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Juan Fernández Krohn | Pilar Urbano y el Catorce de Abril

¿”Jornada de alegría colectiva” el catorce de abril (del 31)? Sin duda, como la del ambiente insurreccional de jolgorio y compañerismo -sectario y no menos sofocante (y beligerante)- que se fue instalando en la Universitaria madrileña a finales de los sesenta, al calor del mayo fancés (y el posconcilio)

kron2En el caso del que esto escribe fue el recital de Raimon en Económicas el 18 de mayo del sesenta y ocho lo que me abrió los ojos, el espectáculo de toda aquella masa de niños de papa hijos de franquistas y de altos cargos del régimen en su inmensa mayoría -y del mayor destaque algunos- levantando el puño al final del recital unánimes, todos ellos y ellas, en un mar de banderas rojas, como de resultas de una sesión de hipnosis colectiva, mecidos y dormidos -no se me ocurren otras expresiones- por las canciones en catalán/valenciano de aquel agitador del que prácticamente nunca más se volvió a hablar (ni dentro ni fuera) en el plano artístico.

Hoy veo claro como la luz que aquello fue una escenificación más de la derrota en el 45 y de la rendición pactada del régimen de Franco ante los aliados entonces. Los hijos de los vencedores del 36 abrazando las banderas –una de ellas sobre todo- vencedoras en el 45.

Y a mí el recital aquel me hizo pensar siempre después en el 14 de abril que no viví, y que hoy veo como un 15-M que triunfó, en más agresivo e insidioso (y amenazante) todavía. José Antonio en el discurso del cine Madrid -¡aparte de mí ese cáliz!- hablo de "la alegría colectiva del Catorce de Abril", es cierto. ¿Pero se puede legítimamente pensar que fuera en él más que pura declamación lirica o idealización a posteriori de aquellos acontecimientos?

José Antonio acompaño a la reina en su marcha al exilio hasta Galapagar y tuvo un gesto -el de grabar a navaja una inscripción en el lugar y sitio exactos -un peñón al lado de la carretera- en donde la reina, en un alto del camino derramo unas lágrimas, que se exime de comentarios. Y sorprendido estoy, lo confieso, descubriendo ahora el entusiasmo que les merece a algunos la rememoración -sectaria y partidista- de tan infausto aniversario.

¿Se han parado a pensar siquiera -a fe mía que se diría que no- cómo se vivió el catorce de Abril aquél en Barcelona y en Cataluña? Y aparte de la violencia y del saldo innegable de muertos y heridos que produjo está claro que la jornada de euforia aquella –a los acorde de la Marsellesa que no hacia más que entonar (y no otra) las masas que llenaban las calles- vería el regreso triunfal de los mayores enemigos de España en Cataluña como un Companys o un Maciá, tal y como los hechos se encargarían no mucho más tarde de comprobarlo.

Y si se alza la mirada -en visión retrospectiva- del otro lado de Despeñaperros, cabe decir que los escenarios fueron mucho menos tranquilizadores -lo menos que se puede afirmar- y que el cambio de régimen se haría notar allí mucho más visible y con un sello local (proclamas del comunismo libertario a troche y moche) no menos inconfundible, que arrumbaría ya a los tejados el menor atisbo de paz social y de ramonía y de buena convivencia en los pueblos y campos andaluces hasta que estalló la guerra.

La verdad histórica, recogida además en la memoria colectiva -duela o no en los oídos de algunos- es que el Catorce de Abril inauguró una era de tumultos tanto en medio rural como los núcleos urbanos, sin precedentes en la historia de España en el siglo XX, comparable a la que abrió la difusión del protestantismo -en su variante (subversiva) de calvinismo- en los Países Bajos de entonces en el momento de estallar las guerras de Flandes.

Está claro que los españoles nos encontramos hoy en una situación de estancamiento histórico sin duda sin precedentes desde los tiempos de la transición. La alternativa militar que va (a marchas forzadas) perfilándose en el horizonte del lado de Cataluña, tiene sin duda sus riesgos y levanta no menos interrogantes, pero mucha más alergia y aprensión y desconfianza instintiva nos produce algunos la otra operación de recambio encaminada a todas luces a propiciar una solución falsa e históricamente siempre hasta hoy abocada al fracaso, con la amenaza además de intervención extranjera planeando –a lo Plaza Maidán (de Kiev)- de cerca en el horizonte, y en el nombre nota bene del heredero.

Piense lo que piense la muy devota (y muy beata) Pilar Urbano, encargada a lo que parece de vender lo que se están cociendo algunos cortesanos, a los medios periodísticos catalanoparlantes. Con la venia del presidente fantoche. Y también -a tenor de sus declaraciones a la prensa extranjera (al diario francés Le Figaro por ejemplo del pasado lunes) - con la prórroga que este último parece acabar de concederles

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