En nombre de la multicultura y el derecho a la diferencia, Canadá se mostraba lista para comprometerse con los peores radicales islamistas, que son conscientes de su fuerza y de su capacidad para aprovecharse de la ingenuidad de sus anfitriones.

Con el crecimiento de un comunitarismo que amenaza con hacer volar por los aires las libertades colectivas e individuales, un pueblo de la provincia de Québec, Hérouxville, se ha atrevido a oponerse contra lo políticamente correcto al condenar firmemente los crímenes de honor, la lapidación de las mujeres, la ablación y demás práticas monstruosas promovidas por los extremistas islámicos. El ayuntamiento de esta localidad se rebeló contra las reivindicaciones de la comunidad musulmana que modifican radicalmente las costumbres y las tradiciones humanistas de Canadá. La exigencia de que los chicos y las chicas no se bañaran juntos en las piscinas municipales indignó al alcalde André Drouin. El caso Hérouxville pone en evidencia un peligro bien real, entretenido por los radicales islamistas que quieren hacer de Canadá una plataforma de expansión del islam en América del Norte. A pesar de eso, en las elecciones federales parciales de septiembre de 2007, el islam consiguió una nueva victoria al obtener que las autoridades electorales canadienses permitiesen a las mujeres musulmanas poder votar con la cara tapada.

Estos acontecimientos, a los que ahora se suma la tragedia de Ottawa, son el reflejo de una voluntad manifiesta del islam deseoso de poner a prueba la fuerza de resistencia de la sociedad canadiense. Aunque la mayoría de los musulmanes no esté ligada a un programa político determinado, el islam no puede ser considerado una mera religión, sino una ideología totalitaria que busca el control y el poder sin restricción ni limitación alguna para ponerlo al servicio de la concepción musulmana del mundo.

Cuando Mustafa Ceric, gran mufti de Bosnia, pidió en su día un "proceso de institucionalización del islam en Europa" para que los musumanes puedan tener "sus representantes legítimos en los parlamentos nacionales europeos", no hacía más que expresar lo que desean muchos musulmanes europeos. El islam tiene por vocación, desde su aparición en los desiertos de Arabia, de ser una fuerza política, y para eso se sirve sin escrúpulos de la religión para hacer avanzar sus ideas. Su meta es dominar en solitario la humanidad entera. Su deseo es la sumisión de las sociedades.

El bienestar y la libertad de los individuos no representan nada ante la unidad de la comunidad musulmana. Los que todavía quieren creer que el islam es una religión como las demás, y que todas ellas valen lo mismo se equivocan. Los que esperan poder asociar el islam a la democracia también se equivocan gravemente. Con el islamismo la compasión se aparta ante la fría voluntad de Alá, expresada a través del Corán y la sharia, de esclavizar al hombre para mejor dominar su espíritu. Si seguimos adaptando nuestras costumbres y tradiciones a las múltiples reivindicaciones del islam, nuestras leyes acabarán por desparecer con el telón de fondo de los gritos de ¡Allahu Akbar! Eso vale para Canadá y para toda Europa.

Vincent Revel

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