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José Jaume | A la mujer díscola, látigo

Abdeslam Laarusi, clérigo islámico, es un hombre barbado, que adopta aires místicos, propios del ser humano al que su espiritualidad posibilita levitar por encima de las miserias terrenales. Es el imán de una de las mezquitas de Terrassa y ha sido acusado por la fiscalía de incitar a la violencia contra la mujer. Laarusi lo niega, dice que jamás ha predicado la violencia, porque el sagrado Corán contiene un mensaje de paz. Lo que dice el imán, de andar pausado y gesto amigable, de mirada huidiza, es lo que sigue: "Esta tierra (España) está dotada de unas leyes contrarias a las leyes islámicas. Estas leyes protegen..., ¿a quién protegen? Protegen a la mujer, lo que se hace llamar derechos de la mujer". El buen pastor del rebaño islámico no puede consentir que unas leyes inicuas, contrarias a los preceptos del islam, perturben a sus mujeres, forzadas a la sumisión. No en vano, el clérigo culpa a las esposas, las que han tenido la fortuna de encontrar trabajo, de provocar el divorcio. Es un detallado mapa el dibujado por Laarusi, un atlas de cómo el marido ha de tratar a la mujer según su peculiar visión del islam, que no sé si es la genuina pero sí es compartida por otros muchos colegas de profesión, generosamente financiados por la teocracia profundamente corrupta y amiga de Occidente, que gobierna en Arabia Saudí.

Nuestro imán sentencia: "Si aislándola no se soluciona el conflicto (el generado por la esposa al desafiar las órdenes de su dueño y señor), debes acudir a los golpes", atizados preferentemente con una vara de madera. Primero hay que probar con negarle los favores sexuales, con los que el marido regala a la esposa. Hay que dejarla "sola en el lecho". Si el método no da resultado, y seguro que no lo tiene, porque qué descanso para la mujer no tener que soportar a un energúmeno junto a ella, aunque solo sea por un par de noches, salvo que el lavado de cerebro se haya completado y la desgraciada implore la presencia de su hombre, entonces llega el momento de los azotes. La violencia ha de seguir unas reglas, precisa Laarusi, unas normas encaminadas a evitar una indeseada efusión de sangre, lo que podría provocar, lejos de las tierras del islam, interferencias que den al traste con la dictadura del terror. Por ello, el imán precisa: "No afees, no golpees en la cara, no hagas correr la sangre". Los golpes, se han de propinar discretamente, "que nadie sepa de ellos fuera de la vida conyugal". O lo que es lo mismo: la paliza se queda en casa, que a nadie le interesa cómo el marido disciplina a su mujer. Laarusi es de los que tiene claro que una zurra deja a la mujer rebelde suave y mansa, dispuesta a obedecer, presta a complacer cualquier requerimiento que su esposo le insinúe.

Otra de las cuestiones que aborda el docto clérigo es la deplorable costumbre que la mujer trabaje, si puede, dado que, además de alejarla del hogar, mala práctica donde las haya, debido a que incrementa las posibilidades de un indeseado divorcio, hace que se convierta en una mujer independiente, con su propia cuenta bancaria. Imperdonable. Una esposa "que tiene trabajo y dinero" puede llegar a exigir al hombre "trabajar también en casa, preparar la comida y lavar la ropa, y tales menesteres, ejecutados por el esposo, desembocan en la ruptura, y hacen que la mujer pueda mirar "con desprecio" a quien por ley divina es su señor, además de olvidarse de la educación de los hijos.

Esta situación obliga a que el clérigo abomine de la ley que posibilita a las mujeres demandar ayuda, práctica muy indeseable, puesto que el día del juicio final, la mujer deberá rendir cuentas y solo se tendrá en consideración la fe, las buenas obras y la obediencia al marido y a los padres.

El catálogo de consejos ofrecidos por el imán, se dirá que son el reflejo de la mente de un perturbado, que para nada se corresponde con lo que el islam predica. Seguramente es así. Sucede que perturbados como Laarusi abundan en las mezquitas de media Europa. Ocurre que la situación de las mujeres no es, en el mundo musulmán, la de unas ciudadanas que tienen reconocidos los derechos inherentes a un ser humano. La discriminación que padecen es evidente sin que se tenga que llegar, para mantenerla, a la demencia del imán de Terrassa. Acontece, además, que esos sedicentes clérigos tienen siempre a su disposición los medios materiales para llevar a cabo su proselitismo. El dinero, poco o mucho, siempre fluye. Casos como el de Laarusi son denunciados constantemente; un cierto problema sí que hay que resolver. No se hace, y de ahí que de mezquitas regentadas por hombres del mismo armazón ideológico del que está revestido Laaurusi salgan otra clase de fanáticos: terroristas como el de Toulouse, un joven, ya nacido en Francia, de segunda generación, al que se le inculcó el suficiente fanatismo para asesinar a niños judíos, al fallar otro objetivo, porque había que vengar a los niños palestinos.

Laarusi ahora lo niega todo: quiere que su imagen sea la de quien es reprimido, la del que ve cómo se le cercena su libertad religiosa y de expresión. Sus incitaciones al odio a la mujer, que es lo que son sus prédicas, o son sancionadas o nos estaremos rindiendo a un mensaje deleznable. En esos asuntos se ha hecho imprescindible decir basta y actuar.

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