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El fracaso de Afganistán

Por Abel Veiga Copo.
Las tropas extranjeras preparan su salida. Arrinconadas en sus bases solo aguardan el calendario previsto. Cada vez pierde más el sentido de la ocupación. Nunca lo tuvo. Afganistán es la historia de un fracaso. De la obcecación y de la sed de venganza en un momento donde le mundo estaba conmocionado por el ataque a las Torres Gemelas. Se consintió. Se procedió. El régimen talibán era protector de los terroristas, pero también lo era el otro lado de la frontera Pakistán. Se tardó mucho en querer verlo.

Un país apenas sin Estado, dividido y fragmentado, etnizado y tribalizado en clanes, anteriores al estado mismo. Sociedades desestructuradas, arcaicas, perdidas en costumbres ancestrales, límites porosos, inexistentes instituciones, faltas de legitimidad y credibilidad; corrupción larvada, depravada y asfixiante. Pastunes, uzbekos, tayikos, turcomenos, chiíes y otras etnias deambulan por un país en el que el poder sólo pendula en los primeros y sus alianzas. Sharia o democracia parece la dualidad, pero todo seguirá igual, la división en clanes y señores, predominio de la etnia pastún. Búsqueda de pactos entre clanes, etnias, reparto de prebendas, impunidades y derechos, también abusos.

Democracia, concepto imposible. Islamización progresiva, nadie la detiene, ni siquiera el gobierno de Karzai. En Afganistán se libra una guerra, una guerra perdida, asimétrica, ocultada y silenciada a la comunidad internacional. Estados Unidos y la OTAN, y con ella la Unión Europea la han perdido hace tiempo.

Cuarenta y dos países componen una fuerza internacional (ISAF) que no vino a hacer la guerra, y ahora la libra sin estrategia definida, sin apenas estar cohesionados, sin ánimo ni voluntad. Diez años después el caos, la miseria, el terror, la corrupción, la talibanización siguen siendo la pauta. No hablemos de las causas de esta guerra y la complicidad de todos en el camino hacia la misma.

Una guerra intermitente pero que no ha cesado durante todos estos años. Su intensidad era paralela a su escaso eco mediático.
Los bombardeos norteamericanos del 2001 desalojaron a los talibanes del poder, pero se atrincheraron tanto en la frontera con Pakistán como incluso en el país vecino y también auxiliador, en sus viejos feudos a los que han vuelto. Desde hace dos años era y es una guerra que se está perdiendo, asimétrica, donde todo se mezcla, desde el yihadismo a la xenofobia, el odio al invasor, la guerra por el opio, el narcotráfico, la corrupción que corroe las entrañas mismas de un Estado apenas inexistente, débil y embrionario. Afganistán es una gran masa anodina de tribus y clanes, ora aliadas, ora en lucha constante.

Nada es fiable, nada es lo que parece. Hubo incluso elecciones, pero la democracia es un imposible categórico. Tal vez no era posible otra cosa, tal vez sí. Era en nombre de la democracia y la libertad por la que se trató de justificar lo injustificable. Nadie ha podido salir victorioso de esas inhóspita pero también indomables arenas. El poder está atomizado en múltiples manos, no siempre visibles. El corazón político y administrativo de Kabul poco más es que una mera pantomima que escenifica su papel.

Los señores de la guerra juegan sus viejos papeles. La Fuerza Internacional la ISAF, hace lo que puede y con los medios que tiene. No son suficientes. Lo saben, y también las cancillerías de la guerra y para la guerra. Falta voluntad todavía, política y económica, también militar. Estados Unidos sabía que se está perdiendo esta guerra de la que todavía recela la vieja Europa. Afganistán no es Bosnia, nunca lo ha sido. Al fracaso de Irak se une ahora el de Afganistán. Nunca se quiso comprender. No hay pacificación mientras los atentados y las bombas, las masacres y los muertos continúan. El resto es un absurdo espejismo.

¿Cuáles han sido los verdaderos objetivos de esta guerra nunca declarada? Y lo que es peor, ¿siguen siendo válidos esos objetivos envueltos bajo una bandera de libertad y democracia que simplemente no existen? Bajo la impostura de la democracia sólo existe un país desestructurado, destruido, repartido en clanes y fuertemente tribalizado. Afganistán está talibanizado, como de hecho siempre lo ha estado. Ha llegado la hora de explicar a la ciudadanía y sociedades civiles de todo el mundo, también la nuestra, que allí no sólo hay una guerra, sino el por qué y el para qué de esa guerra hábilmente silenciada durante estos años. Una guerra en la que mueren nuestros soldados y donde el riesgo que asumen es enorme y total. Pero también explicarles que cuando las tropas extrajeras abandonen sus cuartales, los propios afganos se matarán entre sí, casi como por desgracia, siempre han hecho.

Durante años se habló de la 'iraquización' del país, incluso de la 'bagdadización' de Kabul. Nada es igual. En Irak había Estado, había estructuras, había un país laico. En Afganistán todo cambia, desde su orografía a la ayuda cierta pero disimulada desde Islamabad. El gobierno apenas tiene poder, rehúsa tenerlo. Es un mero títere. No hay seguridad en el país. Todo se reduce al perímetro de Kabul. El mismo donde se pierden los miles de millones de dólares que han sido donados para reconstruir el país y ayudar a un pueblo encerrado en sí mismo y una edad feudalizante que jamás pasa. La ceguera fue y es amplia. Los talibanes han recuperado terreno, presencia, fuerza. Se ha dialogado incluso con ellos. El cobijo de Pakistán, pese a los duros enfrentamientos habidos en los últimos años con el ejército del país vecino, el opio y la corrupción del gobierno afgano, les da aliento.

Todo es incierto en este árido pedregal. El mañana es aún lejano, el hoy demasiado intenso como para pensar en un futuro próximo. Este país ha resistido numantinamente a imperios y ejércitos que han tenido que doblegarse. La historia es cíclica, no caprichosa, sólo los ignorantes tratan de burlarse de ella, y salen burlados. Las democracias no son exportables a cañonazos, tampoco con ejércitos y dólares. Hay algo enraizado en la idiosincrasia de este pueblo que los hace indomables. Nada cambiará salvo a peor, cuando las tropas abandonen por la puerta de atrás el país. El país y su inexistente y fracturada sociedad han retrocedido una década más. El fracaso de Afganistán debería hacernos ver la arrogancia y prepotencia y vanidad y despotismo en que Occidente y Naciones Unidas se han envuelto. Es la hora de la guerra por desgracia para los afganos, fratricida y suicida, cuando los soldados vuelvan a sus casas sin saber realmente nunca por qué fueron allí, tampoco en nombre de qué. Occidente no es menos vulnerable hoy que lo era hace diez años.

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