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Daniel Pipes | El estrepitoso fracaso exterior de Obama

Constituye un privilegio ser un estadounidense que trabaja en política exterior, como llevo haciendo desde finales de los 70, contribuyendo modestamente al gran proyecto de encontrar el lugar de mi país en el mundo. Pero hoy, con Barack Obama, las decisiones que se toman en Washington se han contraído de forma dramática en su importancia. Es desconcertante y alarmante. Y deja de ser un privilegio.

Fuera durante la definida Guerra Fría o durante las dos décadas caóticas que vinieron después, la relevancia económica de América, su superioridad tecnológica, su fortaleza militar o su respeto a los principios básicos establecidos se traducían en que hasta en su inactividad, el gobierno estadounidense era igual de importante o más en la escena internacional que cualquier otro país. El catarro en Washington se ha traducido en estornudos por doquier.

Presidentes débiles y en gran medida anodinos como Jimmy Carter o Bill Clinton tuvieron relevancia más allá de sí mismos, por ejemplo durante la revolución iraní de 1978-79 o el conflicto árabe-israelí de la década de los 90. Los presidentes fuertes y activos como Ronald Reagan o George W. Bush tuvieron un impacto todavía mayor, precipitando la caída soviética o invadiendo Irak y Afganistán.

Pero hoy, con Barack Obama, Estados Unidos ha caído en una irrelevancia impactante en Oriente Próximo, la región más agitada del mundo. La inconstancia, la incompetencia y la inacción han dejado impotente a la administración Obama. En el terreno de la política exterior, Obama actúa como si fuera más bien el primer ministro de Bélgica, un país pequeño que normalmente replica las decisiones de sus vecinos mayores cuando deposita votos en las Naciones Unidas o presume de moral con la excusa de problemas distantes. Los belgas "lideran a la zaga" naturalmente, por utilizar la conocida fórmula salida de la Casa Blanca Obama.







Hace mucho de la intervención de Obama en El Cairo en 2009.



Qatar (con una población de 225.000 habitantes) tiene un impacto visiblemente mayor sobre de la actualidad que los Estados Unidos, 1.400 veces más grande (población: 314 millones de habitantes). Observe que Obama ocupa en estos tiempos una segunda fila con respecto a los emires de Doha: Ellos llevan la voz cantante proporcionando armamento a los rebeldes libios, él sigue la iniciativa. Ellos ayudan activamente a los rebeldes de Siria, él se muestra agitadamente irresoluto. Ellos brindan miles de millones a la nueva cúpula egipcia, él comete errores garrafales. Ellos respaldan sin reservas a Hamás en Gaza, él persigue espejismos de un "proceso de paz" árabe-israelí. A tal fin, el secretario de estado estadounidense hizo seis visitas a Israel y los territorios palestinos en cuatro meses en busca de una iniciativa diplomática que casi nadie cree vaya a poner fin al conflicto árabe-israelí.







Doha, hoy más influyente en Oriente Próximo que Washington.



Mientras tanto, el secretario estadounidense de defensa llamó al líder egipcio Abdul-Fattaj al-Sisi 17 veces en conversaciones de 60 a 90 minutos, pero con sus súplicas no logró que Sisi desistiera de utilizar la fuerza contra la Hermandad Musulmana. Más curioso aún es que Sisi al parecer se negara a coger una llamada de Obama. Los 1.500 millones de dólares de ayuda estadounidense anual a Egipto palidecen de pronto en comparación con los 12.000 millones de tres países del Golfo Pérsico, acompañados de promesas de compensar cualquier recorte occidental en sus ayudas. Ambas partes de la profunda brecha política egipcia acusan a Obama de favorecer a la otra y de aborrecer su nombre. Mientras docenas de iglesias coptas ardían, él libraba seis encuentros al golf. Irónicamente, Egipto sigue donde, hace cuatro años, Obama pronunció un importante discurso rechazando con aparente triunfo las políticas de George W. Bush.







Woodrow Wilson (1913-21) fue el primero de los cuatro presidentes Demócratas que ampliaron enormemente las competencias del Estado.



Las ambiciones de Obama se manifiestan en otro terreno - ampliando el papel del gobierno dentro de Estados Unidos, como plasma la reforma sanitaria Obamacare. En consecuencia, dispensa el trato de engorro a la política exterior, un lastre inconveniente, algo a lo que dar salida antes de volver a las cuestiones más jugosas. Supervisa retiradas de Irak y Afganistán con escasa preocupación por lo que venga después. Su único logro en política exterior, predicado ad nauseam a los cuatro vientos, fue la ejecución de Osama bin Laden.

Hasta la fecha, la factura que pasa la ineptitud de Obama a los intereses estadounidenses no ha sido elevada. Pero eso puede cambiar rápidamente. Lo más preocupante es que Irán logre dentro de poco un hito nuclear y empiece a manifestar su novedoso peso en el vecindario, por no decir estrenar su nuevo armamento. El nuevo régimen egipcio podría volver a su antiamericanismo y antisionismo anteriores; ya hay importantes elementos dentro de Egipto que instan al rechazo de la ayuda norteamericana y la resolución del tratado de paz con Israel.

Como estadounidense que considera a su país una fuerza de bien, estos avances son dolorosos y siniestros. El mundo necesita de unos Estados Unidos activos, serios y asertivos. El historiador Walter A. McDougall afirma con acierto que "la creación de los Estados Unidos de América es el acontecimiento capital de los últimos cuatrocientos años" y su progreso "altera el rumbo de todas las demás civilizaciones simplemente por existir". Bien, no hay tanta alteración en estos días; ojalá el deprimente presente tenga una duración breve.

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