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Aleix Vidal-Quadras | Ideas básicas

Mientras se multiplican las voces que en España y fuera de España instan al Gobierno a solicitar el temido y a la vez deseado rescate, el presidente del Eurogrupo, Claude Juncker, ha afirmado que si este hecho se produce, se nos exigirán medidas adicionales de ajuste “muy duras”, así como “reformas estructurales”. El ministro de Economía, por su parte, ha declarado que no harán falta más recortes y que a final de mes se anunciaran iniciativas para estimular el crecimiento. Si se analizan las políticas aplicadas desde que se inició la crisis hasta hoy, primero por el Ejecutivo socialista y después por el del PP, se observa que han consistido en reducir salarios públicos, subir impuestos directos e indirectos, darle un tajo notable a la inversión en infraestructuras y en I+D, sanear el sistema financiero y liberalizar algunos mercados como el laboral o el comercio. Estos esfuerzos y sacrificios no han conseguido recuperar la confianza internacional en nuestra economía ni cumplir los objetivos de déficit ni tampoco revertir la evolución del paro, además de deprimir apreciablemente el consumo. Las aguas no se han calmado hasta que el Banco Central Europeo no ha manifestado su disposición a comprar masivamente deuda española siempre y cuando nuestro Gobierno solicite formalmente ayuda a Bruselas, lo que iría acompañado de nuevas exigencias, la famosa “condicionalidad”. A estas alturas de la película no es posible incrementar la presión fiscal porque ya está en niveles confiscatorios -el propio Rajoy reconocía hace unos días paladinamente que hace lo mismo que Hollande-, tampoco se puede apretar más a los funcionarios ni tocar unas pensiones ya congeladas sin provocar la rebelión de la calle, ni ahorrar significativamente en otras partidas de los presupuestos de la Administración central. Por consiguiente, sólo queda un movimiento ambicioso y valiente que permitiría reducir sensiblemente el gasto y probablemente salvarnos del rescate. Se trata, como es bien sabido, de la transformación a fondo de la estructura territorial del Estado para taponar la gigantesca vía de agua autonómica. Curiosamente, la partida de transferencias a las Autonomías es la única que no baja en las previsiones. Ahí seguimos y ahí seguiremos en tanto no se quiera entender la verdadera naturaleza de nuestro problema. A algunos nunca se nos podrá reprochar el no haberlo advertido por activa y por pasiva hasta la extenuación.

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