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Alberto Ramos | ¡Arde, Babilonia, arde!

Todo está contaminado por un aire venenoso y pestilencial​, la atmósfera está impregnada por los olores sulfurosos de una ponzoña irrespirable. España está enferma hasta el corazón, podrida hasta la médula. Las familias están descompuestas, los hombres idiotizados, las mujeres emputecidas, los jóvenes fumados, los chicos idiotizados con aparatejos con lucecitas hipnotizantes. Las persianas están bajadas, los muros llenos de pintadas, nuestras calles son repugnantes, la mugre nos llega a las pantorillas, hasta la misma gente da asco, tanto en sentido propio como figurado. El personal se pisotea, se empuja, se roba los unos a los otros, a veces se mata por cualquier motivo. Estamos en un basural que hiede a muerte.

Tenemos que abrir los ojos, cualquier sombra en una esquina te puede dar un navajazo por un cigarrillo negado o una mala mirada. Los “nuevos muchachos” de esa humanidad vomitada por los restantes tres puntos cardinales de un planeta en perdición se intercambian tiros en nuestros parques y avenidas como antaño los adolescente que fuimos decíamos "¡mierda!". Y, mientras tanto, la televisión nos habla de la convivencia, la cultura de la paz y el diálogo antes que la represión y un buen par de bofetadas a tiempo. Estamos desquiciados: te multan por un cigarrillo donde no debes y a cien metros de ahí, a la puerta de un colegio, se vende heroína ante los ojos de la Policía, que mira para otro lado. Te encuentras un bien día ante el juez por haber escrito “moro” o “marica” sin deshacerte en elogios hacia estas intocables categorías, y el juzgado de al lado “condena” a clases de derechos humanos a los imanes que aconsejan cómo golpear a las mujeres, o recomiendan cursillos de integración para criminales profesionales con sangre hasta las cejas. Pronto a los terroristas les impondrán escribir mil veces: “No pondré bombas en los supermercados”. Y todavía habrá gente que considerará que eso es demasiado severo.

Vivimos en la mentira, todo es falso: las cifras oficiales, las estadísticas, los sondeos, hasta las elecciones, es muy posible. De todas manera lo que no está trucado hacia el final del proceso lo está hacia la fuente, por la manipulación mediática. Los hijos de los ricos se las toman y se van a Florida o a California, mientras sus padres les dicen a los parados que la cosa no va tan mal, que la solución está a la vuelta de la esquina, que tengan algo más de paciencia, que es cuestión de apretarse un poco más el cinturón, que ya se ven brotes verdes. Los políticos se gastan por adelantado el dinero que no existe, y que esperan recaudar en nuevos impuestos, en políticas de dementes y el poco efectivo que hay se lo meten en los bolsillos.

En las oficinas del paro hacen cola gente con dos carreras y mientras tanto los sindicatos no piensan más que en reclutar inmigrantes indocumentados para engordar sus filas y seguir viviendo su existencia de parásitos. Por todas partes vemos sombras que no parecen ir a ninguna parte, salidos de no se sabe donde, mendigos, caras hostiles, rostros salidos de las enciclopedias de pueblos y tribus, policías que inspiran más temor que confianza, pues compensan su ineficiencia contra los criminales haciéndole la vida dura al hombre de la calle, orcos de toda condición con sus caras de locos, espantapájaros de un metro y medio salidos de los pantanos moldavos o de los altiplanos lunares que quieren a toda costa lavar tu parabrisas contra tu voluntad o venderte algún bocadillo pringoso escondido en una papelera, hembras culonas de las antípodas que van cacareando entre ellas como si estuvieran en cualquier manglar, moras empujando carretilladas desbordantes de su última camada, seres oscuros con miradas de presidiarios escapados que te miran como si te fueran a saltar al cuello, barbudos del siglo XII que parecen salidos del Afganistán de los cuentos de Kipling…

En casa te espera la televisión que grita, las presentadoras teñidas, retorciéndose sobre sus asientos como si tuvieran hormigas en el culo, compitiendo a ver quien es la más boba y la más puta, los maricones salidos, exhibiendo impúdicamente lo más vulgar de su condición, payasos que no saben hacer la ‘o’ con un canuto con salarios de ingenieros aeronáuticos o cirujanos del corazón, contándonos el País de las Maravillas, educándonos en “valores”, invocando la solidaridad y la dieta mediterránea y condenando las palabras soeces y las grasas saturadas… Mientras tanto, el hombre de a pie gastándose la vida en trabajos mal remunerados para tener una caja de zapatos por hogar y un montón de chapas con un motor para salir escapando a la menor ocasión de ese infierno cotidiano. Colas de personas con la mirada perdida, corriendo por los pasillos de los supermercados acaparando comida insípida como si fuera el maná: productos diet, bio, 0,​0​, ligth, agua del grifo en envases de plástico, embutidos que no son aptos ni para el gato, tomates con genes de ratones, yogures que curan el cáncer… y en la caja del supermercado: el kilo solidario, con la foto del negrito con la cara llena de mocos y de moscas, para poder irse con la conciencia tranquila a atiborrarse de basura frente al televisor.

Esta noche en “prime time” Eva encuentra por fin a Caín gracias a “Tengo una carta para tí”. Eva le declara su amor incestuoso a Caín. Caín confiesa el asesinato de Abel y muestra la filmación en su móvil. Reconoce haber matado a Abel porque tenía una relación homosexual con él y no pudo soportar que éste le engañara con su oveja favorita…

Fuera, unos locos están levantado una nueva Torre de Babel con la sangre de los pueblos como mortero. La casa ya no tiene puertas ni ventanas. S​us inquilinos creen que la calefacción está a tope. No se dan cuentan que el techo está ardiendo…

¡Arde Babilonia, arde!

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