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Joaquín Leguina | El reino de la demagogia

Los griegos ya habían constatado que la democracia directa conducía al imperio de la demagogia. Hay a este respecto una historia ilustrativa y trágica:

La batalla de las islas Arginiusas fue la última victoria naval de Atenas en la guerra del Peloponeso. Aun así, se perdieron doce trirremes con sus tripulaciones porque un violento temporal impidió su rescate. En la Asamblea, los demagogos se apresuraron a lanzar contra los estrategas victoriosos el dolor generado por aquellas muertes y la Asamblea, presa de la histeria, los quiso juzgar, pero se negó a juzgarlos individualmente, como exigía la ley. Sólo unos pocos, entre ellos Sócrates, se opusieron al clamor popular, pero en vano. Cito a Jenofonte:

»Luego condenaron por votación a los estrategas que participaron en la batalla naval, que eran ocho. Fueron ejecutados los seis presentes. Poco tiempo después los atenienses se arrepintieron y votaron que fueran juzgados aquellos que engañaron a la Asamblea.

A impulsos de la pasión popular, Atenas sacrificó injustamente a los generales que le habían ganado una batalla decisiva.

La democracia moderna, que hunde sus raíces en la Ilustración, en la Declaración de Virginia y en lo mejor de la Revolución francesa, nunca creyó en el mito de la democracia directa, imponiéndose el sistema de la delegación. Los electores, al elegir a sus representantes, delegan en ellos, reservándose el derecho de deponerlos o ratificarlos cada cierto tiempo. Pues bien, metidos en la crisis y en el sufrimiento social, los demagogos se mueven hoy como pez en el agua y no sólo reclaman la “democracia directa” sino que quieren la aplicación de una justicia expeditiva: “Matadlos a todos, que Dios escogerá a los suyos”.

En medio de la protesta se oyen ya las voces de los demagogos. La negación del razonamiento y el imperio de la violencia (de momento, sólo verbal).

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