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Aleix Vidal-Quadras | Nacionalismo en quiebra

Los nacionalistas prometen a la gente todo tipo de venturas si la que consideran auténtica identidad cultural es homogénea en el territorio que seleccionan como su matriz y receptáculo, territorio destinado según ellos por ley natural a disponer de un Estado propio. Este paraíso al que conduce la independencia debe ser conseguido a cualquier precio, incluso el de la fragmentación de unidades políticas consagradas por siglos de historia en las que sus ciudadanos gozan de la panoplia completa de derechos y libertades que caracteriza a las sociedades abiertas. Por supuesto, una vez consumada la secesión, los nacionales de la nueva nación disfrutarán de prosperidad, justicia y libertad hasta extremos antes desconocidos. Esta es la fantasía sobre la que trabajan los partidos separatistas de corte identitario, creando continuas tensiones centrífugas en Estados democráticos, exacerbando las diferencias, buscando el enfrentamiento con enemigos imaginarios y reinventando el pasado. Mediante semejante esquema de trabajo, los nacionalistas catalanes llevan más de cien años fastidiando a sus conciudadanos, atropellando derechos individuales, burlando a los tribunales y sometiendo a un pueblo muy creativo de vocación cosmopolita a un estéril aldeanismo que lo empobrece material y espiritualmente. Pues bien, después de tres décadas de gobiernos de esta ideología regresiva y absurda, la Generalidad se ha declarado en quiebra y ha solicitado ser rescatada por el Tesoro estatal. La pregunta que sería oportuno que los habitantes del Principado se formulasen en esta hora triste de su trayectoria colectiva es la siguiente: ¿Cuáles son las ventajas de una doctrina que nos ha precipitado a la ruina, nos ha castigado con un nivel galopante de corrupción y nos ha aislado del resto de nuestros compatriotas españoles sin ofrecernos ningún beneficio tangible o intangible? El nacionalismo catalán es hoy el ejemplo patético del fracaso de una idea de Cataluña basada en el tribalismo, la introversión y la obsesión neurótica por el uniformismo totalitario. Si tras el derrumbe estrepitoso de un montaje artificial construido sobre una inmensa mentira y una descarada manipulación, los catalanes no reaccionan enviando a paseo a la caterva venal y fanática que les ha envenenado el alma y les ha vaciado los bolsillos, entonces quedará claro que se merecen lo que les ha pasado y que suerte tienen de formar parte de España para llegar a fin de mes.

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