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María Jamardo | Alianza de civilizaciones

Que me perdone el señor Zapatero, pero lo de la Alianza de Civilizaciones (como el resto de brillantes ideas que todos recordaremos indisolublemente unidas a su mandato) es una tontería de tal calado que dudo mucho que él mismo creyese una sola palabra del discurso que acompañaba semejante disparate.

Me pregunto si desde su retiro, obligado más que voluntario sospecho, seguirá creyendo en la propuesta al ver la serie de noticias que a diario recortan la distancia de Occidente al respecto de lo que sucede en el Oriente más Próximo: Siria, Irak, Gaza, …

Desde la total ignorancia sobre temas bélicos de una magnitud que se me escapa por insoportable e inconcebible en el siglo XXI, pero en base a las nociones nítidas y claras que de la carrera de Derecho conservo sobre Derecho Internacional, debo manifestar con total amplitud que o nos hemos vuelto todos unos locos insensibles o es que el derecho ha fracasado en su propósito en el ámbito que nos ocupa; porque, si la finalidad del Derecho como disciplina es la idea última de la Justicia, yo de justo no encuentro ni un rastro y miren que trato de esforzarme.

Vaya por delante que en base a una perspectiva objetiva y desde el máximo respeto a la libertad individual y a las convicciones religiosas, de la confesión que sean, admiro la determinación de los hombres y mujeres que defienden y ponen en práctica un estilo de vida adecuado a la fe que profesan. Cualquier fuente de valores es digna de admiración y las religiones del mundo a lo largo de la historia han procurado no sólo un consuelo a la temporalidad del hombre como especie, sino una base moral y ética sólida que en lo que a mí respecta las ennoblece al defender ideas que se encuentran más próximas a la persecución del bien y la perfección que a lo que últimamente se dibuja en el horizonte conocido, la barbarie de asesinatos que amparados bajo el dogma del islam, parecen quedar impunes a todas luces por parte del “ofendido” que en este caso, no deja de ser el imperialismo de todo lo que difiera de ello y queda sistemáticamente tachado de hereje.

Hace ya días que asistimos impertérritos y pluscuamperfectos a imágenes que desde luego no dejan a nadie indiferente, por muy lejos que nos parezcan producirse. Decapitaciones, mutilaciones, amenazas, penurias de civiles y el drama de ser diferente en un lugar en el que todo lo distinto tiene muy pocas oportunidades de expresarse con naturalidad y de sobrevivir, por supuesto.

Hecho de menos la determinación de quienes tienen la potestad conferida por los ciudadanos para velar por un entorno estable y pacífico de convivencia a todos los niveles. Lamento profundamente la inactividad de los responsables internacionales y presidentes de las naciones ofendidas, que somos todas. Me extraña profundamente que la ONU todavía no haya aplicado su Deber de Injerencia (Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas) especialmente previsto para casos flagrantes de Terrorismo Internacional como el que nos ocupa.

No tiene la menor relevancia si el Estado Islámico se erige como tal tratando de legitimar bajo un término edulcorado la realidad de una organización terrorista (ISIS) que amenaza la estabilidad de la comunidad internacional, que viola sistemática y generalizadamente los DDHH y que desafía y viola gravísimamente el Derecho Internacional Humanitario. Lo único eficaz en este caso, que no entiende de diplomacia, ni de mensajes remotos, ni de bombardeos indiscriminados, es una intervención coactiva, contundente y definitiva. En una palabra: ejemplarizante. Al margen de alianzas absurdas y civilizaciones varias, lo único deseable es lo civilizado, exactamente lo único que no demuestran quienes amenazan bajo el paraguas de la religión a sus congéneres y por extensión al resto del mundo.

Espero de verdad que alguien tenga la valentía de reaccionar e intervenir, con los medios necesarios, sin que le tiemble el pulso ni le condicionen ningún tipo de intereses diferentes de los únicos que deberían importar, sean como sean y de donde sean, las personas.

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