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Manlio Dinucci | Los «salvadores» de Irak

Los primeros aviones de combate estadounidenses que atacaron objetivos en la zona bajo control del Emirato Islámico, el 8 de agosto de 2014, despegaron desde el portaaviones USS George H. W. Bush, así bautizado en honor al presidente republicano que, en 1991, desató la primera guerra estadounidense contra Irak. Su hijo, George W. Bush, retomó esa guerra, en 2003, cuando atacó y ocupó Irak acusando a Sadam Husein –e invocando «pruebas» que finalmente resultaron ser falsas– de poseer armas de destrucción masiva y de apoyar a al-Qaeda. Después de utilizar en la guerra interior en Irak más de un millón de soldados y varios cientos de miles de militares aliados y mercenarios, Estados Unidos finalmente se retiró de ese país básicamente derrotado y sin haber logrado concretar su objetivo, que era lograr el pleno control de ese Irak, que reviste una enorme importancia debido a su posición geoestratégica en el Medio Oriente y a sus grandes reservas de petróleo.

Es entonces cuando entra en escena el presidente demócrata (y Premio Nobel de la Paz) Barack Obama, quien –en agosto de 2010– anuncia el inicio de la retirada de las tropas estadounidenses y aliadas y el nacimiento en Irak de una «nueva aurora». Una aurora de color rojo sangre que marca el paso de la guerra abierta a la guerra secreta, guerra que Estados Unidos extiende a Siria, del otro lado de la frontera iraquí. En ese marco se forma el Emirato Islámico en Irak y el Levante (EIIL), que se declara enemigo jurado de Estados Unidos cuando en realidad todas sus acciones van precisamente en el mismo sentido que la estrategia estadounidense.

No es casualidad que el EIIL haya conformado el grueso de sus fuerzas precisamente en Siria, país al que muchos de los jefes y militantes del EIIL llegaron después de haber sido miembros de las organizaciones islamistas libias, que a su vez –inicialmente clasificadas como terroristas– fueron entrenadas, financiadas y armadas por los servicios secretos estadounidenses para derrocar a Muammar el-Kadhafi. Después de unirse a otros yihadistas –en su mayoría no sirios provenientes de Afganistán, Bosnia y Chechenia, entre otros países– esos elementos recibieron armamento a través de una red organizada por la CIA y fueron infiltrados en Siria a través de Turquía para derrocar al presidente Bachar al-Assad.

Desde allí inició el EIIL su ofensiva en Irak, atacando principalmente las poblaciones cristianas. Y así ha proporcionado a Washington, que hasta ahora se había mantenido oficialmente como espectador y limitándose a expresar cuando más su «fuerte preocupación», la posibilidad de iniciar la tercera guerra de Irak –aunque Obama, por supuesto, no la define como tal.

Como el propio Obama declaró en mayo pasado, Estados Unidos utiliza la fuerza militar en dos tipos de situación: cuando los ciudadanos o los intereses estadounidenses se ven amenazados y cuando se produce una «crisis humanitaria» de proporciones tales que resulta imposible no tratar de hacer algo.

O sea, después de haber provocado –a lo largo de más de 20 años, mediante la guerra y el embargo– la muerte de millones de civiles iraquíes, Estados Unidos se presenta ahora ante el mundo como el salvador del pueblo iraquí.

Se trata –según acaba de declarar Barack Obama– de «un proyecto a largo plazo». Para la nueva intervención aérea en Irak, el CentCom [estadounidense] (cuya «área de responsabilidad» es el Medio Oriente) ya dispone de 100 aviones y 8 navíos de guerra. Pero puede disponer de muchas más fuerzas, fundamentalmente de los 10 000 soldados estadounidenses estacionados en Kuwait y de 2 000 marines que ya se hallan a bordo de sus respectivas unidades navales.

Estados Unidos reactiva así su estrategia tendiente a apoderarse del control de Irak y también a impedir que China, que había establecido sólidos vínculos con el gobierno del primer ministro iraquí Nuri al-Maliki, profundice su presencia económica en ese país. En ese sentido, Washington tiene el mayor interés en que se concrete una partición de facto del país en 3 Estados –uno kurdo, uno sunnita y otro chiita– que serían más fáciles de controlar.

Caminando sobre esas huellas, la ministra italiana de Relaciones Exteriores Federica Mogherini promete un «respaldo, incluso militar, al gobierno kurdo» pero no al gobierno central de Irak.

 

Fuente
Il Manifesto (Italia)

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